Como dije a mis compañeros en mi email de despedida, si me hubieran dicho en aquel invierno de 2005 que estaría 7 años en Zinkia, no me lo hubiera creído. Mirar hacia atrás tanto tiempo y tratar de valorar en conjunto se convierte en un ejercicio de superación del vértigo. Y si hay algo evidente es que entré siendo una persona, y salí siendo otra. 

Entré con 23 años, con un módulo de sonido recién terminado y escasa experiencia en el mundo laboral, con muchas inseguridades y demasiadas cosas que demostrarme a mí mismo.

Unas semanas antes, en otoño de 2004, iba en un coche camino al cementerio de Almagro donde estábamos enterrando a mi abuelo, y recibí la llamada de uno de mis profesores del módulo. Me dijo que tenía un trabajo para mí, que conocía una empresa de animación que “buscan a alguien como tú… bueno, más bien te buscan a ti”. Fue algo extraño recibir una noticia así en un día como aquél. Unos días después me arreglé lo que pude con la ropa que tenía entonces (costaba más que ahora encontrar talla S o XS), y me fui hacia el 27 de la calle Infantas con un CD de cosas que había grabado, temas míos de los últimos años, del Pleasures Books y temas instrumentales que había hecho como experimento. Allí me recibieron David Cantolla y el que sería mi jefe directo durante esos primeros años, mi compañero del alma Daniel Heredero. La primera planta tenía un toque señorial y la elegancia de esos pisos antiguos y lujosos de Madrid. Frescos en los techos, altísimos, grandes puertas blancas con vidrieras, suelos de madera y grandes lámparas. La segunda planta era otro mundo. Si abajo vivían los señores, arriba debían vivir los criados. Era un piso destartalado, sin ningún encanto. Parecía que lo de que a los creativos había que darnos de comer aparte se tomaba al pie de la letra. Era el sitio perfecto para sentirse sin las presiones de la estructura corporativa. El departamento de sonido era el último lugar, las antípodas de la empresa. Al final de un largo pasillo que serpenteaba, justo al lado de los baños, la sala parecía más una extensión de la casa de Dani. Era lo contrario a un estudio de sonido, allí se trabajaba con un Mac, un controlador MIDI, y ya. La habitación, que antiguamente debía ser la cocina, tenía una moqueta descolorida, láminas de corcho blanco recubriendo las paredes (imagino que habría baldosines debajo), y una cabina de grabación que demostró no servir para nada. Llegamos e hicimos una escucha rápida a mis temas, y mi trabajo gustó. Tenía la sensación de que no había muchos candidatos, era un perfil un tanto especial, y yo encajaba muy bien, aunque como es normal, en aquel momento no tenía ni idea de si podría hacer lo que se esperaba de mí. Creo que no hace falta que diga que aún así cuando me preguntaron si me veía capaz de hacer música y efectos para Pocoyó, yo dije que sí con toda la tranquilidad del mundo. Me pusieron un capítulo que estaban haciendo, Who’s on the phone. Recuerdo pensar que entre el nombre y la estética parecía una serie japonesa, y me dio la sensación de ser un proyecto menos ambicioso de lo que acabó siendo. No pensaba que se convertiría en la serie por excelencia para niños en muchos países. 

Poco menos de un mes después recibía una llamada de la secretaria de la empresa y me dijo que había sido seleccionado, que me pasara por allí de nuevo. Volví a la oficina de la calle Infantas y charlé durante un rato con Víctor López, el CEO. Me dijo que querían que trabajara con ellos, y después hablamos de todo menos de trabajo. Aquella conversación fue clave para mí, porque me hizo sentir muy cómodo.

Los días antes de comenzar los pasé en la cama con unos mareos horribles, apenas podía moverme. Algo del oído, me dijeron. 

