Siempre he sido un poco maniático con la comida que tomo nada más levantarme. Desde pequeño, el 90% de mis desayunos han consistido en un tazón de cereales con leche, o un vaso de leche caliente con Cola Cao (de mayor lo cambié por té Earl Grey con leche) y dos tostadas. Aunque realmente mi desayuno favorito son las barritas de pan con tomate, té y un zumo de naranja, pero por motivos prácticos sólo lo suelo comer en días especiales, y generalmente fuera de casa. El caso es que llevo prácticamente toda mi vida desayunando lo mismo, sistemáticamente, y cuando repites cualquier cosa día tras día, sueles desarrollar costumbres un poco peculiares.
Por ejemplo, si me da por desayunar cereales una temporada, suelo cambiar de marca o producto después de cada caja, por no aburrirme. Cuando vivía con mis padres era un problema, porque siempre me tenían que preguntar cuáles quería cada vez, y si ellos se arriesgaban a elegir, nunca me apetecía los que habían comprado. Después, dependiendo del tipo/marca de cereal que sea, los acompaño con leche fría, o caliente con Cola Cao. Sí, a muchos les parecerá una aberración echar Cola Cao o similares, pero  a mí nunca me ha gustado demasiado el sabor de la leche sola, así que es a lo que estoy acostumbrado. Solo tomo cereales con leche sola cuando ya tienen algo con chocolate o cuando es muesli, o si viene con fruta deshidratadas. 

Si lo que desayuno son tostadas, me suelen gustar sólo con mantequilla, no les echo nada más. De pequeño usaba margarina porque había esta idea general de que era más sana. Lo único bueno que tenía es que se untaba muy bien, y alguna vez me dijeron que mis tostadas eran perfectas. Repartía la margarina de forma precisa y uniforme sobre la superficie de cada tostada, le ponía mucho esmero y no me gustaba que quedara ninguna parte sin cubrir ni que el grosor de la capa de margarina fuera demasiado alto ni demasiado bajo. Tenía que ser la cantidad justa.
Ya de mayor, @annalibera y @eduo me dijeron por Twitter que aquello de que la margarina era mejor no era cierto, y desde entonces soy un poquito más feliz por las mañanas, porque la mantequilla de verdad está mucho más rica. Lo cierto es que se unta peor, y he aprendido a no ser tan maniático como cuando untaba la margarina, pero he ganado en sabor.

Otra cosa que siempre me ha hecho mucha gracia es lo que hago cuando las tostadas salen de la tostadora. De pequeño me di cuenta que si las sacaba nada más saltar, y las ponía en el plato, al estar muy calientes hacían que se condensara agua en éste, y esa agua pasaba a la tostada y dejaba la parte de abajo húmeda y poco crujiente. La otra opción era dejar las tostadas enfriar un poco en la tostadora antes de pasarlas al plato, pero esto tenía otros inconvenientes. El primero es que tardaban más en enfriarse (nunca me gustó que se derritiera la mantequilla/margarina) al estar la tostadora también muy caliente. El segundo es que así se quedaban más resecas. De modo que se me ocurrió una forma de dejarlas enfriar fuera de la tostadora pero sin tener ninguno de los lados pegado al plato.