Adiós Jerez
El sábado dijimos adiós a Jerez. A sus calles estrechas y sus plazas como pequeños oasis. Dijimos adiós a los tabancos, a sus amontillados y olorosos, al Pedro Ximénez, al cream y a la morenita. Adiós a los cantaores que van recorriendo las terrazas enseñando dentaduras de marcadas ausencias, adiós a los palacetes abandonados, a las calles olvidadas, a las calles con olor a bodega y a pescado frito. Adiós a la ciudad que vive esperando la Semana Santa, a la Semana del Caballo que nunca llegué a vivir, al rebujito, al mosto donde probé el ajo campero, y a pagar por un plato de rabo de toro lo que pago en Madrid por una tercio de Alhambra. A las tortillas de camarones, a las papas aliñadas y a las puestas de sol en Sanlúcar con sus carreras de caballos en la playa. Adiós a la terraza del Chancillería, al Damajuana, a la misteriosa Cruz Blanca que no es como las demás, al Albalá, al Mesón El Asador, a los desayunos en El Cachón incluso cuando no les queda zumo de naranja. Adiós a buscar dónde se mete la gente un sábado por la noche, aunque creo que al final lo averiguamos. A la virgen a la que le dejan prótesis ortopédicas, a las caceroladas frente al ayuntamiento. Adiós también, a los viajes a Cádiz en coche, a la salida 666, y a todas esas playas a las que íbamos en cuanto asomaba el sol; a las tardes leyendo cualquier cosa en Sancti Petri (el viejo y el “novo”), a dudar de si bañarnos o no, y que al final sea que sí. A esperar olas que nunca llegan. Adiós a proponer siempre volver a jugar a los bolos en el centro comercial y no hacerlo nunca. Adiós a la estabilidad del tren, a los viajes que no hacen que te aumente la presión arterial. A los que vivían felices allí y a los que se querían ir, a los de fuera y a los locales.
Adiós y gracias por ser mi segunda casa durante estos dos años.
El camino más corto
A veces el camino más corto entre dos puntos no es aquel que implica menos tiempo de desplazamiento, especialmente cuando hablamos de trayectos repetitivos. Cuando me cambio de casa o de trabajo, paso muchas semanas investigando y experimentando las distintas posibilidades para llegar a mi destino rutinario. De hecho, intento tener varias opciones aceptables para poder elgir en base a mi estado de ánimo, el tiempo meteorológico, u otras circunstancias externas como la necesidad de transportar instrumentos.
Suelo acabar con tres posibilidades finales. El camino más cómodo, el más rápido, y el más activo/económico.
El camino más cómodo.
Este es para mí realmente el más corto, porque se siente más corto. Y es así porque me permite concentrarme en hacer cosas por el camino, sea leer, ponerme al día con internet, o simplemente mirar al infinito y divagar sin distracciones. A veces incluso hacer cosas como escribir esta entrada. El hecho de poder concentrarme en algo hace que pase el tiempo sin enterarme apenas, aunque a veces la duración del trayecto pueda ser de hasta un 40% más que la versión rápida. Suele ser en autobús, donde hasta ahora siempre he encontrado comodidad, cercanía con las paradas, y efectividad en la distribución de las líneas en Madrid. Además, desde hace unos años, la aplicación para móvil de la EMT te permite salir de casa con previsión y no tener que esperar más de la cuenta en la parada. El autobús me permite disfrutar más de la visión de la ciudad cada día, y de la luz natural. De algún modo, se ha convertido en mi transporte público fetiche.
El camino más rápido
Curiosamente, suele ser el que menos utilizo. Generalmente es en metro, lo que hasta ahora en mi caso ha significado andar más hacia la estación, desde la estación, y dentro de los largos túneles de transbordos. El metro siempre significa estar más alerta, es más fácil pasarse de parada que en el autobús, donde los giros y el entorno hacen más fácil ubicarse incluso sin mirar apenas por la ventana. En el metro siempre me cuesta mucho más concentrarme en hacer otras cosas y aprovechar el desplazamiento.
