Bye bye Pocoyo

Como dije a mis compañeros en mi email de despedida, si me hubieran dicho en aquel invierno de 2005 que estaría 7 años en Zinkia, no me lo hubiera creído. Mirar hacia atrás tanto tiempo y tratar de valorar en conjunto se convierte en un ejercicio de superación del vértigo. Y si hay algo evidente es que entré siendo una persona, y salí siendo otra. 

Entré con 23 años, con un módulo de sonido recién terminado y escasa experiencia en el mundo laboral, con muchas inseguridades y demasiadas cosas que demostrarme a mí mismo.

Unas semanas antes, en otoño de 2004, iba en un coche camino al funeral de mi abuelo, y recibí la llamada de uno de los profesores del módulo. Me dijo que tenía un trabajo para mí, que conocía una empresa de animación que “buscan a alguien como tú… bueno, más bien te buscan a ti”. Fue algo extraño recibir una noticia así en un día como aquél. Unos días después maqueé para la entrevista y me fui hacia el 27 de la calle Infantas con un CD de cosas que había grabado, temas míos de los últimos años y algunos experimentos. Allí me recibieron David Cantolla y el que sería mi jefe directo durante esos primeros años, mi compañero del alma Daniel Heredero. La primera planta tenía un toque señorial y la elegancia de esos pisos antiguos y lujosos de Madrid. Frescos en los techos, altísimos, grandes puertas blancas con vidrieras, suelos de madera y grandes lámparas. La segunda planta era otro mundo. Si abajo vivían los señores, arriba debían vivir los criados. Era un piso destartalado, oscuro y sin ningún encanto. Era el sitio perfecto para sentirse sin las presiones de la estructura corporativa. El departamento de sonido era el escondite perfecto, en las antípodas de la empresa. Al final de un largo pasillo que serpenteaba, justo al lado de los baños, la sala parecía más una extensión de la casa de Dani. Era lo contrario a un estudio de sonido, allí se trabajaba con un Mac, un controlador MIDI, y ya. La habitación, que antiguamente debía ser la cocina, tenía una moqueta descolorida, láminas de corcho blanco recubriendo las paredes (imagino que habría baldosines debajo), y una cabina de grabación que al final sólo se usaba para coger llamadas. Llegamos e hicimos una escucha rápida a mis temas, y mi trabajo gustó. Tenía la sensación de que no había muchos candidatos, era un perfil un tanto especial y yo encajaba muy bien, aunque como es normal, en aquel momento no tenía ni idea de si podría hacer lo que se esperaba de mí. Aunque por supuesto, cuando me preguntaron si me veía capaz de hacer música y efectos para Pocoyó, yo dije que sí con toda la tranquilidad del mundo. Me pusieron un capítulo que estaban haciendo, Who’s on the phone. Recuerdo pensar que entre el nombre y la estética parecía una serie japonesa, y me dio la sensación de ser un proyecto menos ambicioso de lo que acabó siendo. No pensaba que se convertiría en la serie por excelencia para niños en muchos países. 

Poco menos de un mes después recibía una llamada de alguien de la empresa y me dijo que había sido seleccionado, que me pasara por allí de nuevo. Volví a la oficina de la calle Infantas y charlé durante un rato con Víctor López, el CEO. Me dijo que querían que trabajara con ellos, y después hablamos de todo menos de trabajo. Aquella conversación fue clave para mí, porque me hizo sentir muy cómodo.

Los días antes de comenzar los pasé en la cama con unos mareos horribles, apenas podía moverme. Algo del oído, me dijeron. 

Zinkia fue mi primer trabajo real, en un mundo completamente desconocido para mí. Mi precedente además no era muy bueno: el tipo al que yo entraba a sustituir se había visto superado por la presión de una producción audiovisual. Ello hizo que de primeras hubiera cierta tensión alrededor de mí, e hizo que todo fuera más difícil de lo normal. Mi jefe era probablemente el tipo más divertido del universo, un absoluto genio y un músico y productor increíble. Dani era (y es) alguien muy querido dentro de la empresa, y uno de los primeros empleados, pero aprender a gestionar a personas también requiere tiempo, y unas capacidades muy específicas que no tienen nada que ver con el talento. Sentí que no tuve el beneplácito de tener padrino, y todo el mundo estaba muy ocupado como para preocuparse por mí, pero estaba determinado a superar aquello.

