Hoy ha salido el nuevo disco de Andrew Bird, uno de los artistas que más me interesan ahora mismo, no sólo por la música que hace y la sensibilidad excepcional que muestra en sus actuaciones si no porque además, su colaboración con Ian Schneller hace que esté deseando verle en concierto, y poder comprobar el efecto de las escultóricas creaciones sónicas de este último rodeando a la audiencia. Schneller crea obras de arte en las que el diseño y la función se funde más que nunca. La forma de un altavoz, sus materiales, definen la naturaleza del sonido que emiten. Los rimbombantes altavoces de Schneller parecen altavoces de gramófono provenientes de un pasado distópico, y uno no sabe si está contemplando una escultura o escuchando un altavoz altamente avanzado. Algunas de sus creaciones tienen forma de caracol, otras oscilan como péndulos, muchas giran como un Leslie. La experiencia tanto visual como auditiva encaja tanto en un escenario como en un museo

Andrew, por su parte, es también un gran creador y explorador sonoro. Cada uno de sus conciertos es único. A base de loops y efectos, convierte el sonido de su violín en algo mucho mayor capaz de llenar una canción. El proceso de construcción de las canciones es único y tiene un fuerte componente de improvisación en que el error se usa como otro componen musical sobre el que se construye, donde las asincronías forman un entramado multirrítmico que te atrapa como una tela de araña. Sin embargo, a la hora de grabar su último disco, ha decidido el camino contrario a la expansión que ha realizado con su instrumento principal: limitar radicalmente las posibilidades de producción grabando únicamente en 7 pistas, en cinta analógica y en directo, con la ayuda de otros cuatro músicos. Todo suena tal cual se capturó, sin trucos de edición, sin regrabaciones, ni maquillajes. Algunos a esto lo llaman una grabación “sin producción”. Para él es lo contrario, una decisión de producción que aporta valor artístico y humano. Lo cuenta él en una entrevista en Techcrunch:

It’s coming out March 6th. It’s called Break It Yourself. It was all recorded in one room with four musicians and an old Tascam reel-to-reel tape recorder. It had seven working tracks, so we recorded the whole record with seven tracks.

We used a Yamaha board — really, nothing fancy even in a vintage sense. It was decent and well-maintained equipment from the early 70s. We had seven tracks and that’s a lot of limitation to make a recording. Again, the looping is all in there. It was all live and was captured so it sounds like more than four musicians. There are no overdubs.

Casi siempre me gusta cuando los artistas eligen las limitaciones como una forma de dar valor a una obra, o simplemente para forzarse a exprimir su creatividad. Lo que sale suele ser cuando menos, interesante. Si además como en este caso, es absolutamente bello, es una delicia. Y con esto no pude evitar acordarme de este excelente artículo de Nacho Puell en su blog.