Dice la Wikipedia: La estadística es una ciencia con base matemática referente a la recolección, análisis e interpretación de datos, que busca explicar condiciones regulares en fenómenos de tipo aleatorio. La estadística nos rodea, a veces nos atosiga, otras veces nos calma. Si no fuera por la estadística, mucha gente no sería capaz de subirse a un avión y sentarse relajadamente hasta esperar llegar a su destino. Porque sabemos que, estadísticamente, es muy poco probable que un avión se estrelle. Quizá también por culpa de la estadística tenemos que lidiar con banners publicitarios en las webs, con anuncios en los periódicos, y peor aún, con repartidores de publicidad que interrumpen tu marcha con panfletos que han de terminar en cualquier sitio menos en sus manos. Estadísticamente, una cantidad más o menos de personas que vean esos banners, o que reciban esos panfletos, harán click o llamarán para solicitar los servicios ofrecidos. La ganancia generada con esos nuevos clientes habrá de compensar siempre el gasto generado para hacer llegar a la gente dicha oferta comercial. De la estadística también dependemos para valorar cualquier suceso de forma objetiva. Estos días, se ha dado el decimoprimer suicidio entre los empleados de la empresa Foxconn en China, y el asunto está resultando bastante mediático porque es la compañía que fabrica en exclusiva el iPhone de Apple. Para nosotros, pensar que en una misma empresa se suiciden diez personas es un escándalo, algo tiene que haber mal en esa compañía. Eso junto con la fama que tienen las empresas Chinas de explotar y presionar a sus trabajadores, y tenemos una idea condicionada. Sin embargo, si miramos a las estadísticas de suicidios en el país (datos de 2006) vemos que la media es de 23 de cada 100.000 habitantes. Si tenemos en cuenta que en Foxconn trabajan 800.000 personas, de las cuales 400.000 trabajan en Shenzen, la ciudad donde se han producido los suicidios, quizá la cifra de 11 suicidios no nos suene tan descabellada. Y es que Foxconn es una empresa conocida en China por ser de las que mejores condiciones de trabajo ofrecen. Sin embargo, hay otro tipo de situaciones más cotidianas donde parece que la estadística cede parte de su naturaleza matemática para dar paso a la oportunidad casi mística del encuentro imposible. A menudo nos encontramos con personas conocidas por la calle, o en un vagón de metro. Sin embargo, últimamente me sudecen cosas muchísimo más retorcidas. Hace unas semanas alguien conocedor de mis historias sentimentales me prestó, con mucho interés por que lo leyera, un libro que a través de la sencilla historia de un encuentro casual por internet, recopila muchas ideas sobre el amor y las relaciones. El libro, co-escrito entre un hombre y una mujer, resultó ser una lectura más que gratificante. En ciertos momentos dolorosa, por reconocer entre sus páginas los patrones que había sufrido en otras personas hasta el fin del amor. En otros, fervorosa, al comprobar que mis concepciones sobre el querer se sostienen en la imposible postura de la objetividad sin perder entrega apasionada. Devolví el libro a su dueño, agradecido por la lectura. Pasaron varias semanas y una tarde en que andaba desocupado tras finiquitar las labores domésticas, recordé mi vieja cuenta de Hotmail. Hacía años que no la usaba y allí debía de haber correos de épocas pasadas, de gentes que ni recordaba. Introduje la contraseña y accedí no sin cierta emoción a los contenidos, que databan de 2004. Pasé un buen rato releyendo aquellos correos como si se tratara de una cápsula del tiempo. ¡Llevaban allí esperándome seis años! Entre uno de esos correos encontré uno de una persona que aún es un gran amigo mío, y me llamó la atención porque era un correo reenviado. Dicho correo provenía originariamente de un conocido común, una persona a la que fui presentado brevemente una tarde cuya cara apenas recuerdo. Este conocido, con quien mi amigo tuvo oportunidad de entablar relación más frecuentemente, le enviaba a éste un par de extractos de un libro que estaba escribiendo su madre. Un libro sobre el amor y las relaciones… exactamente, el mismo libro que me habían prestado a mí unas semanas atrás. ¿Casualidad? Algunos no podrán evitar la tentación de llamarlo destino. No es la única vez que me ha ocurrido algo similar últimamente. Hace poco me crucé con una persona que llamó mi atención en el metro. A los pocos días recibo un correo de esa persona a través de Facebook, diciéndome que una amiga le había puesto un vídeo de una actuación del novio de esa amiga, y que resulta que el cantante de la banda era el chico con el que se había cruzado en el metro. No le resultó muy complicado averiguar mi nombre y encontrarme en la red social por excelencia. Creo que no necesito mencionar la sucesión de casualidades de las que se dan en una situación como esta. De nuevo la casualidad estadística invita a mentar al destino. Y es que esas son las dos caras de la estadística. La estadística fría, numérica, de la que dependemos para entender lo que pasa a nuestro alrededor. Y la estadística que dirige nuestra vida hacia otras personas, hacia un puesto de trabajo, a las sorpresas más afortunadas o a la más cruda tragedia. Lo que dicen, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Eso que unos llaman destino, mientras que otros dicen que la divinidad se encuentra en las matemáticas.