En general había mucha tensión acumulada, era un momento decisivo para la producción. La máquina había empezado a andar, había unos plazos de entrega y unas expectativas gigantes. Todo se estaba cociendo, el día a día era una lucha constante entre fuerzas creativas y un socio que trataba de limitar las cosas que podíamos hacer. Pocoyó quería ser una serie divertida y educativa. Las discusiones de Guillermo Carsí y Cantoya con la gente de ITV (la productora de UK con la que se había asociado Zinkia para la producción) y con los consejeros sobre educación infantil eran épicas. Pocoyó no podía subirse al pico de pato. ¡Era inaceptable! Los niños empezarían a subirse a sitios que no debían. Ese golpe está muy fuerte, ¡los niños se asustarán! Esa canción es demasiado triste, ¡se van a deprimir! Por suerte todo eso fue cambiando poco a poco, fuimos cogiendo confianza, la gente adoraba la serie, y había talento a raudales en aquellas oficinas. Si Pocoyó llegó a ser tan bueno, en parte fue por esa tensión tan grande entre las partes. Nos obligó a todos a pensar mucho en todo, a analizarlo todo, y a encontrar un camino distinto que nos convenciera y lanzarnos hacia él.

Al principio yo sólo hacía efectos de sonido y colocaba las locuciones que nos mandaban de UK. Dani hacía la música. Nunca había hecho nada parecido, y aprender qué cosas quedaban bien en cada momento fue como aprender un nuevo idioma para mí. El primer episodio me quedó fatal, no fui capaz de terminarlo. El segundo que hice, Pocoyo Dance (uno de los más decisivos de la primera temporada), lo bordé. Rompí mis propias expectativas. Desde entonces parecía que música y efectos estaban pensados a la vez, todo encajaba a la perfección y nos hicimos un gran equipo. En aquella época solíamos terminar los episodios los viernes. Teníamos una semana para cada episodio. Aquel viernes salí como si hubiera ganado una batalla importante, fue un pequeño respiro. También, en aquella época, en ITV nos pidieron que no hubiera fondo blanco, así que los vídeos tenían experimentos con fondos de color, con profundidad, arboles, etc. Pronto volvió a ser blanco. 

Para coger un poco de confianza empecé a organizar muchas cosas. Una de las funciones que asumí fue la de ordenar y clasificar todo el material. En general había un gran caos, no sólo del material, también en los procedimientos, las revisiones, etc. Yo empecé tratando de solucionar el que estaba en mi mano. También me acabé encargando de las mezclas, los cue sheets para la SGAE… Y unos meses después empecé a hacer música yo también.

Fue el primer verano que pasé en Zinkia. Hice un episodio de prueba, Where is Pocoyo? reutilizando canciones ya hechas. Después de hacer el capítulo de calentamiento, Dani se fue de vacaciones y me quedé yo al cargo de todo, haciendo capítulos enteros por mi cuenta. Estaba muy nervioso, sentía que era mucha responsabilidad y si algo no me salía iba a ser un problema grave, pero estar solo me vino muy bien. En aquel momento teníamos una TV con una antena y tratábamos de sintonizar algún canal. Cuando llegaba por las mañanas, me ponía Doraemon de fondo para relajarme. Sí, éramos capaces de hacer música con la tele de fondo. En aquellos días hice Elly Spots, el capítulo en el que Elly se pone enferma, y A Surprise for Pocoyo. Ambos quedaron muy bien, y me hicieron sentir mucho más seguro. No solo quedaron bien si no que los acabé con tiempo de sobra. A partir de ahí nos empezaron a asignar un capítulo a cada uno, y eso significa que pasamos a hacer dos episodios por semana, el doble que antes.

Durante esos meses se hicieron algunos episodios increíbles. Cada uno intentábamos hacer los mejores capítulos, y luego disfrutábamos de lo lindo viendo los que había hecho el otro. Siempre decíamos que nos gustaban más los del otro y era sincero. A mí siempre me gustaron más los de Dani, para mí él siempre será el genio. Al principio la música iba a ser más electrónica y sencilla, con una presencia a la par con el minimalismo visual, más influenciada por el techno minimal. Dani siempre dice que yo traje mucho pop a la serie, pero lo que vimos es que como tándem éramos imparables. Pronto empezamos a hacer juntos trabajos como freelancers e incluso hicimos remezclas para grupos que conocíamos. 