Los primeros días en Zinkia, me sentía extrañísimo. Mi jefe era probablemente el tipo más divertido del universo, y un absoluto genio en lo que hacía. Dani era (y es) alguien muy querido dentro de la empresa, y uno de los fundadores, pero a la vez vi rápidamente que llevar un departamento le causaba mucha ansiedad. La persona que estuvo antes que yo trabajando con él le había dejado tirado en el último momento, cuando llegaba el momento de empezar la producción en serio se vio superado por la presión. Los factores por los que esto ocurrió fueron variados. El tipo realmente no tenía el perfil adecuado, y además chocaba con la personalidad de Dani. Todo ello llevó a una situación insostenible y a una baja por depresión que aún duraba cuando yo empecé. Por ello había una desconfianza tremenda hacia mí, y un precedente que me asustaba. Todo esto mezclado con que Dani pasaba por un momento personal complicado con una paternidad reciente, era un cóctel explosivo para mí como novato. No tuve el beneplácito de tener padrino, y todo el mundo estaba muy ocupado como para preocuparse por mí. Bastante tenía con lidiar con mi propia inseguridad hacia lo que me esperaba los próximos meses como para además tener que sufrir que quien me había seleccionado dudara ya no solo de mis aptitudes, sino también de mis ganas de trabajar y de mi honestidad. Convivíamos en la misma habitación y yo me sentía observado a cada momento. La sensación de aislamiento y hostilidad era fuerte, pero tenía 23 años y necesitaba demostrar que podía con ello. Aún así, pasaron muchos meses en que comía solo casi todos los días, como mucho quedaba con algún amigo de fuera de la empresa un día o dos a la semana. Y necesité más tiempo aún para llegar a asomar la cabeza y hacer amigos en el resto de departamentos. Vivía para Sonido, era como un prisionero con un creciente síndrome de Stendhal. Estaba aislado en una empresa de 80 personas.

En general había mucha tensión acumulada, era un momento decisivo para la serie. Todo se estaba cociendo, el día a día era una lucha constante sobre lo que estaba permitido que hiciéramos y lo que se pasaba de la raya. Pocoyó quería ser una serie divertida y educativa. Las discusiones de Guillermo Carsí y Cantoya con la gente de ITV (la productora de UK con los que se había asociado Zinkia para la producción) y con los consejeros sobre educación infantil eran épicas. Pocoyó no podía subirse al pico de pato. ¡Era inaceptable! Los niños empezarían a subirse a sitios que no debían. Ese golpe está muy fuerte, ¡los niños se asustarán! Esa canción es demasiado triste, ¡se van a deprimir! Todo era así, todo se cambiaba mil veces, a veces a mejor, demasiadas a peor, y todos trabajando contra reloj. Por suerte eso fue cambiando, fuimos cogiendo confianza y había talento a raudales en aquellas oficinas. Guillermo era un extremo, ITV y los consejeros eran otro, y David andaba como loco buscando el equilibrio entre todo aquello. Si Pocoyó llegó a ser tan bueno, fue por esa tensión tan grande entre las partes. Nos obligó a todos a pensar mucho en todo, a analizarlo todo, y a encontrar un camino distinto que nos convencía y lanzarnos por él con el impulso de una flecha que va directa hacia el centro de la diana.

Al principio yo sólo hacía efectos de sonido y colocaba las locuciones que nos mandaban de UK. Dani hacía las músicas. Nunca había hecho nada parecido, y aprender qué cosas quedaban bien en cada momento fue como aprender un nuevo idioma para mí. El primer episodio me quedó fatal, no fui capaz de terminarlo. El segundo que hice, Pocoyo Dance(uno de los más decisivos de la primera temporada), lo bordé. Rompí mis propias expectativas. Desde entonces parecía que música y efectos estaban pensados a la vez, todo encajaba a la perfección y nos hicimos un gran equipo. En aquella época solíamos terminar los episodios los viernes. Teníamos una semana para cada episodio. Aquel viernes salí como si hubiera ganado una batalla importante, fue un pequeño respiro. También, en aquella época, en ITV nos pidieron que no hubiera fondo blanco, así que los vídeos tenían experimentos con fondos de color, con profundidad, arboles, etc. Pronto volvió a ser blanco. 

