El mirador de La Cornisa
Un incidente que convirtió un rincón de Madrid en algo más bello
Hace algo más de un año, en marzo de 2012, tomé esta foto con mi cámara, un día cualquiera que salía de Zinkia, poco antes de que comenzara el E.R.E.

Lo que se ve es la cara oeste de la Dalieda de San Francisco, ese extravagante e innecesario jardín temático junto a la Basílica de San Francisco el Grande, que pasa casi medio año sin sus características Dalias. Esa cara oeste tiene un mirador donde se puede disfrutar de uno de los mejores atardeceres de Madrid, aunque lo cierto es que tanto el mirador como el Parque de la Cornisa en general no son muy conocidos. Lo que tiene de especial esa foto es lo que no está, y es que poco antes habían quitado la valla que delimitaba la dalieda, separándola del parque, a la que está unida por un pequeño terraplén. Quitar esa valla convirtió el mirador en algo mucho más cómodo, ya que la gente se podía sentar. Parece un pequeño cambio, pero el sitio se convirtió en otra cosa muy distinta. Invitaba a quedarse, a pasar el rato. Gracias a eso, tal día como hoy hace unas semanas era muy normal encontrarse con esta escena tan agradable.

Incluso llegué a ver gente vendiendo latas de cerveza. Era oficial, el lugar se había hecho popular, y no era de extrañar. El ambiente era inmejorable. Yo solía bajar frecuentemente entre semana para despedir el día, con un libro, o escuchando algo de música. Era fantástico, pero era una anomalía. No dejaba de pensar “es tan bueno que no parece Madrid”. Y es que aunque recientemente se han hecho dos cosas que a veces me cuesta creer que existan, Madrid Río y el Matadero, los que vivimos en esta ciudad...
Adiós Jerez
Dos años de calles estrechas, amontillado y atardeceres cerca de Sanlúcar
El sábado dijimos adiós a Jerez. A sus calles estrechas y sus plazas como pequeños oasis. Dijimos adiós a los tabancos, a sus amontillados y olorosos, al Pedro Ximénez, al cream y a la morenita. Adiós a los cantaores que van recorriendo las terrazas enseñando dentaduras de marcadas ausencias, adiós a los palacetes abandonados, a las calles olvidadas, a las calles con olor a bodega y a pescado frito. Adiós a la ciudad que vive esperando la Semana Santa, a la Semana del Caballo que nunca llegué a vivir, al rebujito, al mosto donde probé el ajo campero, y a pagar por un plato de rabo de toro lo que pago en Madrid por una tercio de Alhambra. A las tortillas de camarones, a las papas aliñadas y a las puestas de sol en Sanlúcar con sus carreras de caballos en la playa. Adiós a la terraza del Chancillería, al Damajuana, a la misteriosa Cruz Blanca que no es como las demás, al Albalá, al Mesón El Asador, a los desayunos en El Cachón incluso cuando no les queda zumo de naranja. Adiós a buscar dónde se mete la gente un sábado por la noche, aunque creo que al final lo averiguamos. A la virgen a la que le dejan prótesis ortopédicas, a las caceroladas frente al ayuntamiento. Adiós también, a los viajes a Cádiz en coche, a la salida 666, y a todas esas playas a las que íbamos en cuanto asomaba el sol; a las tardes leyendo cualquier cosa en Sancti Petri (el viejo y el “novo”), a dudar de si bañarnos o no, y que al final sea que sí. A esperar olas que nunca llegan. Adiós a proponer siempre volver a jugar a los bolos en el centro comercial y no hacerlo nunca. Adiós a la estabilidad del tren, a los viajes que no hacen que te aumente la presión arterial. A los que vivían felices allí y a los que se querían ir, a los de fuera y a los locales.
Adiós y gracias por ser mi segunda casa durante estos dos años.
El camino más corto
A veces, el camino más largo se hace más corto si es más agradable
A veces el camino más corto entre dos puntos no es aquel que implica menos tiempo de desplazamiento, especialmente cuando hablamos de trayectos repetitivos. Cuando me cambio de casa o de trabajo, paso muchas semanas investigando y experimentando las distintas posibilidades para llegar a mi destino rutinario. De hecho, intento tener varias opciones aceptables para poder elgir en base a mi estado de ánimo, el tiempo meteorológico, u otras circunstancias externas como la necesidad de transportar instrumentos.
Suelo acabar con tres posibilidades finales. El camino más cómodo, el más rápido, y el más activo/económico.
El camino más cómodo.
Este es para mí realmente el más corto, porque se siente más corto. Y es así porque me permite concentrarme en hacer cosas por el camino, sea leer, ponerme al día con internet, o simplemente mirar al infinito y divagar sin distracciones. A veces incluso hacer cosas como escribir esta entrada. El hecho de poder concentrarme en algo hace que pase el tiempo sin enterarme apenas, aunque a veces la duración del trayecto pueda ser de hasta un 40% más que la versión rápida. Suele ser en autobús, donde hasta ahora siempre he encontrado comodidad, cercanía con las paradas, y efectividad en la distribución de las líneas en Madrid. Además, desde hace unos años, la aplicación para móvil de la EMT te permite salir de casa con previsión y no tener que esperar más de la cuenta en la parada. El autobús me permite disfrutar más de la visión de la ciudad cada día, y de la luz natural. De algún modo, se ha convertido en mi transporte público fetiche.
El camino más rápido
Curiosamente, suele ser el que menos utilizo. Generalmente es en metro, lo que hasta ahora en mi caso ha significado andar más hacia la estación, desde la estación,...
Clint y la Funeral Band
Bye bye Pocoyo
Siete años trabajando en Zinkia, la creación de un icono de la animación infantil
Como dije a mis compañeros en mi email de despedida, si me hubieran dicho en aquel invierno de 2005 que estaría 7 años en Zinkia, no me lo hubiera creído. Mirar hacia atrás tanto tiempo y tratar de valorar en conjunto se convierte en un ejercicio de superación del vértigo. Y si hay algo evidente es que entré siendo una persona, y salí siendo otra.
Entré con 23 años, con un módulo de sonido recién terminado y escasa experiencia en el mundo laboral, con muchas inseguridades y demasiadas cosas que demostrarme a mí mismo.
Unas semanas antes, en otoño de 2004, iba en un coche camino al funeral de mi abuelo, y recibí la llamada de uno de los profesores del módulo. Me dijo que tenía un trabajo para mí, que conocía una empresa de animación que “buscan a alguien como tú… bueno, más bien te buscan a ti”. Fue algo extraño recibir una noticia así en un día como aquél. Unos días después maqueé para la entrevista y me fui hacia el 27 de la calle Infantas con un CD de cosas que había grabado, temas míos de los últimos años y algunos experimentos. Allí me recibieron David Cantolla y el que sería mi jefe directo durante esos primeros años, mi compañero del alma Daniel Heredero. La primera planta tenía un toque señorial y la elegancia de esos pisos antiguos y lujosos de Madrid. Frescos en los techos, altísimos, grandes puertas blancas con vidrieras, suelos de madera y grandes lámparas. La segunda planta era otro mundo. Si abajo vivían los señores, arriba debían vivir los criados. Era un piso destartalado, oscuro y sin ningún encanto. Era el sitio perfecto para sentirse sin las presiones de la estructura corporativa. El departamento de sonido era el escondite perfecto, en las antípodas...
Tres años en Havalina
La reinvención de una banda increíble

