Louie y la serendipia

Aviso: este post contiene spoilers.

El día antes de comenzar mi viaje a China vi los últimos episodios de la primera temporada de Louie. Esa comedia que es un drama que a mí me sabe a veces a un poco a Nouvelle Vague, cuando se pone en blanco y negro granuloso, y una música jazz que bien podría ser el propio Monk tocando en los 50, o Miles sonando en la banda sonora de Ascenseur pour l’échafaud, acompaña a la bella Parker Posey coqueteando con la cámara, como una Jeanne Moreau en Jules et Jim, o una Anouk Aimée en Un homme et une femme. Louie, con esa libertad para contar historias sencillas, bochornosas, tiernas y tristes, me ha hecho sentir más cosas en unos pocos episodios que otras series en temporadas enteras. En uno de los capítulos de esa primera temporada, Louie se levanta con una resaca espantosa y baja a por un café al local de la esquina, para acabar en medio de una escena surrealista con tintes pesadillescos, en medio de una jauría de hipsters que le recriminan mediante balbuceos ininteligibles. 9 horas de vuelo dan para muchas cosas. O más bien, para muchos episodios, y es que casi me terminé la segunda temporada. Según estaba viendo el episodio 9, cuando quedaba poco más de una hora para llegar a Beijing, el tipo que estaba en el asiento de atrás me llamó. -Oye, estás viendo Louie. ¿Te gusta? ¿Lo ve mucha gente en Europa? -Bueno, no sé si lo ve mucha gente. Yo lo veo, y se ha convertido en una de mis favoritas. -¿En serio? Wow, pues yo salgo en un episodio, ¿sabes? ¿Viste la escena del coffee shop? Soy uno de los hipsters.

Así comenzó una amena conversación con Cary Woodworth, un actor de Manhattan, intentando hacer carrera a caballo entre China y su país natal. Y así comenzó un viaje que acabó siendo fantástico y con el que aún sueño todas las noches.

Hoy he terminado el último capítulo de la última temporada que se ha emitido de Louie, la tercera. En este capítulo es nochevieja, y Louie se dirigía a coger un avión para reunirse con unos familiares. En el camino, un suceso trágico e inesperado hace que todo de un giro, y en vez de pasar una tediosa noche en compañía de gente con quien realmente no quiere estar, decide improvisar un viaje a Beijing. Y de pronto está allí, en medio de esa ciudad, intentando sin mucha suerte comunicarse con los locales. Quiere ir al río Yangzte, porque aparecía en un cuento que le regaló a su hija en el cual un pato vivía felizmente en su rivera, pero la imposibilidad de comunicarse hace que acabe en otro sitio completamente distinto (o quizá sí es donde debía estar, pero simplemente no es lo que esperaba), en medio de la nada, donde una humilde familia le acaba ofreciendo su comida y su hospitalidad en una emocionante escena. Y Louie en ese momento, no entiende nada, pero es feliz. Como yo fui feliz perdiéndome por los hutongs de aquella ciudad a la que quiero volver algún día.

Corel Draw

El otro día estaba revisando algunas de mis viejas pertenencias, cosas guardadas en cajones que quedaron tal cual los dejé cuando me fui de casa de mis padres el mismo día que cumplí 18 años. Entre ellas me sorprendió reencontrarme con algunas cintas de casete de cuando estaba en el instituto, junto con algún vídeo VHS. Casi había olvidado que pasé una época en que me pasaba las tardes enteras haciendo cosas en Corel Draw (la versión 6, ha llovido). No recuerdo exactamente en qué momento empecé a usarlo más en serio, imagino que sería en 1º de B.U.P., porque todo surgió de hacer carteles para conciertos, míos y de otros grupos de Torrijos. Al principio sólo eran texto con una foto de fondo, pero un día descubrí los vectores y todo cambió. Ahí empecé a replicar cosas que me rodeaban. Los dos proyectos más grandes que hice fueron mis guitarras de entonces, una imitación de SG, y otra de Stratocaster. Las hice a la perfección, hice cada tornillo, girado aleatoriamente, cada capa, cada pieza, hasta el último detalle. Repliqué las tipos de la pala, la textura del nácar, todas las proporciones estaban exactas. Pasé horas buscando el color verde de las clavijas, y el color vino traslúcido del cuerpo de la SG. ¡Estaba tan orgulloso de aquellos dos dibujos! Pero eran tan pesados que mi 486DX2 se las veía y deseaba para abrirlos. Tardaba minutos en cargarlos, y a menudo Corel se cerraba de pronto dejándome con cosas a medias, sin salvar. Ojalá los tuviera aún. Era otra época, y para entonces, con mis conocimientos y mi equipo, aquello era una auténtica hazaña, sobre todo por el detalle y el mimo que puse en aquellas reproducciones. Con lo que aprendí, empecé a usar Corel para hacer cosas más prácticas. Una de las primeras cosas fue mientras empezaba con la SG, la primera de las dos que hice. Justo entonces acababa de empezar a leerme El Señor de los Anillos, tras haber terminado El Hobbit. Estaba tan inmerso en aquellos libros, pasaba tantas horas leyendo, que me hice un marca páginas y lo plastifiqué de forma casera, usando capas de celofán. Después empecé con las cintas de casete. Como solían ser grabadas de CDs que yo había comprado o que me habían dejado, usaba elementos del diseño de la portada o la contra portada. Me fascina cómo trabajé en el de Kula Shaker. Entonces era uno de mis discos favoritos y le puse especial cariño. Copié letra a letra la tipografía, los colores y la composición. Hasta puse las canciones en forma de espiral como venía en el CD.

​También me hizo gracia encontrar esa copia de La Naranja Mecánica, porque su cubierta la hice haciendo un collage. Recorté las letras y la cuchilla, hice una composición y escribí la parte de atrás y el canto con una máquina de escribir. Luego lo llevé a una copistería para que me hiciera una fotocopia a color de aquello. Eso era mi forma de consolidarlo. Que por cierto, qué caras eran las fotocopias a color. Me dejé una fortuna en tonterías de estas.

En aquel amor por el detalle reconozco el germen de muchas cosas que vinieron después. Esa obstinación por dejar las cosas bien hechas, por aprender y mejorar. Aunque también reconozco a mi yo maniático y obsesivo, el que gusta de que todo tenga un orden, y que todo esté cuidado a nivel estético y funcional. Dediqué muchas, muchas horas a aquello sólo por entretenerme, pero también porque realmente quería que esos objetos fueran tan bonitos por fuera como lo era la música que tenían por dentro. En cuanto estuvo en mi mano cambiarlo, me dediqué a ello hasta que cada cosa quedó perfecta. Y es que en el fondo , casi todos los perfeccionistas son en realidad, enfermos, y obsesos.

Bye bye Pocoyo

Como dije a mis compañeros en mi email de despedida, si me hubieran dicho en aquel invierno de 2005 que estaría 7 años en Zinkia, no me lo hubiera creído. Mirar hacia atrás tanto tiempo y tratar de valorar en conjunto se convierte en un ejercicio de superación del vértigo. Y si hay algo evidente es que entré siendo una persona, y salí siendo otra. 

Entré con 23 años, con un módulo de sonido recién terminado y escasa experiencia en el mundo laboral, con muchas inseguridades y demasiadas cosas que demostrarme a mí mismo.

Unas semanas antes, en otoño de 2004, iba en un coche camino al cementerio de Almagro donde estábamos enterrando a mi abuelo, y recibí la llamada de uno de mis profesores del módulo. Me dijo que tenía un trabajo para mí, que conocía una empresa de animación que “buscan a alguien como tú… bueno, más bien te buscan a ti”. Fue algo extraño recibir una noticia así en un día como aquél. Unos días después me arreglé lo que pude con la ropa que tenía entonces (costaba más que ahora encontrar talla S o XS), y me fui hacia el 27 de la calle Infantas con un CD de cosas que había grabado, temas míos de los últimos años, del Pleasures Books y temas instrumentales que había hecho como experimento. Allí me recibieron David Cantolla y el que sería mi jefe directo durante esos primeros años, mi compañero del alma Daniel Heredero. La primera planta tenía un toque señorial y la elegancia de esos pisos antiguos y lujosos de Madrid. Frescos en los techos, altísimos, grandes puertas blancas con vidrieras, suelos de madera y grandes lámparas. La segunda planta era otro mundo. Si abajo vivían los señores, arriba debían vivir los criados. Era un piso destartalado, sin ningún encanto. Parecía que lo de que a los creativos había que darnos de comer aparte se tomaba al pie de la letra. Era el sitio perfecto para sentirse sin las presiones de la estructura corporativa. El departamento de sonido era el último lugar, las antípodas de la empresa. Al final de un largo pasillo que serpenteaba, justo al lado de los baños, la sala parecía más una extensión de la casa de Dani. Era lo contrario a un estudio de sonido, allí se trabajaba con un Mac, un controlador MIDI, y ya. La habitación, que antiguamente debía ser la cocina, tenía una moqueta descolorida, láminas de corcho blanco recubriendo las paredes (imagino que habría baldosines debajo), y una cabina de grabación que demostró no servir para nada. Llegamos e hicimos una escucha rápida a mis temas, y mi trabajo gustó. Tenía la sensación de que no había muchos candidatos, era un perfil un tanto especial, y yo encajaba muy bien, aunque como es normal, en aquel momento no tenía ni idea de si podría hacer lo que se esperaba de mí. Creo que no hace falta que diga que aún así cuando me preguntaron si me veía capaz de hacer música y efectos para Pocoyó, yo dije que sí con toda la tranquilidad del mundo. Me pusieron un capítulo que estaban haciendo, Who’s on the phone. Recuerdo pensar que entre el nombre y la estética parecía una serie japonesa, y me dio la sensación de ser un proyecto menos ambicioso de lo que acabó siendo. No pensaba que se convertiría en la serie por excelencia para niños en muchos países. 