Para coger un poco de confianza empecé a organizar muchas cosas. Una de las funciones que asumí fue la de ordenar y clasificar todo el material. En general había un gran caos, no sólo del material, también en los procedimientos, las revisiones, etc. Yo empecé tratando de solucionar el que estaba en mi mano. También me acabé encargando de las mezclas, los _cue sheets_ para la SGAE… Y unos meses después empecé a hacer música para los episodios. 
Fue el primer verano que pasé en Zinkia. Hice un episodio de prueba, _Where is Pocoyo?_ reutilizando canciones ya hechas. Después de hacer el capítulo de calentamiento, Dani se fue de vacaciones y me quedé yo al cargo de todo, haciendo capítulos enteros por mi cuenta. Estaba muy nervioso, sentía que era mucha responsabilidad y si algo no me salía iba a ser un problema grave, pero estar solo me vino muy bien. En aquel momento teníamos una TV con una antena y tratábamos de sintonizar algún canal. Aún no había llegado la TDT y aquello era posible. Sí, trabajábamos con la tele de fondo. Cuando yo me quedé solo, llegaba por las mañanas y me ponía Doraemon. Me acompañaba mucho, me hacía sentir mucho más tranquilo y menos solo. En aquellos días hice Elly Spots, el capítulo en el que Elly se pone enferma, y A Surprise for Pocoyo. Ambos me quedaron genial, y me hicieron sentir mucho más seguro. No solo quedaron bien si no que los acabé con tiempo de sobra. A partir de ahí nos empezaron a asignar un capítulo a cada uno. Yo hacía las voces para mis capítulos y los suyos (más que nada porque era lo más aburrido y yo era el nuevo), pero luego cada uno hacíamos música y efectos de nuestro episodio. A partir de ahí, también, hacíamos el doble de episodios por semana: pasamos de hacer uno entre dos, a hacer dos episodios.

Durante esos meses se hicieron algunos episodios increíbles. Cada uno intentábamos hacer los mejores capítulos, y luego disfrutábamos de lo lindo viendo los que había hecho el otro. Siempre decíamos que nos gustaban más los del otro y era sincero. A mí siempre me gustaron más los de Dani, para mí él siempre será el genio. Al principio la música iba a ser más electrónica y sencilla, con una presencia a la par con el minimalismo visual, más influenciada por el _minimal_ musical que es un estilo en sí mismo. Dani siempre dice que yo traje mucho pop a la serie, pero lo que vimos es que como tándem éramos imparables. Nuestros trasfondos musicales se complementaban a la perfección, y donde él venía de los sintetizadores, yo venía de las guitarras. Pronto empezamos a hacer juntos trabajos como feelancers, e incluso hicimos remezclas para grupos que conocíamos. 

Mientras tanto, en Zinkia salieron episodios como Twinkle Twinkle, que era una maravilla visual, pero la música fue lo que elevó el capítulo a obra de arte. Nos dejaban libertad para hacer lo que quisiéramos. En capítulos puntuales el director, fuera Guillermo o Alfonso Rodríguez, que empezó después a dirigir también, tenía comentarios específicos para momentos puntuales en que nos pedía algo concreto. El resto de las veces, nos explicaba la intención narrativa, y a partir de ahí hacíamos las cosas a nuestro modo. Siempre intentábamos meter parodias de películas conocidas. En _Up Up And Away_ metimos la parodia de 2001: Odisea en el espacio. En _Keep Going Pocoyo_ metimos _Chariots of fire_ al más puro estilo olímpico, en un momento bastante poco solemne. En _Fuzzy Duck_ metimos la obligatoria parodia a The Matrix, y también un guiño a Psicosis. Y así, siempre buscábamos esa complicidad con el mundo adulto, y también lo hacíamos porque nos divertía. Nos llegaban comentarios de gente mayor que le encantaba la serie por eso. Había algunos que nos decían que siempre lo veían fumando hierba. Esas cosas nos gustaban. En_ Jugglin Balls_ la parodia se convirtió en el elemento central: el capítulo entero era una broma sobre Karate Kid

Por esa independencia creativa que teníamos, y por otras cosas, nos hacía gracia decir que éramos la República Independiente de Sonido. Intentábamos vivir aparte. Nos organizábamos y hacíamos todo a nuestro aire. Para el resto de la empresa éramos los raros, los alegres, los que nos reíamos a carcajadas por los pasillos, los rebeldes, los de los tatuajes… los músicos, los renegados. Y sin embargo éramos un pilar creativo dentro de la empresa, por eso también algunos pensaban que éramos los mimados, y en parte es verdad. Cuando nos aburríamos sembrábamos el terror. Solíamos grabarnos vídeos haciendo el idiota. Nos inventábamos personajes, como uno que teníamos que era el típico niño que se inventa las cosas pero no sabe de nada. Cada personaje tenía su voz propia. El que más duró era el más minimalista. Había uno que simplemente llamaba a su madre que debía estar en otro punto de la casa. “¡Mamá!” se escuchó por los pasillos de Zinkia hasta el día que me marché. Era un _meme_ absoluto, de tanto repetirlo era oírlo (o decirlo) y en algún otro lado de la planta se escuchaba una risilla desesperada. Lo empezó a hacer más gente. Y así siempre. Una tarde acabamos llorando de la risa inventándonos nombres de grupos mezclando los de los grupos de España en los 80. Otras tardes cantábamos flamenquito encima de canciones como _Moments In Love_ deArt Of Noise. Con el tiempo mucha gente nos vino a agradecer que hacíamos mejor el ambiente de la empresa. Muchas veces escuchamos “si no fuera por vosotros esto sería mucho más triste”. Y recibíamos visitas de compañeros que se maravillaban de lo que hacíamos con la música, y del humor que teníamos. Básicamente, éramos un atentado hacia el espíritu de la empresa convencional. Y aunque luego cada uno éramos muy distintos (a Dani le gustaba más la atención y tenía auténticos adeptos dentro de Zinkia), cuando nos dejaban solos éramos como Zipi y Zape. 