Mientras tanto, en Zinkia salieron episodios como Twinkle Twinkle, que era una maravilla visual, pero la música fue lo que elevó el capítulo a obra de arte. Nos dejaban libertad para hacer lo que quisiéramos. En capítulos puntuales el director, fuera Guillermo o Alfonso Rodríguez, que empezó después a dirigir también, tenía comentarios específicos para momentos puntuales en que nos pedía algo concreto. El resto de las veces, nos explicaba la intención narrativa, y a partir de ahí hacíamos las cosas a nuestro modo. Siempre intentábamos meter parodias de películas conocidas. En Up Up And Away metimos la parodia de 2001: A Space Odyssey. En Keep Going Pocoyo metimos Chariots of fire como se había usado en las olimpiadas, pero con mucha sorna. En Fuzzy Duck metimos la obligatoria parodia a The Matrix, y también un guiño a Psicosis. Y así, siempre buscábamos esa complicidad con el mundo adulto, y también lo hacíamos porque nos divertía. Nos llegaban comentarios de gente mayor que le encantaba la serie por eso. Había algunos que nos decían que siempre lo veían fumando hierba. Esas cosas nos gustaban. En Jugglin Balls la parodia se convirtió en el elemento central: el capítulo entero era una broma sobre Karate Kid

Por esa independencia creativa que teníamos, y por otras cosas, nos hacía gracia decir que éramos la República Independiente de Sonido. Intentábamos vivir aparte. Nos organizábamos y hacíamos todo a nuestro aire. Para el resto de la empresa éramos los raros, los alegres, los que nos reíamos a carcajadas por los pasillos, los rebeldes, los de los tatuajes… los músicos, los renegados. Y sin embargo éramos un pilar creativo dentro de la empresa y una máquina muy bien engrasada. Cuando nos aburríamos sembrábamos el terror. Solíamos grabarnos vídeos haciendo el idiota. Nos inventábamos personajes, como uno que teníamos que era el típico niño que se inventa las cosas pero no sabe de nada. Cada personaje tenía su voz propia. El que más duró era el más minimalista. Había uno que simplemente llamaba a su madre que debía estar en otro punto de la casa. “¡Mamá!” se escuchó por los pasillos de Zinkia hasta el día que me marché. Era un meme absoluto, que de tanto repetirlo era oírlo (o decirlo) y en algún rincón de la planta se escuchaba una risilla desesperada. Incluso lo empezó a hacer más gente.

Una tarde acabamos llorando de la risa inventándonos nombres de grupos combinando nombres de grupos reales de la España de los 80, como Tam Tam del Silencio. Otras tardes cantábamos flamenquito encima de canciones como Moments In Love de Art Of Noise. Con el tiempo mucha gente nos vino a agradecer que hacíamos mejor el ambiente de la empresa. Muchas veces escuchamos “si no fuera por vosotros esto sería mucho más triste”.

Cuando entré en Zinkia también se hacían otras cosas que no eran de Pocoyó. Había un departamento programando juegos para móviles. Hablamos de 2005, quedaban dos años para que saliera el iPhone y la gente jugaba a juegos muy básicos en sus Nokia 3210. Este departamento después se reconvirtió e hizo juegos de consolas durante un tiempo. También había otro departamento llamado ZNK DOJO que hacían motion graphics que llevaban después a festivales. En aquella época la empresa aún trataba de buscar su identidad y hacía cosas como esas a ver qué salía por ahí. ZNK DOJO duró poco como departamento ya que la producción acabó por absorberlo todo, pero aún se aprovechó algún momento tranquilo para hacer algún vídeo más. Las dos personas que trabajaron en ese departamento (Tomás Peña y Hugo Basism), terminaron siendo auténticos cracks del diseño y del motion, una disciplina cada vez más presente en publicidad, internet, etc. 

Cuando estábamos terminando la primera temporada de Pocoyó, entró otra persona en postproducción, Giu Camblor. Giu y yo trabajábamos muy bien juntos y nos convertimos en grandes amigos. Esto también fue muy positivo porque Giu era el hombre para todo. Hacía realización, grafismo, algo de animación, 3D, y dirigía. Le dieron libertad para hacer muchas cosas a su aire, y trabajando tan cerca con él pudimos hacer algunas piezas  geniales que de otro modo hubieran sido imposibles. Giuseppe significó un nuevo perfil que nos abría muchas posibilidades por sus capacidades y porque trabajaba mano a mano con sonido. Para mí, supuso también encontrar el mayor apoyo emocional que tuve nunca dentro de la empresa y uno de mis mejores amigos.