Poco menos de un mes después recibía una llamada de la secretaria de la empresa y me dijo que había sido seleccionado, que me pasara por allí de nuevo. Volví a la oficina de la calle Infantas y charlé durante un rato con Víctor López, el CEO. Me dijo que querían que trabajara con ellos, y después hablamos de todo menos de trabajo. Aquella conversación fue clave para mí, porque me hizo sentir muy cómodo.

Los días antes de comenzar los pasé en la cama con unos mareos horribles, apenas podía moverme. Algo del oído, me dijeron. 

Los primeros días en Zinkia, me sentía extrañísimo. Mi jefe era probablemente el tipo más divertido del universo, y un absoluto genio en lo que hacía. Dani era (y es) alguien muy querido dentro de la empresa, y uno de los fundadores, pero a la vez vi rápidamente que llevar un departamento le causaba mucha ansiedad. La persona que estuvo antes que yo trabajando con él le había dejado tirado en el último momento, cuando llegaba el momento de empezar la producción en serio se vio superado por la presión. Los factores por los que esto ocurrió fueron variados. El tipo realmente no tenía el perfil adecuado, y además chocaba con la personalidad de Dani. Todo ello llevó a una situación insostenible y a una baja por depresión que aún duraba cuando yo empecé. Por ello había una desconfianza tremenda hacia mí, y un precedente que me asustaba. Todo esto mezclado con que Dani pasaba por un momento personal complicado con una paternidad reciente, era un cóctel explosivo para mí como novato. No tuve el beneplácito de tener padrino, y todo el mundo estaba muy ocupado como para preocuparse por mí. Bastante tenía con lidiar con mi propia inseguridad hacia lo que me esperaba los próximos meses como para además tener que sufrir que quien me había seleccionado dudara ya no solo de mis aptitudes, sino también de mis ganas de trabajar y de mi honestidad. Convivíamos en la misma habitación y yo me sentía observado a cada momento. La sensación de aislamiento y hostilidad era fuerte, pero tenía 23 años y necesitaba demostrar que podía con ello. Aún así, pasaron muchos meses en que comía solo casi todos los días, como mucho quedaba con algún amigo de fuera de la empresa un día o dos a la semana. Y necesité más tiempo aún para llegar a asomar la cabeza y hacer amigos en el resto de departamentos. Vivía para Sonido, era como un prisionero con un creciente síndrome de Stendhal. Estaba aislado en una empresa de 80 personas.

En general había mucha tensión acumulada, era un momento decisivo para la serie. Todo se estaba cociendo, el día a día era una lucha constante sobre lo que estaba permitido que hiciéramos y lo que se pasaba de la raya. Pocoyó quería ser una serie divertida y educativa. Las discusiones de Guillermo Carsí y Cantoya con la gente de ITV (la productora de UK con los que se había asociado Zinkia para la producción) y con los consejeros sobre educación infantil eran épicas. Pocoyó no podía subirse al pico de pato. ¡Era inaceptable! Los niños empezarían a subirse a sitios que no debían. Ese golpe está muy fuerte, ¡los niños se asustarán! Esa canción es demasiado triste, ¡se van a deprimir! Todo era así, todo se cambiaba mil veces, a veces a mejor, demasiadas a peor, y todos trabajando contra reloj. Por suerte eso fue cambiando, fuimos cogiendo confianza y había talento a raudales en aquellas oficinas. Guillermo era un extremo, ITV y los consejeros eran otro, y David andaba como loco buscando el equilibrio entre todo aquello. Si Pocoyó llegó a ser tan bueno, fue por esa tensión tan grande entre las partes. Nos obligó a todos a pensar mucho en todo, a analizarlo todo, y a encontrar un camino distinto que nos convencía y lanzarnos por él con el impulso de una flecha que va directa hacia el centro de la diana.

Al principio yo sólo hacía efectos de sonido y colocaba las locuciones que nos mandaban de UK. Dani hacía las músicas. Nunca había hecho nada parecido, y aprender qué cosas quedaban bien en cada momento fue como aprender un nuevo idioma para mí. El primer episodio me quedó fatal, no fui capaz de terminarlo. El segundo que hice, Pocoyo Dance(uno de los más decisivos de la primera temporada), lo bordé. Rompí mis propias expectativas. Desde entonces parecía que música y efectos estaban pensados a la vez, todo encajaba a la perfección y nos hicimos un gran equipo. En aquella época solíamos terminar los episodios los viernes. Teníamos una semana para cada episodio. Aquel viernes salí como si hubiera ganado una batalla importante, fue un pequeño respiro. También, en aquella época, en ITV nos pidieron que no hubiera fondo blanco, así que los vídeos tenían experimentos con fondos de color, con profundidad, arboles, etc. Pronto volvió a ser blanco. 

Para coger un poco de confianza empecé a organizar muchas cosas. Una de las funciones que asumí fue la de ordenar y clasificar todo el material. En general había un gran caos, no sólo del material, también en los procedimientos, las revisiones, etc. Yo empecé tratando de solucionar el que estaba en mi mano. También me acabé encargando de las mezclas, los cue sheets para la SGAE… Y unos meses después empecé a hacer música para los episodios. 
Fue el primer verano que pasé en Zinkia. Hice un episodio de prueba, Where is Pocoyo? reutilizando canciones ya hechas. Después de hacer el capítulo de calentamiento, Dani se fue de vacaciones y me quedé yo al cargo de todo, haciendo capítulos enteros por mi cuenta. Estaba muy nervioso, sentía que era mucha responsabilidad y si algo no me salía iba a ser un problema grave, pero estar solo me vino muy bien. En aquel momento teníamos una TV con una antena y tratábamos de sintonizar algún canal. Aún no había llegado la TDT y aquello era posible. Sí, trabajábamos con la tele de fondo. Cuando yo me quedé solo, llegaba por las mañanas y me ponía Doraemon. Me acompañaba mucho, me hacía sentir mucho más tranquilo y menos solo. En aquellos días hice Elly Spots, el capítulo en el que Elly se pone enferma, y A Surprise for Pocoyo. Ambos me quedaron genial, y me hicieron sentir mucho más seguro. No solo quedaron bien si no que los acabé con tiempo de sobra. A partir de ahí nos empezaron a asignar un capítulo a cada uno. Yo hacía las voces para mis capítulos y los suyos (más que nada porque era lo más aburrido y yo era el nuevo), pero luego cada uno hacíamos música y efectos de nuestro episodio. A partir de ahí, también, hacíamos el doble de episodios por semana: pasamos de hacer uno entre dos, a hacer dos episodios.

Durante esos meses se hicieron algunos episodios increíbles. Cada uno intentábamos hacer los mejores capítulos, y luego disfrutábamos de lo lindo viendo los que había hecho el otro. Siempre decíamos que nos gustaban más los del otro y era sincero. A mí siempre me gustaron más los de Dani, para mí él siempre será el genio. Al principio la música iba a ser más electrónica y sencilla, con una presencia a la par con el minimalismo visual, más influenciada por el minimal musical que es un estilo en sí mismo. Dani siempre dice que yo traje mucho pop a la serie, pero lo que vimos es que como tándem éramos imparables. Nuestros trasfondos musicales se complementaban a la perfección, y donde él venía de los sintetizadores, yo venía de las guitarras. Pronto empezamos a hacer juntos trabajos como feelancers, e incluso hicimos remezclas para grupos que conocíamos. 