Cuando entré en Zinkia también se hacían otras cosas que no eran de Pocoyó. Había un departamento programando juegos para móviles. Hablamos de 2005, quedaban dos años para que saliera el iPhone y la gente jugaba a juegos muy básicos en sus Nokia 3210. Este departamento después se reconvirtió e hizo juegos de consolas durante un tiempo hasta que desapareció, pero eso da para un spin off. También había otro departamento llamado ZNK DOJO que hacían motion graphics, vídeos experimentales, de diseño y audio que llevaban después a festivales. En aquella época la empresa aún trataba de buscar su identidad y hacía cosas como esas a ver qué salía por ahí. ZNK DOJO duró poco como departamento una vez que empezó la producción pero aún se aprovechó algún momento tranquilo para hacer alguno de los últimos vídeos. Las dos personas que trabajaron en ese departamento, terminaron siendo auténticos cracks del diseño y del motion, una disciplina cada vez más presente en publicidad, internet, etc. 

Además, dentro de Pocoyó en aquella época había también mucho trabajo que nos venía del departamento de _merchandising_ que nos pedían sonidos para los juguetes. El caso es que teníamos que hacer frente a las demandas de todas las otras áreas, y en producción nos pedían más flexibilidad para poder llegar a las fechas de entrega finales, no porque nosotros fuéramos mal, pero el resto de departamentos de la producción habían tenido problemas que habían retrasado todo, así que pedimos que contrataran a alguien que nos ayudara. Cogimos a Jose Antonio Abellán, otro chico que había terminado en el Puerta Bonita el año siguiente al mío. Tener a alguien nuevo en el departamento supuso por un lado un soplo de aire fresco, alguien que dio fin a mi etapa de aislamiento respecto al resto de la empresa, y por otro fue una fuente de problemas interminable. Yo ya había logrado encontrar un equilibrio, trabajaba bien, sabía trabajar en equipo con Dani, llegaba siempre antes de la hora y no daba problemas. La persona que vino trajo de nuevo las desconfianzas y las presiones del principio, pero a diferencia de mí, ésta era una persona más despistada (solo durante los primeros meses), y esto hizo aún más evidentes los problemas que teníamos como departamento. El nuevo trabajaba también en la misma sala que nosotros, y hubo momentos en que la tensión se hizo inaguantable. Para variar, yo me acabé haciendo responsable también de esa persona. Llegando incluso a cubrirla si llegaba tarde. Me convertí casi en su despertador durante una temporada en que tenía problemas para dormirse por las noches. Si no había llegado a la hora, encendía su ordenador y le llamaba por teléfono. Si preguntaban, había bajado a por un café. Poco a poco conseguí que Dani se despreocupara y me dejara a mí hacer. Tiempo después, Jose Antonio llegaba el primero todos los días y de nuevo sólo importaba cómo de bien estaba hecho el trabajo.

Cuando estábamos terminando Pocoyó 1, entró otra persona en postproducción, Giu Camblor. Giu y yo trabajábamos muy bien juntos y nos convertimos en grandes amigos. Esto también fue muy positivo porque Giu era el hombre para todo. Hacía realización, grafismo, algo de animación, 3D, y dirigía. Le dieron libertad para hacer muchas cosas a su aire, y trabajando tan cerca con él pudimos hacer algunas piezas  geniales que de otro modo hubieran sido imposibles. Giuseppe significó un nuevo perfil que nos abría muchas posibilidades por sus capacidades y porque trabajaba mano a mano con sonido. Para mí, supuso también encontrar el mayor apoyo emocional que tuve nunca dentro de la empresa.