El camino más económico
Como no podría ser de otra forma, este siempre es en bicicleta o si es posible, andando. Mucha gente aún piensa que Madrid no es una ciudad para las bicis, y en parte tienen razón sobre todo por las cuestas y el tráfico, pero aún así con un poco de estudio del trayecto a cubrir, no sólo es posible sino muy recomendable disfrutarla usando este transporte. Te hace experimentar la ciudad de un modo completamente distinto. Durante mucho tiempo he ido al trabajo a diario en bici y es fantástico. En los meses de buen tiempo suele ser mi primera opción. La vitalidad con la que llegas a tu destino, y la mejora general del bienestar diario es remarcable. Sin embargo, suele ser la última de las posibilidades que exploro porque depende de la distancia y las zonas a cruzar puede ser más aventura y, definitivamente, hay que cogerlo con ganas si se trata de un trayecto de varios kilómetros. Como cualquier actividad física, tiene un periodo de adaptación. Además, en temporadas voy varios días a la semana con la guitarra o el bajo encima, haciendo coger la bici algo más complicado o directamente inviable.
Al final, lo que saco sobre este pequeño resumen sobre mi proceso para elegir el trayecto que utilizo todos los días es que para mí es importante poder aprovecharlo haciendo cosas, o que el trayecto en sí me reporte algo, como en el caso de la bicicleta, pero sobre todo remarcar las ventajas de tener varias opciones y evitar la monotonía.
Clint y la Funeral Band

Bye bye Pocoyo
Tres años en Havalina
Malasaña
Cuando arribamos a la plaza del 2 de Mayo por primera vez corría el año 98, y tan solo nos faltó gritar “¡tierra!”.
En aquella época la sala Canciller de San Blas aún daba conciertos, y yo apenas había venido a Madrid más que a hacer algunas compras con la familia. Aún no se habían puesto de moda los yembés. La gente que llenaba el suelo de la plaza a las 11 de la noche de aquel dia charlaba apaciblemente mientras mojaba el gaznate, tan apaciblemente que al acercarnos más a la plaza me impresionó descubrir a casi un centenar de personas sentadas en derredor del arco de Monteleón. Hasta aquel momento no recuerdo haber visto punkis más que en las películas. Me refiero a punkis de verdad, de los de cresta y Dr. Martens. Entonces entendí porqué: estaban todos allí. Al principio los miraba con curiosidad y respeto. Después con familiaridad. Después dejé de mirarlos, a ver si así no me pedían cinco duros para tabaco.
En aquella época las calles del barrio de Malasaña eran el bar más concurrido. Hiciera frio o calor, la gente se repartía por las esquinas con bolsas de hielo, vasos de plástico y algo de priba. Si te cansabas de callejear, podías meterte a cualquier hora en bares como el Hotel California o el No Fun, sitios bastante sórdidos y divertidos donde poder codearte con tabernícolas de primera línea cualquier día de la semana y sin hora límite prevista. En estos lugares, no sé si es por que había poca luz, o porque el alcohol era en realidad Grog, la gente tenía cierta predisposición a buscarse problemas. Había empujones, tensiones, malos rollos y buenos rollos, y luego te ponían a los Stooges a las tantas de la madrugada y purgabas la histeria como buenamente pudieras. Siempre pasaban cosas que te mantenían despierto. No diré que aquellos bares tenían más encanto que su equivalente de hoy (La Ofrenda - rock hasta las 6), sobre todo porque ahora las noches más interesantes se han trasladado del fin de semana a días laborables o incluso al domingo, y es complicado que a mí me de por dormir poco, pero sí creo que estaba todo algo más diversificado, y qué narices, que eran bares míticos que vieron crecer al barrio.
Aunque pasan los años nunca dejo de volver por las calles de Malasaña, y aunque siempre tiendo a sentir cierta nostalgia por lo vivido, sé que eso aún existe al alcance de mi mano, sé que soy yo el que ha cambiado. La gente con la que me encontraba y compartía las noches sigue ahí, porque Malasaña es un pueblo donde la mayoría crece y espera una jubilación que nunca llega. Tan solo que la noche es capaz de decirnos a la cara quién somos, pero no cómo narices nos vamos a ganar la vida, y mientras te aseguras de que nunca te falte dinero para pagar tu casa, quizá salir entre semana para volver a pasarlo así de bien no sea tan importante.