Aviso: este post contiene spoilers.

El día antes de comenzar mi viaje a China vi los últimos episodios de la primera temporada de Louie. Esa comedia que es un drama que a mí me sabe a veces a un poco a Nouvelle Vague, cuando se pone en blanco y negro granuloso, y una música jazz que bien podría ser el propio Monk tocando en los 50, o Miles sonando en la banda sonora de Ascenseur pour l’échafaud, acompaña a la bella Parker Posey coqueteando con la cámara, como una Jeanne Moreau en Jules et Jim, o una Anouk Aimée en Un homme et une femme. Louie, con esa libertad para contar historias sencillas, bochornosas, tiernas y tristes, me ha hecho sentir más cosas en unos pocos episodios que otras series en temporadas enteras. En uno de los capítulos de esa primera temporada, Louie se levanta con una resaca espantosa y baja a por un café al local de la esquina, para acabar en medio de una escena surrealista con tintes pesadillescos, en medio de una jauría de hipsters que le recriminan mediante balbuceos ininteligibles. 9 horas de vuelo dan para muchas cosas. O más bien, para muchos episodios, y es que casi me terminé la segunda temporada. Según estaba viendo el episodio 9, cuando quedaba poco más de una hora para llegar a Beijing, el tipo que estaba en el asiento de atrás me llamó. -Oye, estás viendo Louie. ¿Te gusta? ¿Lo ve mucha gente en Europa? -Bueno, no sé si lo ve mucha gente. Yo lo veo, y se ha convertido en una de mis favoritas. -¿En serio? Wow, pues yo salgo en un episodio, ¿sabes? ¿Viste la escena del coffee shop? Soy uno de los hipsters.

Así comenzó una amena conversación con Cary Woodworth, un actor de Manhattan, intentando hacer carrera a caballo entre China y su país natal. Y así comenzó un viaje que acabó siendo fantástico y con el que aún sueño todas las noches.

Hoy he terminado el último capítulo de la última temporada que se ha emitido de Louie, la tercera. En este capítulo es nochevieja, y Louie se dirigía a coger un avión para reunirse con unos familiares. En el camino, un suceso trágico e inesperado hace que todo de un giro, y en vez de pasar una tediosa noche en compañía de gente con quien realmente no quiere estar, decide improvisar un viaje a Beijing. Y de pronto está allí, en medio de esa ciudad, intentando sin mucha suerte comunicarse con los locales. Quiere ir al río Yangzte, porque aparecía en un cuento que le regaló a su hija en el cual un pato vivía felizmente en su rivera, pero la imposibilidad de comunicarse hace que acabe en otro sitio completamente distinto (o quizá sí es donde debía estar, pero simplemente no es lo que esperaba), en medio de la nada, donde una humilde familia le acaba ofreciendo su comida y su hospitalidad en una emocionante escena. Y Louie en ese momento, no entiende nada, pero es feliz. Como yo fui feliz perdiéndome por los hutongs de aquella ciudad a la que quiero volver algún día.

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