Mientras tanto, en Zinkia salieron episodios como Twinkle Twinkle, que era una maravilla visual, pero la música fue lo que elevó el capítulo a obra de arte. Nos dejaban libertad para hacer lo que quisiéramos. En capítulos puntuales el director, fuera Guillermo o Alfonso Rodríguez, que empezó después a dirigir también, tenía comentarios específicos para momentos puntuales en que nos pedía algo concreto. El resto de las veces, nos explicaba la intención narrativa, y a partir de ahí hacíamos las cosas a nuestro modo. Siempre intentábamos meter parodias de películas conocidas. En Up Up And Away metimos la parodia de 2001: Odisea en el espacio. En Keep Going Pocoyo metimos Chariots of fire al más puro estilo olímpico, en un momento bastante poco solemne. En Fuzzy Duck metimos la obligatoria parodia a The Matrix, y también un guiño a_ Psicosis_. Y así, siempre buscábamos esa complicidad con el mundo adulto, y también lo hacíamos porque nos divertía. Nos llegaban comentarios de gente mayor que le encantaba la serie por eso. Había algunos que nos decían que siempre lo veían fumando hierba. Esas cosas nos gustaban. En_ Jugglin Balls_ la parodia se convirtió en el elemento central: el capítulo entero era una broma sobre Karate Kid

Por esa independencia creativa que teníamos, y por otras cosas, nos hacía gracia decir que éramos la República Independiente de Sonido. Intentábamos vivir aparte. Nos organizábamos y hacíamos todo a nuestro aire. Para el resto de la empresa éramos los raros, los alegres, los que nos reíamos a carcajadas por los pasillos, los rebeldes, los de los tatuajes… los músicos, los renegados. Y sin embargo éramos un pilar creativo dentro de la empresa, por eso también algunos pensaban que éramos los mimados, y en parte es verdad. Cuando nos aburríamos sembrábamos el terror. Solíamos grabarnos vídeos haciendo el idiota. Nos inventábamos personajes, como uno que teníamos que era el típico niño que se inventa las cosas pero no sabe de nada. Cada personaje tenía su voz propia. El que más duró era el más minimalista. Había uno que simplemente llamaba a su madre que debía estar en otro punto de la casa. “¡Mamá!” se escuchó por los pasillos de Zinkia hasta el día que me marché. Era un meme absoluto, de tanto repetirlo era oírlo (o decirlo) y en algún otro lado de la planta se escuchaba una risilla desesperada. Lo empezó a hacer más gente. Y así siempre. Una tarde acabamos llorando de la risa inventándonos nombres de grupos mezclando los de los grupos de España en los 80. Otras tardes cantábamos flamenquito encima de canciones como Moments In Love de_Art Of Noise_. Con el tiempo mucha gente nos vino a agradecer que hacíamos mejor el ambiente de la empresa. Muchas veces escuchamos “si no fuera por vosotros esto sería mucho más triste”. Y recibíamos visitas de compañeros que se maravillaban de lo que hacíamos con la música, y del humor que teníamos. Básicamente, éramos un atentado hacia el espíritu de la empresa convencional. Y aunque luego cada uno éramos muy distintos (a Dani le gustaba más la atención y tenía auténticos adeptos dentro de Zinkia), cuando nos dejaban solos éramos como Zipi y Zape. 

Cuando entré en Zinkia también se hacían otras cosas que no eran de Pocoyó. Había un departamento programando juegos para móviles. Hablamos de 2005, quedaban dos años para que saliera el iPhone y la gente jugaba a juegos muy básicos en sus Nokia 3210. Este departamento después se reconvirtió e hizo juegos de consolas durante un tiempo hasta que desapareció, pero eso da para un spin off. También había otro departamento llamado ZNK DOJO que hacían motion graphics, vídeos experimentales, de diseño y audio que llevaban después a festivales. En aquella época la empresa aún trataba de buscar su identidad y hacía cosas como esas a ver qué salía por ahí. ZNK DOJO duró poco como departamento una vez que empezó la producción pero aún se aprovechó algún momento tranquilo para hacer alguno de los últimos vídeos. Las dos personas que trabajaron en ese departamento, terminaron siendo auténticos cracks del diseño y del motion, una disciplina cada vez más presente en publicidad, internet, etc. 

Además, dentro de Pocoyó en aquella época había también mucho trabajo que nos venía del departamento de merchandising que nos pedían sonidos para los juguetes. El caso es que teníamos que hacer frente a las demandas de todas las otras áreas, y en producción nos pedían más flexibilidad para poder llegar a las fechas de entrega finales, no porque nosotros fuéramos mal, pero el resto de departamentos de la producción habían tenido problemas que habían retrasado todo, así que pedimos que contrataran a alguien que nos ayudara. Cogimos a Jose Antonio Abellán, otro chico que había terminado en el Puerta Bonita el año siguiente al mío. Tener a alguien nuevo en el departamento supuso por un lado un soplo de aire fresco, alguien que dio fin a mi etapa de aislamiento respecto al resto de la empresa, y por otro fue una fuente de problemas interminable. Yo ya había logrado encontrar un equilibrio, trabajaba bien, sabía trabajar en equipo con Dani, llegaba siempre antes de la hora y no daba problemas. La persona que vino trajo de nuevo las desconfianzas y las presiones del principio, pero a diferencia de mí, ésta era una persona más despistada (solo durante los primeros meses), y esto hizo aún más evidentes los problemas que teníamos como departamento. El nuevo trabajaba también en la misma sala que nosotros, y hubo momentos en que la tensión se hizo inaguantable. Para variar, yo me acabé haciendo responsable también de esa persona. Llegando incluso a cubrirla si llegaba tarde. Me convertí casi en su despertador durante una temporada en que tenía problemas para dormirse por las noches. Si no había llegado a la hora, encendía su ordenador y le llamaba por teléfono. Si preguntaban, había bajado a por un café. Poco a poco conseguí que Dani se despreocupara y me dejara a mí hacer. Tiempo después, Jose Antonio llegaba el primero todos los días y de nuevo sólo importaba cómo de bien estaba hecho el trabajo.

Cuando estábamos terminando Pocoyó 1, entró otra persona en postproducción, Giu Camblor. Giu y yo trabajábamos muy bien juntos y nos convertimos en grandes amigos. Esto también fue muy positivo porque Giu era el hombre para todo. Hacía realización, grafismo, algo de animación, 3D, y dirigía. Le dieron libertad para hacer muchas cosas a su aire, y trabajando tan cerca con él pudimos hacer algunas piezas  geniales que de otro modo hubieran sido imposibles. Giuseppe significó un nuevo perfil que nos abría muchas posibilidades por sus capacidades y porque trabajaba mano a mano con sonido. Para mí, supuso también encontrar el mayor apoyo emocional que tuve nunca dentro de la empresa.

Mientras tanto, se estaba haciendo patente, no solo dentro del sonido, también en producción, que Dani lo que quería es que le dejaran trabajar a su aire y que no le agobiaran con responsabilidades, así que cada vez era lo más normal que los encargos me llegaran a mí y yo lo organizara todo. Cuanto más peso iba cogiendo yo, más relajados estábamos todos. Con este sistema, al poco tiempo conseguimos que hubiera un ambiente mucho más positivo en general. Yo era el que lo llevaba todo sólo de puertas para adentro. De puertas para afuera, más allá de la producción, Dani seguía siendo el jefe. Eso me trajo algunos problemas con el tiempo, y en algunos aspectos no era justo, pero era lo mejor y fue como funcionamos todo el tiempo. 

En esa época la serie empezó a cosechar premios, alguno por la música, como el que nos dieron de El Chupete. Pero hubo dos que nos dieron mucha tracción: el de Annecy, y el BAFTA. La serie se hizo enorme en UK, y la fiebre se contagió en más y más países. A la vez, intentábamos sin éxito que la emitieran en España, hasta que finalmente se llegó a un acuerdo bajo unas condiciones durísimas con TVE. Fue otro momento clave, porque por fin empezamos a sentir que se valoraba mucho lo que hacíamos, en nuestro propio país. Desde entonces yo empecé a ser presentado en mis círculos como “el que hace la música de Pocoyó”. Por un lado era bonito, aunque por otro me producía cierto desasosiego por lo complicado que había sido todo. De algún modo nunca encajé bien que se me identificara por el trabajo que hacía por cuenta ajena. 

Pocoyó 2 transcurrió sin problemas, el equipo estaba perfectamente engrasado y todos sentimos que habíamos superado a la primera temporada en muchas cosas. Sentimos no solo que habíamos consolidado todo lo que aprendimos con la primera, si no que además las incorporaciones nuevas habían aportado cosas que hacían que todo tuviera otra vuelta de tuerca. Llegamos a sitios a los que no esperábamos llegar al principio. 

Cuando terminamos Pocoyó 2, se me encargó a mí hacer la música para un proyecto nuevo que había en la empresa llamado Mola Noguru. Se trataba de una serie con un_target_ algo mayor que Pocoyó. Una serie también en 3D, con personajes viviendo en un bosque fantástico. Esta vez se huía del minimalismo, había un entorno natural en condiciones, y diálogos de verdad. Habían diseñado un personaje que cantaba canciones con su guitarra como si fuera un trovador, algo que servía para afianzar el nudo y la moraleja del episodio, así que yo era la persona para aquello. Lo vi como una oportunidad de oro para afianzar mi nueva posición en la empresa, y para reclamar algo que llevaba queriendo tener desde el principio: una sala para mí solo. Hasta entonces, todos esos años, trabajábamos todos los de sonido en la misma sala, turnándonos para usar los cascos, porque al menos mezclar es importante hacerlo con los monitores. De primeras ya nos costó años tener unos cascos de calidad, y yo solía terminar mis días con dolor de cabeza y de orejas. El problema es que a la hora de grabar algo siempre nos molestábamos entre nosotros, o cuando había reuniones en la sala. Cuando me encargaron Mola Noguru, supe que era el momento de pelear por ello. Y me costó, pero lo acabé consiguiendo. Ese fue otro de los momentos clave de mi estancia en Zinkia, no sólo por tener un sitio para mí, si no porque además se me tuvo en mucha más consideración en la empresa desde ese momento, al menos hasta que cambió la cúpula de dirección. En sonido, a partir de ahí todo fue ya como la seda. El departamento funcionaba, como un tiro y sin problemas de tensiones internas. La tensión se había disipado del todo y todos estábamos muy contentos siendo compañeros. Fue un momento también de retrospección. Hablamos mucho de las cosas que habían fallado los meses anteriores y yo me sentí muy valorado por todo lo que había hecho. Habían pasado tres años desde que entré en la empresa.

