Hoy caminando por un caluroso Madrid en las intempestivas horas tras la comida, pensaba en que hay sonidos que pertenecen a épocas del año, y otros que parecen transformarse dependiendo de la estación que habiten. Hay sonidos que inevitablemente asociamos al verano o a la primavera, como las cigarras, ciertas especies de pájaros, el mar (los que no vivimos en la costa) y la piscina, el viento atravesando las hojas de los árboles, los aparatos de aire acondicionado… O al otoño y al invierno, como la lluvia (en un clima mediterráneo continentalizado como tenemos en Madrid), neumáticos sobre asfalto mojado, pisadas en la nieve o sobre la hojarasca, o el crepitar de la madera en la chimenea. Luego hay otros que pese a no pertenecer a ninguna estación o estaciones concretas, suenan distinto en cada una.

Cada estación tiene sus características específicas sobre cómo se transmite el sonido en el aire en base a los parámetros de presión atmosférica, temperatura y humedad que se dan en cada lugar. La presión y las temperaturas frías hacen que las partículas estén más juntas y el sonido pueda viajar más lejos, lo que beneficia sobretodo a las frecuencias altas que son las que antes desaparecen al requerir de más energía para moverse, y al ser también reflejadas y absorbidas por las superficies debido a su corta longitud de onda. La humedad contribuye también de la misma forma, y algunos fenómenos meteorológicos del invierno, como la nieve o el hielo, reflejan el sonido haciendo que éste llegue a nosotros más puro, y de algún modo más frío. En el argot sonoro, un sonido cálido es éste que tiene principalmente frecuencias medias y graves. Un sonido frío es éste el que predominan los agudos por encima de todo. Quizá por eso en sitios con veranos calurosos y secos como tantos de España, los inviernos nos traen recuerdos de sonidos distantes, de agudos definidos, que llegan a nuestros oídos en un eco difuso.

Pero luego están los sonidos que percibimos de forma distinta por cómo vivimos en cada estación. Y es que en invierno, tendemos a estar continuamente en espacios cerrados, pero en verano, se abren puertas y ventanas y de pronto nos vemos inundados por el sonido de la vida que nos rodea, la que reside y la que transita por los alrededores de nuestras casas. Los bares dejan escapar el sonido de sus televisiones, así como las charlas de los vecinos, la música o el sexo, que reverberan por los patios interiores y en las calles de nuestras ciudades. La naturaleza del sonido de una radio que resuena a través de la ventana del edificio de enfrente y llega a nosotros recorriendo y rebotando miles de veces a través del espacio que nos separa de la fuente es única en sus características sonoras más allá del propio contenido de ese sonido, y por eso a veces son las características del sonido lo que queda asociado para siempre en nuestro cerebro a las circunstancias que nos rodeaban mientras lo escuchábamos, formando así un enlace al recuerdo. Es el sonido, no lo que suena lo que más adelante nos volverá a transportar a ese momento y a ese lugar.