Mientras tanto, se estaba haciendo patente, no solo dentro del sonido, también en producción, que Dani lo que quería es que le dejaran trabajar a su aire y que no le agobiaran con responsabilidades, así que cada vez era lo más normal que los encargos me llegaran a mí y yo lo organizara todo. Cuanto más peso iba cogiendo yo, más relajados estábamos todos. Con este sistema, al poco tiempo conseguimos que hubiera un ambiente mucho más positivo en general. Yo era el que lo llevaba todo sólo de puertas para adentro. De puertas para afuera, más allá de la producción, Dani seguía siendo el jefe. Eso me trajo algunos problemas con el tiempo, y en algunos aspectos no era justo, pero era lo mejor y fue como funcionamos todo el tiempo. 

En esa época la serie empezó a cosechar premios, alguno por la música, como el que nos dieron de El Chupete. Pero hubo dos que nos dieron mucha tracción: el de Annecy, y el BAFTA. La serie se hizo enorme en UK, y la fiebre se contagió en más y más países. A la vez, intentábamos sin éxito que la emitieran en España, hasta que finalmente se llegó a un acuerdo bajo unas condiciones durísimas con TVE. Fue otro momento clave, porque por fin empezamos a sentir que se valoraba mucho lo que hacíamos, en nuestro propio país. Desde entonces yo empecé a ser presentado en mis círculos como “el que hace la música de Pocoyó”. Por un lado era bonito, aunque por otro me producía cierto desasosiego por lo complicado que había sido todo. De algún modo nunca encajé bien que se me identificara por el trabajo que hacía por cuenta ajena. 

Pocoyó 2 transcurrió sin problemas, el equipo estaba perfectamente engrasado y todos sentimos que habíamos superado a la primera temporada en muchas cosas. Sentimos no solo que habíamos consolidado todo lo que aprendimos con la primera, si no que además las incorporaciones nuevas habían aportado cosas que hacían que todo tuviera otra vuelta de tuerca. Llegamos a sitios a los que no esperábamos llegar al principio. 

Cuando terminamos Pocoyó 2, se me encargó a mí hacer la música para un proyecto nuevo que había en la empresa llamado Mola Noguru. Se trataba de una serie con un_target_ algo mayor que Pocoyó. Una serie también en 3D, con personajes viviendo en un bosque fantástico. Esta vez se huía del minimalismo, había un entorno natural en condiciones, y diálogos de verdad. Habían diseñado un personaje que cantaba canciones con su guitarra como si fuera un trovador, algo que servía para afianzar el nudo y la moraleja del episodio, así que yo era la persona para aquello. Lo vi como una oportunidad de oro para afianzar mi nueva posición en la empresa, y para reclamar algo que llevaba queriendo tener desde el principio: una sala para mí solo. Hasta entonces, todos esos años, trabajábamos todos los de sonido en la misma sala, turnándonos para usar los cascos, porque al menos mezclar es importante hacerlo con los monitores. De primeras ya nos costó años tener unos cascos de calidad, y yo solía terminar mis días con dolor de cabeza y de orejas. El problema es que a la hora de grabar algo siempre nos molestábamos entre nosotros, o cuando había reuniones en la sala. Cuando me encargaron Mola Noguru, supe que era el momento de pelear por ello. Y me costó, pero lo acabé consiguiendo. Ese fue otro de los momentos clave de mi estancia en Zinkia, no sólo por tener un sitio para mí, si no porque además se me tuvo en mucha más consideración en la empresa desde ese momento, al menos hasta que cambió la cúpula de dirección. En sonido, a partir de ahí todo fue ya como la seda. El departamento funcionaba, como un tiro y sin problemas de tensiones internas. La tensión se había disipado del todo y todos estábamos muy contentos siendo compañeros. Fue un momento también de retrospección. Hablamos mucho de las cosas que habían fallado los meses anteriores y yo me sentí muy valorado por todo lo que había hecho. Habían pasado tres años desde que entré en la empresa.