En esa época la serie empezó a cosechar premios, alguno por la música, como el que nos dieron de El Chupete. Pero hubo dos que nos dieron mucha tracción: el de Annecy, y el BAFTA. La serie se hizo enorme en UK, y la fiebre se contagió en más y más países. A la vez, intentábamos sin éxito que la emitieran en España, hasta que finalmente se llegó a un acuerdo bajo unas condiciones durísimas con TVE. Fue otro momento clave, porque por fin empezamos a sentir que se valoraba mucho lo que hacíamos en nuestro propio país. Desde entonces yo empecé a ser presentado en mis círculos como “el que hace la música de Pocoyó”.

La segunda temporada de Pocoyó transcurrió sin problemas, el equipo estaba perfectamente engrasado y todos sentimos que habíamos superado a la primera temporada en muchas cosas. Aparte de hacer mis episodios, yo había asumido casi todas las tareas de gestión y dejaba a Dani hacer lo que más le gustaba. Le veía mucho más feliz. No solo consolidamos todo lo que aprendimos con la primera, si no que además las incorporaciones nuevas habían aportado cosas que hacían que todo tuviera otra vuelta de tuerca. Llegamos a sitios a los que no esperábamos llegar al principio. Cuando terminamos la temporada todos estábamos muy contentos siendo compañeros. Fue un momento también de retrospección. Hablamos mucho de las cosas que habían fallado los meses anteriores y yo me sentí muy valorado por todo lo que había hecho. Habían pasado tres años desde que entré en la empresa.

Justo cuando nosotros estábamos en nuestro mejor momento, hubo un terremoto en Zinkia. En 2008, los que habían sido nuestros jefes, los que fundaron la empresa y creado Pocoyó, se marcharon. Había diferencias con uno de los socios, el que tenía más parte de la empresa, y después de un tiempo de zancadillas, decidieron marcharse. Desde entonces nada fue lo mismo. Algunas cosas fueron a mejor, se hicieron cambios en la empresa para que estuviera todo más ordenado, se intentaron arreglar muchas cosas de producción y realmente conseguimos un sitio donde se trabajaba a gusto. Otras cosas fueron a peor, pero sobre todo, algo se perdió del todo: esa chispa aventurera que tenía la empresa al principio. A los trabajadores nos lo vendieron como que era una maniobra necesaria que serviría para salvar a Zinkia, pero todos nos quedamos con una sensación de inseguridad. Hasta ese momento ni siquiera sentíamos que algo iba mal, al contrario, pensábamos que había bonanza, que todo iba bien. La inseguridad se instaló a sus anchas, vimos como algunos puestos importantes de la empresa los desempeñaban personas sin la preparación que requería la situación, vimos luchas de egos, falta de comunicación, gente que entraba y salía… Se nos hicieron muchas promesas que no se cumplieron y el desánimo afloró. También fue la época en donde Zinkia salió a bolsa. Comenzamos a leer artículos muy negativos sobre todo aquello y las acciones bajaron mucho al principio. Todo eso nos afectaba. 

Nosotros intentábamos buscar la estabilidad mental haciendo lo que mejor sabíamos hacer, pero la negatividad se hizo fuerte. En sonido seguíamos siendo un refugio, y eso nos salvó en parte. Aunque hubo algo contra lo que no podíamos luchar y nos hizo pasar un muy mal rato. Después de la segunda temporada de Pocoyó pasamos casi un año de escasísima actividad, y eso hizo estragos en todos nosotros. Todo iba paralelo a la creciente crisis internacional. Todo se centró en la explotación de Pocoyó, y en buscar financiación para una nueva temporada. El resto de proyectos se aplazaron indefinidamente justo en un momento en que necesitábamos hacer cosas nuevas.