Justo cuando nosotros estábamos en nuestro mejor momento, hubo un terremoto en Zinkia. En 2008, los que habían sido nuestros jefes, los que fundaron la empresa y creado Pocoyó, se marcharon. Había diferencias con uno de los socios, el que tenía más parte de la empresa, y después de un tiempo de zancadillas, decidieron marcharse. Desde entonces nada fue lo mismo. Algunas cosas fueron a mejor, se hicieron cambios en la empresa para que estuviera todo más ordenado, se intentaron arreglar muchas cosas de producción y realmente conseguimos un sitio donde se trabajaba a gusto, al menos en muchos departamentos. Otras cosas fueron a peor, pero sobre todo, algo se perdió del todo: esa chispa aventurera que tenía la empresa al principio. A los trabajadores nos lo vendieron como que era una maniobra necesaria que serviría para salvar a Zinkia, pero todos nos quedamos con una sensación de inseguridad. Hasta ese momento ni siquiera sentíamos que algo iba mal, al contrario, pensábamos que había bonanza, que todo iba bien. La inseguridad se instaló a sus anchas, vimos como algunos puestos importantes de la empresa los desempeñaban perfiles que no eran los apropiados (y acabó habiendo problemas serios), vimos luchas de egos, falta de comunicación, gente que entraba y salía… Se nos hicieron muchas promesas que no se cumplieron y el desánimo afloró. También fue la época en donde Zinkia salió a bolsa. Comenzamos a leer artículos muy negativos sobre todo aquello y las acciones bajaron mucho al principio. Todo eso nos afectaba. 

Nosotros intentábamos buscar la estabilidad mental haciendo lo que mejor sabíamos hacer, pero se pudo muy de moda el tremendismo. En sonido seguíamos siendo un refugio antiaéreo, y eso nos salvó en parte. Aunque hubo algo contra lo que no podíamos luchar y nos hizo pasar un muy mal rato. Después de la segunda temporada de Pocoyó pasamos casi un año de escasísima actividad, y eso hizo estragos en todos nosotros. A mí quizá hasta me afectó demasiado, porque vino justo cuando pensé que se me iba a abrir una gran oportunidad con Mola Noguru. Lo bueno me sirvió para forzarme a recuperar muchas cosas que había perdido en mi vida fuera del trabajo. También nos obligó a todos a pensar qué haríamos si la empresa tuviera que cerrar, o si perdiéramos nuestros trabajos. Probablemente, sin un periodo de reflexión como aquel, yo lo hubiera pasado mucho peor cuando finalmente me vi en la calle. Desde aquel terremoto la empresa cambió en muchos sentidos, y vimos como cada vez más, todo se centraba en Pocoyó. Todo iba paralelo a la creciente crisis internacional. Nos preguntábamos también si no se estaba yendo la magia y el misticismo de la empresa al garete, al tiempo que el resto de proyectos se aplazaron indefinidamente justo en un momento en que necesitábamos hacer cosas nuevas.

Por suerte volvimos a la actividad después de ese año fatídico en el que mi vida personal no acompañó, y todo volvió un poco a la normalidad. Comenzamos una producción en serio con Let’s Go Pocoyo, que en principio era un curso de inglés. Fue concebido para verlo en su idioma original en cualquier lado, y estaba pensado para que los niños se fueran quedando con vocabulario. Los guiones, más sencillos que los de la serie normal, estaban pensados en torno a áreas de aprendizaje, grupos de palabras, etcétera. Pero había dos grandes novedades. En medio de los episodios habría dos departamentos, distintos visualmente, que servirían para reforzar el aprendizaje. La otra novedad sería que al final de cada episodio habría una canción cantada, que tendría una letra que explicaría en la medida de lo posible, y repetiría, las palabras importantes del episodio. Unos meses antes habíamos hecho un piloto dirigido por Giu. El piloto de LGP era hilarante, sobre todo la canción final, que encantó a todo el mundo, así que ahora era el momento de llevarlo a producción en serio. 

A falta de Mola Noguru, esto fue sin duda un respiro para el departamento, que de nuevo se había quedado en Dani y yo solos. El reto estaba servido, teníamos que hacer 52 canciones distintas, con letra, para Let’s Go. Cada canción iría sobre una cosa. Habría canciones sobre el reciclaje, sobre cosas que hay en un salón, sobre los supermercados, el desayuno… Y aunque seguíamos haciendo un episodio cada uno, nos juntábamos cada viernes, yo con la guitarra o el bajo y Dani con el teclado, y nos poníamos a improvisar cosas a ver qué salía. Después comentábamos con Giu para ver si le encajaba la idea de la canción con el planteamiento visual que aplicarían al videoclip que iría con la música, y listo. Trabajábamos codo con codo con la imagen, pero la música mandaba por primera vez en la serie. Nos impusimos una premisa: tenía que salir cada canción en una tarde o una mañana, aunque luego teníamos algo más de tiempo para arreglarla del todo. Nos gustaba llevar las cosas al extremo y a veces nos poníamos a trabajar a las 5 de la tarde del viernes en la canción que tocara. Había viernes que nos tocaba hacer dos canciones, y nos las ventilábamos lo más rápido posible. Trabajando así, conseguimos unos resultados increíbles. Nos salieron canciones muy divertidas, frescas y bonitas. Yo hacía las letras y las cantaba en las demos, y al principio me costaba un poco escribir con unas palabras dadas, pero en cuanto le cogí el truco salían solas. Después, cada entrega de 13 episodios, íbamos a un estudio de grabación y las cantaba Garrett Wall, que tiene una voz increíble. También grabábamos a niños que a veces improvisaban coros y se quedaban tal cual en las canciones. El resultado nos encantó y en conjunto, las 52 canciones de Let’s Go son una de las cosas de las que estamos más orgullosos porque nos permitieron hacer de todo. Las convertimos en un subproducto dentro de la serie, hicimos en secreto una especie de enciclopedia musical. Tocamos casi todos los estilos, country, reggae, rock&roll, punk, disco, funk, rap old school, electrónica al más puro estilo Kraftwerk, easy listening… 52 canciones dan para mucho. Al principio también nos tocó pelear un poco con producción ejecutiva porque les parecían muy adultas y muy poco Pocoyó. Es curioso que en el momento de crisis de identidad de la empresa, nos pedían a los de sonido que todo fuera “muy Pocoyó” cuando nosotros habíamos definido una parte muy grande de lo que era Pocoyó, y en su momento también era algo distinto a lo que muchos pedían. Para variar, nos acabamos saliendo con la nuestra y el resultado está ahí. Tengo la sensación que ha pasado un poco desapercibido pero eso no quita que estemos orgullosos de él igualmente. Lo que me gusta menos es saber que empezaron a traducirla en cada país, dejando así de ser un curso de inglés. Esto es una lástima, ya no solo porque se desvirtúa la intención original de la serie, si no porque además he visto cómo están cantando las canciones en algunos sitios y es un crimen, pero es algo que escapa de mi control. 

Después de terminar Let’s Go Pocoyo,  pasaron otros meses con poca actividad. Nos dijeron que estaban negociando las condiciones para Pocoyó 4 (en realidad sería la tercera temporada normal de la serie) y se estaban encontrando muchas dificultades. Finalmente, en el pasado mes de abril, un viernes cualquiera a eso del medio día, se nos citó a los trabajadores para una reunión importante en la planta baja de la empresa. Automáticamente todos pensamos que sería para algo malo. Era muy repentino, nadie tenía ni idea sobre qué podría ir. Sin muchos preámbulos se nos dijo que la cosa estaba muy complicada y que no habían conseguido financiación para empezar ya la nueva temporada; que se veían forzados a hacer un E.R.E. y despedir a más de un tercio de la plantilla, la mayoría de dentro de la producción de Pocoyó. Se nos dijo que si conseguían financiación en unos meses intentarían contratarnos de nuevo a los que quisiéramos. En ese momento pensé que quizás me libraría de verme afectado, al ser el mío un departamento tan pequeño, pero no fue así. A continuación sacaron una lista y comenzaron a leer los nombres de los afectados. Recuerdo que un compañero estaba de pie y se sentó nada más oír las noticias. Otros se tapaban la boca con la mano. Se oía a compañeras llorar justo detrás de mí. No puedo definir lo que sentí al escuchar mi nombre en la lista. Sentí vértigo, fue como que te tiren un jarro de agua fría encima, pero no podría decir que sentí ninguna emoción de tristeza ni de alegría. Era el momento de cambiar, y punto. Ya lo había pensado mil veces antes, por supuesto, pero me había quedado en Zinkia porque era un buen trabajo, porque me sentía útil, y porque de algún modo sentía el departamento como mi criatura. Cuando te imponen la decisión todo es más fácil, y después de todo lo que había pasado me sentía confiado para comenzar un nuevo reto. Así que después del choque inicial, empecé a sentirme contento e incluso aliviado. La vida seguía y estaba muy orgulloso de todo lo que había hecho allí, me fui como un triunfador, casi agradecido por me hubieran obligado a seguir mi camino. Aún quedaba por delante la negociación del E.R.E., pero eso ya es otra historia.