En 2006 empecé a tocar el bajo como interino en Havalina Blu, cuando aún la banda era un cuarteto compuesto por Manuel Cabezalí, Charlie Bautista, Javier Couceiro y Sara Iglesias. Les conocía desde hacía tiempo, porque tenían mucha relación con una vieja compañera de mis estudios de sonido en el Puerta Bonita, y ella siempre me hablaba maravillas de ellos. Así que en cuanto tuve oportunidad fui a verles. Tocaron en el Café La palma en 2004, presentando su primer disco auto editado y salí entusiasmado del concierto. Les vi otra vez en 2006 en la desaparecida sala Chesterfield Café, presentando A Woman or Two, el primer disco que sacaban con Junk y, aunque aún no lo sabíamos, el cierre de una etapa. Ese concierto fue muy especial para mí, porque me devolvió las ganas de tocar en una banda. Para Havalina Blu también fue especial: de camino tuvieron un accidente absurdo que dejó el coche siniestro total y se las vieron negras para llegar a la sala con el equipo a cuestas. Ellos habían escuchado grabaciones mías también a través de mi compañera, y creo que de alguna forma nos buscábamos mutuamente para hacer algo juntos. Así que un día, Manuel me dijo que les gustaría contar conmigo para servirles de apoyo en los directos, metiendo guitarras acústicas, teclados, percusiones… lo que surgiera. Yo ya había dicho que sí a todo, pero al poco tiempo me dijo que Sara, su bajista, iba a estar fuera varios meses y me pidió que la sustituyera durante ese tiempo. Así comencé a tocar el bajo con ellos. Ya había sido bajista anteriormente y el bajo es un instrumento que me llena de felicidad tocar. Con Havalina especialmente, me sentía como un niño...