Después de ese año fatídico, recuperamos la actividad con una producción en serio, Let’s Go Pocoyo!, que en principio era un curso de inglés. Fue concebido para verlo en su idioma original en cualquier lado, y estaba pensado para que los niños se fueran quedando con vocabulario. Los guiones, más sencillos que los de la serie normal, se crearon en torno a áreas de aprendizaje y grupos de palabras. Pero había dos grandes novedades. En medio de los episodios habría dos departamentos, distintos visualmente, que servirían para reforzar el aprendizaje. La otra novedad sería que al final de cada episodio habría una canción cantada, que tendría una letra que explicaría en la medida de lo posible, y repetiría, las palabras importantes del episodio. Unos meses antes habíamos hecho un piloto dirigido por Giuseppe. El piloto de LGP era hilarante, sobre todo la canción final, que encantó a todo el mundo, así que ahora era el momento de llevarlo a producción en serio. 

El reto estaba servido, teníamos que hacer 52 canciones distintas, con letra, para Let’s Go Pocoyo!. Cada canción iría sobre una cosa. Habría canciones sobre el reciclaje, sobre los objetos que hay en un salón, sobre los supermercados, el desayuno… Nos juntábamos cada viernes, yo con la guitarra o el bajo y Dani con el teclado, y nos poníamos a improvisar cosas a ver qué salía. Después comentábamos con Giu para ver si le encajaba la idea de la canción con el planteamiento visual que aplicarían al videoclip que iría con la música, y listo. Trabajábamos codo con codo con la imagen, pero la música mandaba por primera vez en la serie. Nos impusimos una premisa: tenía que salir cada canción en una tarde o una mañana, aunque luego teníamos algo más de tiempo para arreglarla del todo. Nos gustaba llevar las cosas al extremo y a veces nos poníamos a trabajar a las 5 de la tarde del viernes en la canción que tocara. Había viernes que nos tocaba hacer dos canciones, y nos las ventilábamos lo más rápido posible. Trabajando así, conseguimos unos resultados increíbles. Nos salieron canciones muy divertidas, frescas y bonitas. Yo hacía las letras y las cantaba en las demos, y al principio me costaba un poco escribir con unas palabras dadas, pero en cuanto le cogí el truco salían solas. Después, cada entrega de 13 episodios, íbamos a un estudio de grabación y las grabábamos con Garrett Wall, que tiene una voz increíble. También grabábamos a niños que a veces improvisaban coros y se quedaban tal cual en las canciones. El resultado nos encantó y en conjunto, las 52 canciones de Let’s Go son una de las cosas de las que estamos más orgullosos porque nos permitieron hacer de todo. Las convertimos en un subproducto dentro de la serie, hicimos en secreto una especie de enciclopedia musical. Tocamos casi todos los estilos, country, reggae, rock&roll, punk, disco, funk, rap old school, electrónica al más puro estilo Kraftwerk, easy listening… 52 canciones dan para mucho. Al principio también nos tocó pelear un poco con producción ejecutiva porque les parecían muy adultas y muy poco Pocoyó. Para variar, nos acabamos saliendo con la nuestra y el resultado está ahí. Tengo la sensación que ha pasado un poco desapercibido pero eso no quita que estemos orgullosos de él igualmente.

Después de terminar Let’s Go Pocoyo!,  pasaron otros meses con poca actividad. Nos dijeron que estaban negociando las condiciones para otra nueva temporada y se estaban encontrando muchas dificultades. Finalmente, en el pasado mes de abril, un viernes cualquiera a eso del medio día, se nos citó a los trabajadores para una reunión importante en la planta baja de la empresa. Automáticamente todos pensamos que sería para algo malo. Era muy repentino, nadie tenía ni idea sobre qué podría ir. Sin muchos preámbulos se nos dijo que la cosa estaba muy complicada y que no habían conseguido financiación para empezar la nueva temporada. La crisis les forzaba a hacer un E.R.E. y despedir a más de un tercio de la plantilla, la mayoría de dentro de la producción de Pocoyó. Se nos dijo que si conseguían financiación en unos meses intentarían contratar de nuevo a los que quisieran volver. A continuación sacaron una lista y comenzaron a leer los nombres de los afectados. Recuerdo que un compañero estaba de pie y se sentó nada más oír las noticias. Otros se tapaban la boca con la mano. Se oía a compañeras llorar justo detrás de mí. Mi nombre estaba en la lista, pero al escucharlo no sentí ninguna emoción. Era el momento de cambiar. La vida seguía y estaba muy orgulloso de todo lo que había hecho allí, me fui como un triunfador y tenía ganas de nuevos retos. Aún quedaba por delante la negociación del E.R.E., pero eso ya es otra historia.

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Nahúm García