Tostadas

Siempre he sido un poco maniático con la comida que tomo nada más levantarme. Desde pequeño, el 90% de mis desayunos han consistido en un tazón de cereales con leche, o un vaso de leche caliente con Cola Cao (de mayor lo cambié por té Earl Grey con leche) y dos tostadas. Aunque realmente mi desayuno favorito son las barritas de pan con tomate, té y un zumo de naranja, pero por motivos prácticos sólo lo suelo comer en días especiales, y generalmente fuera de casa. El caso es que llevo prácticamente toda mi vida desayunando lo mismo, sistemáticamente, y cuando repites cualquier cosa día tras día, sueles desarrollar costumbres un poco peculiares.
Por ejemplo, si me da por desayunar cereales una temporada, suelo cambiar de marca o producto después de cada caja, por no aburrirme. Cuando vivía con mis padres era un problema, porque siempre me tenían que preguntar cuáles quería cada vez, y si ellos se arriesgaban a elegir, nunca me apetecía los que habían comprado. Después, dependiendo del tipo/marca de cereal que sea, los acompaño con leche fría, o caliente con Cola Cao. Sí, a muchos les parecerá una aberración echar Cola Cao o similares, pero  a mí nunca me ha gustado demasiado el sabor de la leche sola, así que es a lo que estoy acostumbrado. Solo tomo cereales con leche sola cuando ya tienen algo con chocolate o cuando es muesli, o si viene con fruta deshidratadas. 

Si lo que desayuno son tostadas, me suelen gustar sólo con mantequilla, no les echo nada más. De pequeño usaba margarina porque había esta idea general de que era más sana. Lo único bueno que tenía es que se untaba muy bien, y alguna vez me dijeron que mis tostadas eran perfectas. Repartía la margarina de forma precisa y uniforme sobre la superficie de cada tostada, le ponía mucho esmero y no me gustaba que quedara ninguna parte sin cubrir ni que el grosor de la capa de margarina fuera demasiado alto ni demasiado bajo. Tenía que ser la cantidad justa.
Ya de mayor, @annalibera y @eduo me dijeron por Twitter que aquello de que la margarina era mejor no era cierto, y desde entonces soy un poquito más feliz por las mañanas, porque la mantequilla de verdad está mucho más rica. Lo cierto es que se unta peor, y he aprendido a no ser tan maniático como cuando untaba la margarina, pero he ganado en sabor.

Otra cosa que siempre me ha hecho mucha gracia es lo que hago cuando las tostadas salen de la tostadora. De pequeño me di cuenta que si las sacaba nada más saltar, y las ponía en el plato, al estar muy calientes hacían que se condensara agua en éste, y esa agua pasaba a la tostada y dejaba la parte de abajo húmeda y poco crujiente. La otra opción era dejar las tostadas enfriar un poco en la tostadora antes de pasarlas al plato, pero esto tenía otros inconvenientes. El primero es que tardaban más en enfriarse (nunca me gustó que se derritiera la mantequilla/margarina) al estar la tostadora también muy caliente. El segundo es que así se quedaban más resecas. De modo que se me ocurrió una forma de dejarlas enfriar fuera de la tostadora pero sin tener ninguno de los lados pegado al plato. 

Pan de verdad

Hoy salía de la panadería con una barra recién horneada en mis manos, y como es costumbre, nada más pisar la calle, andando de camino a casa, empecé a comer parte de el pan, aún caliente, pellizcándolo sin sacarlo de su bolsa de papel. Como es costumbre, me comí casi un cuarto de la barra. Podría decir sin dudarlo que comer pan recién hecho es una de las cosas que más me gustan del mundo. Está entre las diez mejores, quizás. Al menos entre esas que puedes hacer en un día normal.

Entonces recordé el artículo de hace no mucho de El Comidista que hablaba sobre la (engañosa, según ellos) cultura del pan de ‘boutique’ en España. Entre otras cosas en el artículo aparecía este comentario de Andrés Bonilla:

“Nos hemos olvidado de a qué sabe el pan de verdad, y eso nos lleva a ser menos exigentes y víctimas fáciles de los timos de las boutiques. (Javier) Marca cuenta cómo algunas personas que van a sus cursos llegan a rechazar el pan que hacen porque les sabe ‘demasiado’. Lo que revela esa pérdida: hace muchos años que el pan no sabe a pan. La industria ha conseguido hacer un producto que se parece y que responde a lo que la mayoría del público pide: corteza crujiente y miga esponjosa. Sin embargo, eso se aleja mucho de lo que es de verdad el pan: algo vivo, con matices de sabores ácidos, lácticos y alcohólicos, por la fermentación, con gusto a cereal.”

Cuando leí eso recordé otro caso similar: el de la leche. Cuando vivía en Sonseca, un pueblo de Toledo, durante una temporada mis padres solían comprar leche de vaca recién ordeñada. Nos decían a mi hermana y a mí, que tendríamos unos 15 y 12 años respectivamente, que “aquello sí que era leche de verdad”. Pero a nosotros nos repugnaba. Intentamos acostumbrarnos pero fue imposible, volvíamos a la leche Pascual o la que tomáramos entonces como el que vuelve a casa tras una guerra. En ese caso no puedo negar que ciertamente, esa era la leche de verdad. Pero sencillamente no nos gustaba. ¿Hay algo malo en ello? En aquel entonces recuerdo sentir cierta culpa por preferir el sucedáneo.

Con el pan me pasa que me encuentro más dividido. Cuando he probado pan hecho de manera tradicional, sí que me ha gustado mucho. Acompañado de un buen vino, y aceite de oliva y jamón, es una auténtica delicatessen. Pero para comer a diario prefiero el pan normal. ¿Soy un sacrílego, o un ignorante? No lo creo, simplemente, los gustos cambian. Llevo toda mi vida comiendo pan como lo conocemos hoy en día, y este pan, el normal de aquí de un supermercado o una panadería cualquiera, es el que echo de menos cuando estoy lejos. Si este pan que conozco cambiara con el tiempo, probablemente hablaría como Andrés Bonilla a las nuevas generaciones. Les diría que no tienen ni idea, que el pan que comía yo sí que era el bueno.

Otra cosa que recordé es aquello del “somos lo que comemos” o aplicado en términos evolutivos. Nuesto modo de vida y nuestra alimentación nos transforma física y emocionalmente. Por eso muchas veces me quejo cuando sale el tan manido eslógan de “lo natural es mejor”. Tiendo a pensar que generalmente, lo mejor es aquello a lo que nuestro cuerpo esté acostumbrado, sea natural o no. Un ejemplo hilarante de esto es el caso del gran Lemmy Kilmister, uno de los tipos más geniales y divertidos de la historia del rock. En su biografía cuenta la siguiente anécdota:

“En 1980 decidí que me cambiaran la sangre – ya sabes, el mismo proceso que se rumoreaba que había pasado Keith Richards. Lógicamente, es una buena idea, porque instantáneamente tienes sangre limpia y fresca, y tu cuerpo no tiene que pasar por el estrés de desintoxicarla. Así que mi representante y yo fuimos a ver al doctor, que tomó unas muestras de mi sangre y volvió al rato con las malas noticias. ” ‘Tengo que decirle esto’ dijo. ‘La sangre pura le mataría.’ ‘¿Qué?’ ‘Usted ya no tiene sangre humana. Así que tampoco puede donar. Olvídelo, su sangre podría matar a una persona corriente, usted es demasiado tóxico.’ En otras palabras, lo que es normal para mí es mortal para otro – y lo que es normal para otros es mortal para mí. ”

Andrew Bird y los límites a la creación artística

Hoy ha salido el nuevo disco de Andrew Bird, uno de los artistas que más me interesan ahora mismo, no sólo por la música que hace y la sensibilidad excepcional que muestra en sus actuaciones si no porque además, su colaboración con Ian Schneller hace que esté deseando verle en concierto, y poder comprobar el efecto de las escultóricas creaciones sónicas de este último rodeando a la audiencia. Schneller crea obras de arte en las que el diseño y la función se funde más que nunca. La forma de un altavoz, sus materiales, definen la naturaleza del sonido que emiten. Los rimbombantes altavoces de Schneller parecen altavoces de gramófono provenientes de un pasado distópico, y uno no sabe si está contemplando una escultura o escuchando un altavoz altamente avanzado. Algunas de sus creaciones tienen forma de caracol, otras oscilan como péndulos, muchas giran como un Leslie. La experiencia tanto visual como auditiva encaja tanto en un escenario como en un museo.

