Hoy salía de la panadería con una barra recién horneada en mis manos, y como es costumbre, nada más pisar la calle, andando de camino a casa, empecé a comer parte de el pan, aún caliente, pellizcándolo sin sacarlo de su bolsa de papel. Como es costumbre, me comí casi un cuarto de la barra. Podría decir sin dudarlo que comer pan recién hecho es una de las cosas que más me gustan del mundo. Está entre las diez mejores, quizás. Al menos entre esas que puedes hacer en un día normal.

Entonces recordé el artículo de hace no mucho de El Comidista que hablaba sobre la (engañosa, según ellos) cultura del pan de ‘boutique’ en España. Entre otras cosas en el artículo aparecía este comentario de Andrés Bonilla:

“Nos hemos olvidado de a qué sabe el pan de verdad, y eso nos lleva a ser menos exigentes y víctimas fáciles de los timos de las boutiques. (Javier) Marca cuenta cómo algunas personas que van a sus cursos llegan a rechazar el pan que hacen porque les sabe ‘demasiado’. Lo que revela esa pérdida: hace muchos años que el pan no sabe a pan. La industria ha conseguido hacer un producto que se parece y que responde a lo que la mayoría del público pide: corteza crujiente y miga esponjosa. Sin embargo, eso se aleja mucho de lo que es de verdad el pan: algo vivo, con matices de sabores ácidos, lácticos y alcohólicos, por la fermentación, con gusto a cereal.”

Cuando leí eso recordé otro caso similar: el de la leche. Cuando vivía en Sonseca, un pueblo de Toledo, durante una temporada mis padres solían comprar leche de vaca recién ordeñada. Nos decían a mi hermana y a mí, que tendríamos unos 15 y 12 años respectivamente, que “aquello sí que era leche de verdad”. Pero a nosotros nos repugnaba. Intentamos acostumbrarnos pero fue imposible, volvíamos a la leche Pascual o la que tomáramos entonces como el que vuelve a casa tras una guerra. En ese caso no puedo negar que ciertamente, esa era la leche de verdad. Pero sencillamente no nos gustaba. ¿Hay algo malo en ello? En aquel entonces recuerdo sentir cierta culpa por preferir el sucedáneo.

Con el pan me pasa que me encuentro más dividido. Cuando he probado pan hecho de manera tradicional, sí que me ha gustado mucho. Acompañado de un buen vino, y aceite de oliva y jamón, es una auténtica delicatessen. Pero para comer a diario prefiero el pan normal. ¿Soy un sacrílego, o un ignorante? No lo creo, simplemente, los gustos cambian. Llevo toda mi vida comiendo pan como lo conocemos hoy en día, y este pan, el normal de aquí de un supermercado o una panadería cualquiera, es el que echo de menos cuando estoy lejos. Si este pan que conozco cambiara con el tiempo, probablemente hablaría como Andrés Bonilla a las nuevas generaciones. Les diría que no tienen ni idea, que el pan que comía yo sí que era el bueno.

Otra cosa que recordé es aquello del “somos lo que comemos” o aplicado en términos evolutivos. Nuesto modo de vida y nuestra alimentación nos transforma física y emocionalmente. Por eso muchas veces me quejo cuando sale el tan manido eslógan de “lo natural es mejor”. Tiendo a pensar que generalmente, lo mejor es aquello a lo que nuestro cuerpo esté acostumbrado, sea natural o no. Un ejemplo hilarante de esto es el caso del gran Lemmy Kilmister, uno de los tipos más geniales y divertidos de la historia del rock. En su biografía cuenta la siguiente anécdota:

“En 1980 decidí que me cambiaran la sangre - ya sabes, el mismo proceso que se rumoreaba que había pasado Keith Richards. Lógicamente, es una buena idea, porque instantáneamente tienes sangre limpia y fresca, y tu cuerpo no tiene que pasar por el estrés de desintoxicarla. Así que mi representante y yo fuimos a ver al doctor, que tomó unas muestras de mi sangre y volvió al rato con las malas noticias. ” ‘Tengo que decirle esto’ dijo. ‘La sangre pura le mataría.’ ‘¿Qué?’ ‘Usted ya no tiene sangre humana. Así que tampoco puede donar. Olvídelo, su sangre podría matar a una persona corriente, usted es demasiado tóxico.’ En otras palabras, lo que es normal para mí es mortal para otro - y lo que es normal para otros es mortal para mí. ”