Justo cuando nosotros estábamos en nuestro mejor momento, hubo un terremoto en Zinkia. En 2008, los que habían sido nuestros jefes, los que fundaron la empresa y creado Pocoyó, se marcharon. Había diferencias con uno de los socios, el que tenía más parte de la empresa, y después de un tiempo de zancadillas, decidieron marcharse. Desde entonces nada fue lo mismo. Algunas cosas fueron a mejor, se hicieron cambios en la empresa para que estuviera todo más ordenado, se intentaron arreglar muchas cosas de producción y realmente conseguimos un sitio donde se trabajaba a gusto, al menos en muchos departamentos. Otras cosas fueron a peor, pero sobre todo, algo se perdió del todo: esa chispa aventurera que tenía la empresa al principio. A los trabajadores nos lo vendieron como que era una maniobra necesaria que serviría para salvar a Zinkia, pero todos nos quedamos con una sensación de inseguridad. Hasta ese momento ni siquiera sentíamos que algo iba mal, al contrario, pensábamos que había bonanza, que todo iba bien. La inseguridad se instaló a sus anchas, vimos como algunos puestos importantes de la empresa los desempeñaban perfiles que no eran los apropiados (y acabó habiendo problemas serios), vimos luchas de egos, falta de comunicación, gente que entraba y salía… Se nos hicieron muchas promesas que no se cumplieron y el desánimo afloró. También fue la época en donde Zinkia salió a bolsa. Comenzamos a leer artículos muy negativos sobre todo aquello y las acciones bajaron mucho al principio. Todo eso nos afectaba. 

Nosotros intentábamos buscar la estabilidad mental haciendo lo que mejor sabíamos hacer, pero se pudo muy de moda el tremendismo. En sonido seguíamos siendo un refugio antiaéreo, y eso nos salvó en parte. Aunque hubo algo contra lo que no podíamos luchar y nos hizo pasar un muy mal rato. Después de la segunda temporada de Pocoyó pasamos casi un año de escasísima actividad, y eso hizo estragos en todos nosotros. A mí quizá hasta me afectó demasiado, porque vino justo cuando pensé que se me iba a abrir una gran oportunidad con Mola Noguru. Lo bueno me sirvió para forzarme a recuperar muchas cosas que había perdido en mi vida fuera del trabajo. También nos obligó a todos a pensar qué haríamos si la empresa tuviera que cerrar, o si perdiéramos nuestros trabajos. Probablemente, sin un periodo de reflexión como aquel, yo lo hubiera pasado mucho peor cuando finalmente me vi en la calle. Desde aquel terremoto la empresa cambió en muchos sentidos, y vimos como cada vez más, todo se centraba en Pocoyó. Todo iba paralelo a la creciente crisis internacional. Nos preguntábamos también si no se estaba yendo la magia y el misticismo de la empresa al garete, al tiempo que el resto de proyectos se aplazaron indefinidamente justo en un momento en que necesitábamos hacer cosas nuevas.

Por suerte volvimos a la actividad después de ese año fatídico en el que mi vida personal no acompañó, y todo volvió un poco a la normalidad. Comenzamos una producción en serio con Let’s Go Pocoyo, que en principio era un curso de inglés. Fue concebido para verlo en su idioma original en cualquier lado, y estaba pensado para que los niños se fueran quedando con vocabulario. Los guiones, más sencillos que los de la serie normal, estaban pensados en torno a áreas de aprendizaje, grupos de palabras, etcétera. Pero había dos grandes novedades. En medio de los episodios habría dos departamentos, distintos visualmente, que servirían para reforzar el aprendizaje. La otra novedad sería que al final de cada episodio habría una canción cantada, que tendría una letra que explicaría en la medida de lo posible, y repetiría, las palabras importantes del episodio. Unos meses antes habíamos hecho un piloto dirigido por Giu. El piloto de LGP era hilarante, sobre todo la canción final, que encantó a todo el mundo, así que ahora era el momento de llevarlo a producción en serio. 