Andrew, por su parte, es también un gran creador y explorador sonoro. Cada uno de sus conciertos es único. A base de loops y efectos, convierte el sonido de su violín en algo mucho mayor capaz de llenar una canción. El proceso de construcción de las canciones es único y tiene un fuerte componente de improvisación en que el error se usa como otro componen musical sobre el que se construye, donde las asincronías forman un entramado multirrítmico que te atrapa como una tela de araña. Sin embargo, a la hora de grabar su último disco, ha decidido el camino contrario a la expansión que ha realizado con su instrumento principal: limitar radicalmente las posibilidades de producción grabando únicamente en 7 pistas, en cinta analógica y en directo, con la ayuda de otros cuatro músicos. Todo suena tal cual se capturó, sin trucos de edición, sin regrabaciones, ni maquillajes. Algunos a esto lo llaman una grabación “sin producción”. Para él es lo contrario, una decisión de producción que aporta valor artístico y humano. Lo cuenta él en una entrevista en Techcrunch:

It’s coming out March 6th. It’s called Break It Yourself. It was all recorded in one room with four musicians and an old Tascam reel-to-reel tape recorder. It had seven working tracks, so we recorded the whole record with seven tracks.

We used a Yamaha board — really, nothing fancy even in a vintage sense. It was decent and well-maintained equipment from the early 70s. We had seven tracks and that’s a lot of limitation to make a recording. Again, the looping is all in there. It was all live and was captured so it sounds like more than four musicians. There are no overdubs.

Casi siempre me gusta cuando los artistas eligen las limitaciones como una forma de dar valor a una obra, o simplemente para forzarse a exprimir su creatividad. Lo que sale suele ser cuando menos, interesante. Si además como en este caso, es absolutamente bello, es una delicia. Y con esto no pude evitar acordarme de este excelente artículo de Nacho Puell en su blog.

Malasaña

Cuando arribamos a la plaza del 2 de Mayo por primera vez corría el año 98, y tan solo nos faltó gritar “¡tierra!”.

En aquella época la sala Canciller de San Blas aún daba conciertos, y yo apenas había venido a Madrid más que a hacer algunas compras con la familia. Aún no se habían puesto de moda los yembés. La gente que llenaba el suelo de la plaza a las 11 de la noche de aquel dia charlaba apaciblemente mientras mojaba el gaznate, tan apaciblemente que al acercarnos más a la plaza me impresionó descubrir a casi un centenar de personas sentadas en derredor del arco de Monteleón. Hasta aquel momento no recuerdo haber visto punkis más que en las películas. Me refiero a punkis de verdad, de los de cresta y Dr. Martens. Entonces entendí porqué: estaban todos allí. Al principio los miraba con curiosidad y respeto. Después con familiaridad. Después dejé de mirarlos, a ver si así no me pedían cinco duros para tabaco.

En aquella época las calles del barrio de Malasaña eran el bar más concurrido. Hiciera frio o calor, la gente se repartía por las esquinas con bolsas de hielo, vasos de plástico y algo de priba. Si te cansabas de callejear, podías meterte a cualquier hora en bares como el Hotel California o el No Fun, sitios bastante sórdidos y divertidos donde poder codearte con tabernícolas de primera línea cualquier día de la semana y sin hora límite prevista. En estos lugares, no sé si es por que había poca luz, o porque el alcohol era en realidad Grog, la gente tenía cierta predisposición a buscarse problemas. Había empujones, tensiones, malos rollos y buenos rollos, y luego te ponían a los Stooges a las tantas de la madrugada y purgabas la histeria como buenamente pudieras. Siempre pasaban cosas que te mantenían despierto. No diré que aquellos bares tenían más encanto que su equivalente de hoy (La Ofrenda – rock hasta las 6), sobre todo porque ahora las noches más interesantes se han trasladado del fin de semana a días laborables o incluso al domingo, y es complicado que a mí me de por dormir poco, pero sí creo que estaba todo algo más diversificado, y qué narices, que eran bares míticos que vieron crecer al barrio.

Aunque pasan los años nunca dejo de volver por las calles de Malasaña, y aunque siempre tiendo a sentir cierta nostalgia por lo vivido, sé que eso aún existe al alcance de mi mano, sé que soy yo el que ha cambiado. La gente con la que me encontraba y compartía las noches sigue ahí, porque Malasaña es un pueblo donde la mayoría crece y espera una jubilación que nunca llega. Tan solo que la noche es capaz de decirnos a la cara quién somos, pero no cómo narices nos vamos a ganar la vida, y mientras te aseguras de que nunca te falte dinero para pagar tu casa, quizá salir entre semana para volver a pasarlo así de bien no sea tan importante.

Procesos creativos

Hace unos días subí a mi Bandcamp y a ésta web la última canción que he terminado, llamada Amar Es Perder. Para mí es una canción especial, no solo porque en cierto sentido, retomo parte del sonido que creo que me definía más en mi época en inglés. Además, esta canción es la única que he hecho que nació muchísimo antes de ser terminada. Supongo que cada compositor tiene una forma de trabajar distinta. Es muy normal que un músico empiece una canción y la rescate años después. Algunos de mis amigos músicos guardan cintas y cuadernos con ideas acumuladas a lo largo de años, que recuperan en ciertos momentos. Yo mismo tengo en mi Mac decenas y decenas de proyectos, clasificados por año. Algunos contienen una estrofa y un estribillo nada más, con un boceto de letra o sin nada de letra. Otros tienen una idea de producción, un ritmo y un riff de guitarra, o una frase de teclado. Según pasan los meses, reviso algunos de estos proyectos. No suelo acordarme de las cosas que tengo guardadas, y a veces me sorprendo de las posibilidades que tienen algunos de estas ideas en barbecho. Otros los escucho y bueno, mi reacción es distinta. Los que me parece que tienen posibilidades, quedan marcados en color verde o amarillo, para poder reconocerlos de un vistazo más adelante. Si el nombre de la carpeta no me da una pista de lo que hay dentro, le pongo un nombre más representativo. Y es que cuando empiezas un proyecto en Logic, lo primero que te pide es un nombre. ¿Y yo que sé cómo voy a llamarlo si aún no sé ni lo que voy a hacer? Tengo demasiados proyectos que se llaman como un día de la semana. Al menos tendré 8 domingos, y más de 5 sábados. Suelo ponerles otro nombre provisional más práctico, a menudo una indicación de por dónde podría ir la letra, o de algo de la producción. Nombres tán estúpidos como “ritmillo”, “bailonga”, o grupos que me suenan a eso que estaba haciendo, como una que tengo que se llama blonde por Blonde Redhead (esa debería terminarla). Amar es perder, por ejemplo, se llamó por un tiempo “La misma canción” porque en un principio pensé que podría ir, dada su estructura, de la tendencia que tenemos a veces de repetir pensamientos, conductas, y errores. Después, aunque solo en mi cabeza, yo la llamaba “Volver a creer”, porque me gustaba la idea, por ese aire optimista que tiene, de que el mensaje acompañara al sonido. El título definitivo se lo puse al terminarla, como debe ser. Al fin y al cabo, muchas veces, ese solo que se te ocurre en la última tarde de grabación puede cambiar el espíritu completo de la canción. No es lo mismo un tema que rompe al final con un estallido sónico que uno que se contiene, ¿no? Quiero decir, a veces no tiene por qué significar que hay que buscar otro nombre. En este caso para mí, sí. Y es mi canción, hago con ella lo que quiero. He dicho. El caso es que aunque tengo todas esas canciones ahí esperando, hasta ahora no había terminado ninguna que hubiera empezado hace tanto. En general, mi primer impulso es empezar algo nuevo. Supongo que, en un nivel creativo, tengo algo de eso que llaman “huída hacia delante”. Siempre quiero empezar cosas nuevas, terminarlas pronto y empezar otra. Hasta ahora, de hecho, casi todas las canciones que he parido, se han gestado, y han nacido en un espacio de tiempo de entre 4 y 16 horas, aproximadamente. Generalmente en un mismo día o en días contíguos. Trabajar así, sin embargo, se me ha hecho más complicado con el paso de los años, cómo no, a causa de tener un empleo. Por cierto, todo eso que dicen de que la rutina mata la creatividad, no es cierto. Me sigo sintiendo una persona tremendamente creativa, pero simplemente, no tengo tiempo para desarrollar mis ideas. Sueño con un año sabático. Volviendo al proceso de creación de una canción, en mi caso al menos, lo más importante son las primeras horas. Imaginad una barra de progreso, de esas que vemos todos los días. Esa barra de progreso se tiene que llenar en esas horas. Si no se llena, y dejo de trabajar en la canción, aunque la retome al día siguiente, probablemente no podré terminarla ya nunca. Quizá suena un poco tremendo pero es así en la práctica. Al final, casi cualquier idea, con suficiente trabajo, dándole vueltas, puede quedar más o menos bien. Veo cada idea como una ecuación que hay que resolver. Pues bien, como digo, en esa primera fase, hay que dejarla prácticamente resuelta. Si no, siempre será más cómodo y atractivo empezar una nueva, que retomar el proceso que se comenzó, sin perderse. Si el tema ya está encaminado, el tiempo y el reposo pueden hacer que después, no solo te apetezca porque ves que se puede terminar, si no que además, puedes aportar muchas cosas nuevas hasta dejarla mucho mejor de lo que pensaste. Otra opción es dejar la idea completamente sin trabajar, claro, pero no es el caso de la canción que estamos hablando. Amar es perder comenzó como una tarde de 2009 en que estaba tonteando con un Loopstation que tengo en casa. Con él, hice el ritmo principal de la base, el bombo y las palmas. Comencé a tocar encima los acordes que hay actualmente, y pensé en desarrollar toda la canción como un in crescendo a base de loops que se van sumando, como forma de explorar las posibilidades del cacharro. Obviamente mi idea se fué al garete en cuanto vi que necesitaba un par de acordes para terminar las estrofas, rompiendo la simetría. Ahí fue cuando volví a mi herramienta de siempre, el Mac y Logic Pro. Grabé la primera estrofa, cuya letra permanece intacta hoy, y el primer estribillo. Puse ya algunos de los arreglos que quedaron en la versión final, aunque terminé regrabando casi todo porque ahora tengo un previo de válvulas que entonces no tenía. Llegado a un punto, no pude continuar. No sabía cómo seguir, o simplemente, me quedé sin ganas. La retomé unos meses más tarde. Decidí escribir otra estrofa, que posteriormente cambié en parte. Esta segunda estrofa era básicamente lo mismo que la primera, a nivel de producción, otra parte más en que se repetía más o menos lo mismo. Me gustaba lo que había escrito para la letra pero la falta de novedad en la estructura, y el hecho de que no se me ocurriera nada más que hacerle, hizo que la volviera a aparcar. Hace unos días, ya en 2011, la volví a escuchar y me apeteció retomarla. Esta vez, lo primero que me vino fue que tras la segunda estrofa entrara el charles de la batería en corcheas. Eso le daba a la canción un nuevo empuje. Era el elemento que necesitaba para llegar a la conclusión. A veces algo tan sencillo puede ser crucial. Después se me ocurrió que podría llevar unas cuerdas. Pensé en Melody Nelson, aunque algunos me dirían que se acordaban de The Verve. Nada fuera de lo normal. Ya tenía el tema, solo quedaba escribir la tercera y última estrofa y decidir el final. Por suerte ya había grabado una guitarra con wah-wah que me venía de perlas para darle un aire distinto a esa última estrofa. Era perfecto. El solo, efectivamente, fue lo último que hice. En un primer momento pensé en hacer la parte instrumental más ruidosa, y en fade out, pero se me quedaba un poco descafeinado e indefinido. Necesitaba una conclusión, así que aderecé esos compases con la inclusión del solo, y le puse un final más calmado y dulce, con ese piano que replica la melodía de las cuerdas. Un momento de calma tras la explosión. Grabé para el final la primera frase de la letra, para darle un aire más conclusivo y a la vez circular. Y se acabó, ya solo faltaba dejarla reposar otro día más para repasar la mezcla, limpiar las pistas, clicks, ruidos varios, y a positivar. Así terminó un proceso que había comenzado en 2009, y me hace gracia pensar en lo distinto que estaba todo en el momento en que empecé la canción.

