Tinder y el patetismo

Tinder, como cualquier red social de los últimos años, nació con una idea muy sencilla: era una app para ligar donde la base de todo era un simple pasar de tarjetas con fotos de usuario para decir si “yay” or “nay” a cada una. La idea en sí no era novedosa, páginas como Hot or not que surgieron en el año 2000 ya se basaban en una simple valoración del atractivo de los usuarios en base a sus fotos, y rápidamente vieron un filón de negocio en la posibilidad de añadir un sistema de “matchmaking” de pago (Wikipedia lo traduce al español como casamentera y ahora solo quiero usar esa palabra en en el entorno tecnológico en vez de “app de citas”).

Tinder fue una de esas niñas bonitas de Silicon Valley: una propuesta de valor clara, un uso interesante de la tecnología GPS, una interacción molona (aunque el swipe no estuvo desde el inicio) y sólo en móvil. Lanzada en 2012, fue un hit, y la primera app de citas que se volvió mainstream. Antes de Tinder, el mundo de las citas estaba dominado por Match.com y sus filiales (siendo OK Cupid la más innovadora en el momento), aunque Badoo, surgida en 2007, ya estaba re definiendo el juego con una oferta freemium potente, y una comunicación descarada. También haciendo cosas poco éticas por el camino pero eso es otra historia. Tinder, por su lado, acabó formando parte del grupo que controlaba ya Match, Meetic y OK Cupid: Match Group. Los usuarios que usaban estas redes sociales antes de la llegada de Tinder, principalmente buscaban pareja, o al menos esa era la premisa inicial tanto en el contenido de las comunicaciones publicitarias como en el tipo de funcionalidades que se desarrollaban. Tinder, sin embargo, triunfó por lo casual de la propuesta, por un diseño 100% móvil, y por una comunicación mucho más desenfadada y sexualizada. Mientras las apps de encontrar pareja aún estaban rodeadas del halo de la agencia matrimonial del pasado, de ser una cosa seria o para gente solitaria, Tinder era fresca y encajaba en el nuevo mundo del social media e Instagram. Además el sistema de emparejado se aseguraba que la gente hablaba solo con personas con las que en principio había interés mutuo, algo novedoso entonces.

Tinder hoy en día me parece un caso de estudio interesante por varios motivos. El primero es el interfaz, y en este sentido le pasa algo parecido a Instagram. Una interfaz extremadamente sencilla fue parte de su éxito, pero las plataformas necesitan cambiar para evolucionar y monetizar. Y así, llegaron los súper likes, los rewinds, los top profiles etc. Más funciones por las que cobrar, más formas de interacción con las tarjetas, y obviamente más complejidad. Añadieron conexión con Instagram, con Spotify... y poco a poco el paradigma de las tarjetas que inicialmente era una de las decisiones de diseño más importantes hizo que tuvieran que tomar decisiones muy creativas para incorporar las nuevas funciones manteniendo la sencillez en el funcionamiento. Si lo consiguieron o no, supongo que habrá opiniones variadas pero en mi opinión, han caído en una de las cosas que más me ha dado que pensar estos años: la forma de solucionar los problemas es seguramente perfectamente coherente desde un punto de vista de diseño, pero en el uso en el mundo real, hace la experiencia inconveniente. Porque al usuario le importa un pimiento la coherencia si para ver una foto que me estás mostrando en minuatura tengo que hacer dos taps: uno para ver el perfil, al que se accede pulsando en la parte inferior de la tarjeta, y otro para ver ese contenido en grande. Además, tener swipe a izquierda, derecha, y arriba, a veces produce super likes sin querer, y la app da la sensación de que se basa demasiado en gestos y que un movimiento en falso puede generar una interacción no deseada.

El segundo de los temas que me interesan de la plataforma tiene que ver con el título del post. Hoy en día, y con el nivel de popularidad que ha cogido la plataforma, la sencillez que fue parte del éxito, ¿sirve a los usuarios o les perjudica? Al final, Tinder es básicamente un torrente aparentemente infinito de gente para que el usuario diga si le gustan o no, uno a uno. Y lo es de un modo tan brutalmente básico que aquí viene uno de los primeros problemas que veo.

Tinder no permite filtrar mínimamente los resultados, más allá de decir si le interesan hombres o mujeres, y de poder definir un área en km alrededor del usuario. De este modo se genera una sensación artificial de abundancia que engancha, propiciando la sensación de juego y pervirtiendo el propio objetivo de la app. Esto es algo que se reflejó muy bien en episodio de la serie de Netflix Hot Girls Wanted dedicado a Tinder. Cuando los usuarios tienen la percepción de que los posibles ligues no se acaban, ¿por qué van a dedicar tiempo a las personas que van conociendo? La sencillez de la plataforma manipula la percepción para que sigan usándola. Quizás haya alguien mejor esperando en la siguiente tarjeta. Se propicia la ansiedad de la adicción y los intercambios entre las personas que se conocen a través del servicio se vuelven más superficiales, de consumo rápido. El ghosting ya existía antes de Tinder, pero éste enseñó a la masa lo que significaba el término.
Además, esa falta de funciones de filtrado, aumenta las interacciones fallidas entre los usuarios. Estos tienen que hablar con más gente para ver si conectan, para ver si buscan lo mismo, y el ritmo que impone la plataforma y el tipo de conexiones que se generan llevan en muchos casos a la frustración. Esto se ve claramente en los textos que muchos usuarios añaden a sus perfiles, que se quejan de la gente que han conocido y suplican por encontrar gente afín culpando a la gente en vez de a la plataforma que les acoge de una manera tan brutal, y esto tiene relación también con el segundo problema que comentaré más adelante.