A falta de Mola Noguru, esto fue sin duda un respiro para el departamento, que de nuevo se había quedado en Dani y yo solos. El reto estaba servido, teníamos que hacer 52 canciones distintas, con letra, para Let’s Go. Cada canción iría sobre una cosa. Habría canciones sobre el reciclaje, sobre cosas que hay en un salón, sobre los supermercados, el desayuno… Y aunque seguíamos haciendo un episodio cada uno, nos juntábamos cada viernes, yo con la guitarra o el bajo y Dani con el teclado, y nos poníamos a improvisar cosas a ver qué salía. Después comentábamos con Giu para ver si le encajaba la idea de la canción con el planteamiento visual que aplicarían al videoclip que iría con la música, y listo. Trabajábamos codo con codo con la imagen, pero la música mandaba por primera vez en la serie. Nos impusimos una premisa: tenía que salir cada canción en una tarde o una mañana, aunque luego teníamos algo más de tiempo para arreglarla del todo. Nos gustaba llevar las cosas al extremo y a veces nos poníamos a trabajar a las 5 de la tarde del viernes en la canción que tocara. Había viernes que nos tocaba hacer dos canciones, y nos las ventilábamos lo más rápido posible. Trabajando así, conseguimos unos resultados increíbles. Nos salieron canciones muy divertidas, frescas y bonitas. Yo hacía las letras y las cantaba en las demos, y al principio me costaba un poco escribir con unas palabras dadas, pero en cuanto le cogí el truco salían solas. Después, cada entrega de 13 episodios, íbamos a un estudio de grabación y las cantaba Garrett Wall, que tiene una voz increíble. También grabábamos a niños que a veces improvisaban coros y se quedaban tal cual en las canciones. El resultado nos encantó y en conjunto, las 52 canciones de Let’s Go son una de las cosas de las que estamos más orgullosos porque nos permitieron hacer de todo. Las convertimos en un subproducto dentro de la serie, hicimos en secreto una especie de enciclopedia musical. Tocamos casi todos los estilos, country, reggae, rock&roll, punk, disco, funk, rap old school, electrónica al más puro estilo Kraftwerk, easy listening… 52 canciones dan para mucho. Al principio también nos tocó pelear un poco con producción ejecutiva porque les parecían muy adultas y muy poco Pocoyó. Es curioso que en el momento de crisis de identidad de la empresa, nos pedían a los de sonido que todo fuera “muy Pocoyó” cuando nosotros habíamos definido una parte muy grande de lo que era Pocoyó, y en su momento también era algo distinto a lo que muchos pedían. Para variar, nos acabamos saliendo con la nuestra y el resultado está ahí. Tengo la sensación que ha pasado un poco desapercibido pero eso no quita que estemos orgullosos de él igualmente. Lo que me gusta menos es saber que empezaron a traducirla en cada país, dejando así de ser un curso de inglés. Esto es una lástima, ya no solo porque se desvirtúa la intención original de la serie, si no porque además he visto cómo están cantando las canciones en algunos sitios y es un crimen, pero es algo que escapa de mi control. 

Después de terminar Let’s Go Pocoyo,  pasaron otros meses con poca actividad. Nos dijeron que estaban negociando las condiciones para Pocoyó 4 (en realidad sería la tercera temporada normal de la serie) y se estaban encontrando muchas dificultades. Finalmente, en el pasado mes de abril, un viernes cualquiera a eso del medio día, se nos citó a los trabajadores para una reunión importante en la planta baja de la empresa. Automáticamente todos pensamos que sería para algo malo. Era muy repentino, nadie tenía ni idea sobre qué podría ir. Sin muchos preámbulos se nos dijo que la cosa estaba muy complicada y que no habían conseguido financiación para empezar ya la nueva temporada; que se veían forzados a hacer un E.R.E. y despedir a más de un tercio de la plantilla, la mayoría de dentro de la producción de Pocoyó. Se nos dijo que si conseguían financiación en unos meses intentarían contratarnos de nuevo a los que quisiéramos. En ese momento pensé que quizás me libraría de verme afectado, al ser el mío un departamento tan pequeño, pero no fue así. A continuación sacaron una lista y comenzaron a leer los nombres de los afectados. Recuerdo que un compañero estaba de pie y se sentó nada más oír las noticias. Otros se tapaban la boca con la mano. Se oía a compañeras llorar justo detrás de mí. No puedo definir lo que sentí al escuchar mi nombre en la lista. Sentí vértigo, fue como que te tiren un jarro de agua fría encima, pero no podría decir que sentí ninguna emoción de tristeza ni de alegría. Era el momento de cambiar, y punto. Ya lo había pensado mil veces antes, por supuesto, pero me había quedado en Zinkia porque era un buen trabajo, porque me sentía útil, y porque de algún modo sentía el departamento como mi criatura. Cuando te imponen la decisión todo es más fácil, y después de todo lo que había pasado me sentía confiado para comenzar un nuevo reto. Así que después del choque inicial, empecé a sentirme contento e incluso aliviado. La vida seguía y estaba muy orgulloso de todo lo que había hecho allí, me fui como un triunfador, casi agradecido por me hubieran obligado a seguir mi camino. Aún quedaba por delante la negociación del E.R.E., pero eso ya es otra historia.