Automatizando la descarga de series con Hazel

Nota: esto es un post en actualización constante. 
Antes de nada, aclarar que esto es un pequeño apaño/ejercicio que me he hecho para automatizar el proceso de descarga, búsqueda de subtítulos y conversión/importación a iTunes para poder verlo después en el Apple TV2 (o en el iPad/iPhone si quisiera). No tengo conocimientos de programación y he buscado la forma de hacerlo con mis propios medios, a la espera de que con los siglos, los rezos y las súplicas (y quizá alguna donación millonaria de @aloisiusblog), alguien saque algo que lo haga más rápido, limpio y mejor.

Estas acciones de Hazel están pensadas para trabajar con un software que para mí, es el mejor para estas tareas porque permite manejarse parcial o totalmente mediante scripts o comandos de terminal. Los programas que uso aparte de Hazel son iFlicks / mkmp4sSolEolTVShows 2 y por supuesto un software de descarga de torrent como Transmission (mi preferido). Aparte de Hazel, iFlicks también es un software de pago y para mí vale lo que cuesta. Es de los pocos conversores que permiten passthrough de vídeo (junto con MP4Tools/MKVTools). Esto es, si tienes un AVI y lo quieres convertir para verlo en tu iPad, si el códec ya es .H264, sólo cambia el contenedor del vídeo por M4V, que es el que reconoce iTunes, y esto es un proceso que tarda segundos. Si ya tienes bajados subtítulos y con el nombre igual que el de vídeo (como debe ser), detecta el idioma y te los añade en el vídeo final (no los  “quema” en el vídeo, se pueden activar y desactivar en iTunes, Quicktime, VLC, etc, y puedes tener varios subtítulos a la vez). Además, busca los metadatos y las portadas estupendamente. 

Si quieres puedes usar mkmp4s en vez de iFlicks. mkmp4s está pensado para recodificar todo a un formato compatible con iTunes/iOS, pero también taggea, añade los subtítulos y añade a iTunes, usando para ello clientes de terminal de varios programas de código abierto. Lo bueno de usar mkmp4s es que ahora, el estándar de series de EZTV (con quien trabaja TVShows2) es MP4, un formato que ya es directamente compatible, de modo que no necesita recodificar y simplemente añade los subtítulos y los metadatos en cuestión de segundos. 

Otra ventaja de mkmp4s es que es gratis al igual que TVShows2 y que SolEol, ya que es todo Open Source, aunque al igual que los otros, mkmp4s es donationware, de modo que si te parece útil deberías considerar una donación a sus autores, (hazlo, aunque sea solo un poco a cada uno). 

Como desventajas, mkmp4s no permite passthrough de vídeo, por lo que todo lo que no sea MP4 lo recodificará, así que si te bajas todo en MKV, tardará entre unos 10 minutos (dependiendo de la máquina que tengas) en convertir un episodio de media hora a 720p. mkmp4s además, no notifica de lo que va haciendo, y no hay forma de saber si está trabajando más allá que la de mirar en Monitor de Sistema que HandbrakeCLI está activado y consumiendo recursos. Esto lo he solucionado añadiendo una notificación de Growl en Hazel cada vez que procese algo. Otra desventaja es que no descarga portadas para las series y tampoco pone los títulos de los episodios, aunque esto no es realmente importante. 

Ahora pasaré a explicar la configuración del flujo de Hazel dando por hecho que ya tienes instalado todo el software necesario, que tienes además de SolEol la carpeta adicional ‘SolEol Extras’ en /Aplicaciones, y que ya estás suscrito a series en TVShows. Si vas a usar mkmp4s, deberías copiar la carpeta con los contenidos del script a ~/Movies/. Puedes cambiar la ubicación si quieres pero entonces deberás poner la que hayas elegido en el bash script que lanza la acción b) Procesar con mkmp4s y borrar.

1.- Configuración

Primero crea la carpeta donde se van a procesar los vídeos. Yo la que he creado es ~/Películas/@Procesado, pero tú puedes crearla donde quieras. Agrega esa carpeta a Hazel arrastrándola al recuadro “Folders”.

Después baja las acciones de Hazel de aquí: http://db.tt/p9Ll9YOC.

Verás que ahí hay un archivo de acciones, que deberás aplicar a la carpeta que hayas añadido a Hazel. Para ello, selecciona la carpeta que has añadido antes a “Folders” y arrastra el archivo de acciones al recuadro “Rules” de la derecha. Todas las acciones se agregarán automáticamente, aunque tendrás que activarlas con el marcador que aparece desmarcado por defecto a la izquierda de cada acción. Verás que hay una acción para iFlicks (a) y otra para mkmp4s (b). De estas dos solo tienes que seleccionar una. 

Lo siguiente que debes hacer es editar el bash script embebido en laprimera acción “Crea carpeta para cada película y busca subs” y también el mismo que también aparece en “Busca subs en carpetas viejas”, sustituyendo USER y PASSWORD por tus datos de acceso a Opensubtitles.org. Si no estás registrado en Opensubtitles, es recomendable para usar SolEol aunque también puedes usarlo de forma anónima. En ese caso, simplemente quita esas dos opciones de la línea de comando de ambas copias del script.

Además de eso, puedes especificar en qué idiomas busca los subtítulos. Yo tengo puesto inglés y español (eng,spa), pero puedes añadir otros. Para ello consulta la ayuda de SolEol_CLI y añade los parámetros que necesites.

Si vas a usar iFlicks, selecciona las opciones por defecto que va a utilizar cuando sea utilizado desde Hazel. Para ello, métete en las preferencias del programa, ve a la sección Quicktime y en la opción “Conversión de vídeo” selecciona “Compatible con iTunes”. Marca también la opción “Mover original a la papelera”. 

Con esto ya puedes decirle a TVShows que meta los nuevos capítulos descargados en esa carpeta de trabajo, como en la siguiente imagen.

Y ya está, en principio no hay que hacer nada más. En la carpeta verás que según TVShows añade capítulos y Hazel va trabajando, quedan carpetas en sin color, y otras en verde. Las verdes son las que tienen subtítulos y están siendo convertidas, después se borrarán automáticamente. Las que siguen sin color son las que aún no tienen subtítulos y Hazel seguirá buscando una vez al día hasta que encuentre o hasta que hagas algo con esos archivos.

Si usas iFlicks, éste dejará notificaciones de Growl según vaya conviertiendo episodios. mkmp4s en cambio, como decía antes, no notifica de forma nativa, ni hay forma de ver que está trabajando. Pero gracias a la opción de usar Growl en Hazel, según vaya procesando archivos verás las notificaciones correspondientes.

Ahora voy a explicar un poco cómo funciona. Si no te interesa conocer el proceso, pasa a las notas sobre iFlicks y mkp4s.