Cómo el diseño de la plataforma influye a los usuarios se ve también en el caso de Twitter, donde por su diseño se propicia que las reacciones de odio se extiendan fácilmente. Tener este aspecto de la humanidad tan terrible tan a la vista hace que muchos usuarios dejen de usar la red social por salud mental. En el lado opuesto tenemos redes sociales que mediante algoritmos crean el efecto contrario, el de estar en una cámara de eco donde aparentemente uno vive en un pequeño mundo que refleja y amplifica la propia forma de ver las cosas, lo que también tiene sus peligros como la radicalización de las posturas políticas, desinformación, desconexión con el mundo real, etc. Hasta donde yo sé, Tinder también tiene un algoritmo, pero desconozco el funcionamiento y por lo que he leído, se basta en una medición del nivel de atractivo de los usuarios.

Y es que si vas a diseñar cualquier tipo de sistema donde interactúan personas, has de pensar en cómo van a ser estas interacciones y diseñar en consecuencia. Hace unos años fue muy conocido el caso de un juego maravilloso de Thatgamecompany llamado Journey. Journey, que no incluye prácticamente ningún tipo de indicación de cómo se juega ni qué hay que hacer, hizo del descubrimiento de unas mecánicas sencillas y una historia contada con imágenes un hito de la historia de los videojuegos. Es una experiencia sensorial preciosista y emocionante con una sensibilidad tremenda. Y uno de los ingredientes del juego era un modo online muy peculiar. Durante el viaje te encontrabas con otros jugadores, y podías interactuar mínimamente con ellos, mediante gestos. Nada más, la idea era descubrir juntos el camino. Una interacción tan sencilla que eliminaba cualquier tipo de negatividad y aumentaba el sentimiento de hermandad entre los jugadores. Una tontería, en apariencia, pero los usuarios tienen la sensación de que el mundo quizás no está tan mal.

Alguien dibujó esta viñeta que me encanta y con la que me identifico tras haber jugado el juego varias veces:

En Tinder el problema es el inverso, nunca pusieron los medios para reducir la fricción intrínseca al problema que quieren resolver, ni tampoco pusieron las herramientas para que los usuarios pudieran crearse un perfil que les defina mínimamente. Y este es otro de los problemas que veo, que se acompaña muy poco a los usuarios a la hora de crear sus perfiles, quedando estos sin contenido apenas, con textos demasiado iguales los unos de los otros que no dicen nada de la persona, o relegando la bio al lugar donde se quejan de las experiencias vividas y escribiendo una especie de carta a los reyes magos de lo que quieren que sea su próximo match. Esto al final genera una sensación de, como dice la letra del tango de Discépolo, que todos los usuarios están “en el mismo lodo, todos manoseaos”, en un lugar donde al final triunfan los que saben adaptarse a las reglas del juego en una competición desequilibrada, donde los que son más carismáticos o tienen un fotógrafo mejor tienen más posibilidades de triunfar, creando indirectamente una red social elitista y frustrante para una gran cantidad de sus usuarios, una frustración que como decía antes, se acaba filtrando en sus biografías. Los paralelismos con el liberalismo económico ya mejor en otro post que me desvío demasiado.

Y no es que estos problemas de la plataforma no tengan soluciones definidas y puestas en práctica por otras plataformas hace años. El problema de los perfiles, por ejemplo, Couchsurfing o ahora Bumble lo solucionan muy bien, ya que introducen una serie de preguntas que estandarizan y reducen la tensión que supone hablar de uno mismo en un espacio web público o semi público. Y el filtrado, como comentaba antes, es algo que también ha estado ahí desde hace mucho en las plataformas anteriores a Tinder. OK Cupid propone multitud de tests a los usuarios que permiten que el algoritmo recomiende a otros usuarios en en base a un porcentaje de compatibilidad. Y por encima de esto, el usuario además puede filtrar por varias características y reducir el número de resultados a unos pocos relevantes. Bumble permite poner qué es lo que están buscando los usuarios, algo casual, una relación, o incluso "no sé aún". Y separa directamente los que buscan amistad de los que buscan citas.

¿Por qué Tinder no cambia estos problemas? Por lo que comentaba antes, porque no le interesa, porque esa sencillez aparentemente inocente mantiene a los usuarios enganchados a su plataforma con su torrente infinito de gente. Y en un mundo cada vez más consciente del daño que pueden suponer los servicios que se aprovechan de la adicción para generar beneficio, quizá deberíamos plantearnos más en serio si queremos volver a usar una red que nos hace sentir patéticos en el sentido más absoluto de la palabra.