2.- ¿Cómo funciona?

Como comentaba antes, TVShows 2 descarga cada episodio nuevo en @Procesado. Allí se ejecuta la primera acción, que para cada archivo de vídeo nuevo que llega, crea una carpeta homónima, mete el archivo dentro de la carpeta y mediante el shell script llama a SolEol_CLI y busca subtítulos. Si no encuentra subtítulos no cambia el color de la carpeta. La siguiente acción se encarga de buscar subtítulos en esos episodios para los que no encuentra subtútulos, una vez al día nada más. En los vídeos para los que sí encontró subtítulos, el número de ítems en la carpeta aumentará a 2 ó más, de modo que la tercera acción marca esas carpetas de verde y permite que la cuarta acción inspeccione dentro de esas carpetas y envíe los archivos de vídeo y subtítulos a ser procesados por iFlicks o mkmp4s. Después, otra acción borra las carpetas de archivos que ya se han convertido.

3.- Algunas notas sobre SolEol/Opensubtitles, iFlicks y mkmp4s

Uno de los dos inconvenientes del sistema es que es que en contadas ocasiones no llega nunca a encontrar subtítulos. Hay que tener en cuenta además, que Opensubtitles (que es el único que tiene API) no tiene soporte oficial para series. Pero eso en sí no es problema del flujo de trabajo, es que no hay una solución definitiva aún para ese problema. Aún así tengo que decir que estos últimos meses usando este método apenas me ha pasado con series en emisión actual, así que no es demasiado problema. 

En iFlicks, en vez de seleccionar “iTunes Compatible” como formato por defecto, puedes especificar que convierta para un dispositivo específico, en cuyo caso no hará passthrough y recodificará siempre a .h264 con los ajustes necesarios de resolución, canales de audio, etc.

Si os da por procesar con iFlicks archivos un poco viejos que ya tengáis descargados utilizando el modo “iTunes Compatible”, es probable que algunos os den error al intentar ser añadidos, y os diga que es porque iTunes está en modo 64bits (esto es una limitación conocida), así que a veces os tocará decirle que los vuelva a procesar, esta vez  cambiando el modo para que recodifique. El procedimiento para volver a ponerlos en cola de conversión es muy rápido, no hay que volver a añadirlos a iFlicks ni nada. En cada archivo de la cola que ha fallado hay una opción para devolverlo tal cual a la ventana principal, para especificar un nuevo modo de procesado. Como comentaba, esto no pasa generalmente con las descargas actuales que, de hecho, se mueven más hacia la compatibilidad total con iTunes y el entorno iOS.

mkmp4s convierte por defecto usando el preset “iPad” de Handbrake. Existen más opciones de conversión y podrías especificar otro formato en el script embebido en la acción Procesar con mkmp4s y borrar”. Te recomiendo que eches un ojo a la página del script donde aparecen explicadas estas opciones.

De nuevo, recuerda que TVShows 2, SolEol y mkmp4s son donationware. Si te gustan, considera realizar una donación a sus desarrolladores, que se lo merecen. Para ello utiliza el botón de Paypal que aparece en las páginas de cada desarrollo. 

4.- Bonus

Aquí os dejo un vídeo donde se ve cómo trabajan Hazel e iFlicks cuando llega un vídeo a la carpeta. En dos minutos está el vídeo convertido con subtítulos sin hacer nada. En HD tarda un poco más, pero solo un poco. 

Actualización 5 marzo 2012: le he dado un repaso al proceso, ahora es enormemente más sencillo. Es necesario actualizar a Hazel 3 para que funcionen correctamente las nuevas acciones. Si quieres descargar en pdf la versión anterior del post para Hazel 2, haz click aquí. Las acciones para Hazel 2 están aquí

Actualización 20 marzo 2012: he añadido la opción de usar mkmp4s en vez de iFlicks. Explico ambos procedimientos y cada uno que elija el que más le conviene. 

Actualización 23 de mayo de 2012: ya han corregido el bug de iFlicks que impedía que añadiera subtítulos a los mp4. He quitado las referencias a éste en el texto. Además he añadido notificaciones de Growl en los procesos con #mkmp4s.

Algo de estadística

Dice la Wikipedia: La estadística es una ciencia con base matemática referente a la recolección, análisis e interpretación de datos, que busca explicar condiciones regulares en fenómenos de tipo aleatorio. La estadística nos rodea, a veces nos atosiga, otras veces nos calma. Si no fuera por la estadística, mucha gente no sería capaz de subirse a un avión y sentarse relajadamente hasta esperar llegar a su destino. Porque sabemos que, estadísticamente, es muy poco probable que un avión se estrelle. Quizá también por culpa de la estadística tenemos que lidiar con banners publicitarios en las webs, con anuncios en los periódicos, y peor aún, con repartidores de publicidad que interrumpen tu marcha con panfletos que han de terminar en cualquier sitio menos en sus manos. Estadísticamente, una cantidad más o menos de personas que vean esos banners, o que reciban esos panfletos, harán click o llamarán para solicitar los servicios ofrecidos. La ganancia generada con esos nuevos clientes habrá de compensar siempre el gasto generado para hacer llegar a la gente dicha oferta comercial. De la estadística también dependemos para valorar cualquier suceso de forma objetiva. Estos días, se ha dado el decimoprimer suicidio entre los empleados de la empresa Foxconn en China, y el asunto está resultando bastante mediático porque es la compañía que fabrica en exclusiva el iPhone de Apple. Para nosotros, pensar que en una misma empresa se suiciden diez personas es un escándalo, algo tiene que haber mal en esa compañía. Eso junto con la fama que tienen las empresas Chinas de explotar y presionar a sus trabajadores, y tenemos una idea condicionada. Sin embargo, si miramos a las estadísticas de suicidios en el país (datos de 2006) vemos que la media es de 23 de cada 100.000 habitantes. Si tenemos en cuenta que en Foxconn trabajan 800.000 personas, de las cuales 400.000 trabajan en Shenzen, la ciudad donde se han producido los suicidios, quizá la cifra de 11 suicidios no nos suene tan descabellada. Y es que Foxconn es una empresa conocida en China por ser de las que mejores condiciones de trabajo ofrecen. Sin embargo, hay otro tipo de situaciones más cotidianas donde parece que la estadística cede parte de su naturaleza matemática para dar paso a la oportunidad casi mística del encuentro imposible. A menudo nos encontramos con personas conocidas por la calle, o en un vagón de metro. Sin embargo, últimamente me sudecen cosas muchísimo más retorcidas. Hace unas semanas alguien conocedor de mis historias sentimentales me prestó, con mucho interés por que lo leyera, un libro que a través de la sencilla historia de un encuentro casual por internet, recopila muchas ideas sobre el amor y las relaciones. El libro, co-escrito entre un hombre y una mujer, resultó ser una lectura más que gratificante. En ciertos momentos dolorosa, por reconocer entre sus páginas los patrones que había sufrido en otras personas hasta el fin del amor. En otros, fervorosa, al comprobar que mis concepciones sobre el querer se sostienen en la imposible postura de la objetividad sin perder entrega apasionada. Devolví el libro a su dueño, agradecido por la lectura. Pasaron varias semanas y una tarde en que andaba desocupado tras finiquitar las labores domésticas, recordé mi vieja cuenta de Hotmail. Hacía años que no la usaba y allí debía de haber correos de épocas pasadas, de gentes que ni recordaba. Introduje la contraseña y accedí no sin cierta emoción a los contenidos, que databan de 2004. Pasé un buen rato releyendo aquellos correos como si se tratara de una cápsula del tiempo. ¡Llevaban allí esperándome seis años! Entre uno de esos correos encontré uno de una persona que aún es un gran amigo mío, y me llamó la atención porque era un correo reenviado. Dicho correo provenía originariamente de un conocido común, una persona a la que fui presentado brevemente una tarde cuya cara apenas recuerdo. Este conocido, con quien mi amigo tuvo oportunidad de entablar relación más frecuentemente, le enviaba a éste un par de extractos de un libro que estaba escribiendo su madre. Un libro sobre el amor y las relaciones… exactamente, el mismo libro que me habían prestado a mí unas semanas atrás. ¿Casualidad? Algunos no podrán evitar la tentación de llamarlo destino. No es la única vez que me ha ocurrido algo similar últimamente. Hace poco me crucé con una persona que llamó mi atención en el metro. A los pocos días recibo un correo de esa persona a través de Facebook, diciéndome que una amiga le había puesto un vídeo de una actuación del novio de esa amiga, y que resulta que el cantante de la banda era el chico con el que se había cruzado en el metro. No le resultó muy complicado averiguar mi nombre y encontrarme en la red social por excelencia. Creo que no necesito mencionar la sucesión de casualidades de las que se dan en una situación como esta. De nuevo la casualidad estadística invita a mentar al destino. Y es que esas son las dos caras de la estadística. La estadística fría, numérica, de la que dependemos para entender lo que pasa a nuestro alrededor. Y la estadística que dirige nuestra vida hacia otras personas, hacia un puesto de trabajo, a las sorpresas más afortunadas o a la más cruda tragedia. Lo que dicen, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Eso que unos llaman destino, mientras que otros dicen que la divinidad se encuentra en las matemáticas.