Sobre el alojamiento de podcasts

Leía hoy en el blog de Jason Snell un artículo comentando otro artículo de Nir Zicherman, cofundador de Anchor. Zicherman afirmaba en Medium que nadie debería pagar por el alojamiento de podcasts. Anchor, su plataforma, lanzó hace unos meses la versión 3.0, donde por primera vez, ofrecían alojamiento gratuito para podcasts producidos fuera de su plataforma.

Los que me conozcan un poco sabrán que yo tengo un podcast con mi amigo Andrés Cabanes. Se podría decir que el podcast no está muerto, que está tomando cañas. Y es que hacer un podcast no es una tarea liviana. Incluso un podcast como el nuestro, que no tiene más intención que la de pasarlo bien, puede rondar entre 4 y 6 horas semanales entre preparación, grabación, edición, etc.

De las cosas más difícil de montar nuestro podcast fue sin duda todo el tema del alojamiento, montar el blog, configurar el feed etc. Durante la existencia de Error de Conexión, han surgido nuevas alternativas de pago más amigables como Soundcloud (que te evita por completo montar un blog) o Squarespace, pero las opciones de pago de antes (LibSyn, Blubrry…) ofrecían una experiencia un tanto rudimentaria. El coste de esos servicios oscila entre 5 y 12€ más o menos al mes. Pero si ya tienes un alojamiento, lo más barato es montártelo tú ahí con un WordPress y un par de plugins, que es lo que hicimos nosotros. Sin embargo, esta es la opción más compleja, y dependiendo del plan que tengas con tu hosting, puede que no tengas suficiente ancho de banda para todos tus oyentes. Zicherman afirma que en Anchor, alojar un podcast les supone un coste interno de 10 céntimos al mes. Uno de los comentarios del post de se lanza a hacer unas cuentas preliminares para ver qué es lo que supuestamente se debería estar cubriendo con esa cantidad, y ya empieza a poner en duda la veracidad de la cifra:

I see you’re using Cloudfront for distribution, their pricing for a US distribution costs $0.085/GB, I assume you negotiated your rate though; which for simplicity sake I’ll call $0.01/GB, maybe higher, maybe lower.
But that would be 10GB of usage per podcast for $0.10/month in hosting costs (not including application hosting, storage, etc). If the average commute time is approximately 25 minutes, we’ll just call the podcast 30 minutes in length, which seems pretty fair. That’s 14MB per 64Kbit/s encoded MP3 audio file. Quick math says 10GB is 10240MB, and 10240MB divided by 14MB is approximately 730 plays per month to fit that $0.10/mo fee you’re describing.

John Jacobs

Y ahí es donde quería llegar. El alojamiento puede que se haya abaratado mucho estos años, sobre todo en lo que respecta a espacio para uso personal, donde hay unas implicaciones más profundas con el usuario y se busca también el efecto lock-in. Porque tiene todo el sentido que Google te permita tener todas tus fotos y tus correos gratis para mantenerte en su plataforma y a la vez aprendan más de ti, con lo cual hay una ganancia indirecta que solventa los costes extra. Pero a la hora de alojar ficheros de consumo público, nadie regala nada. Así que o bien montas una plataforma donde monetizas las visitas con publicidad (que de nuevo, no es sólo el alojamiento si no el consumo de ancho de banda que genera ese contenido), u ofreces un espacio de pago donde tu marca es invisible y el usuario hace lo que quiere. Por eso tanto Jason como Reese Manton, fundador de Micro.org, mencionan acertadamente Youtube.

Anchor seems to be going for the YouTube model. They want a huge number of people to use their platform. But the concentration of so much media in one place is one of the problems with today’s web. Massive social networks like Facebook, Instagram, and YouTube have too much power over writers, photographers, and video creators. We do not want that for podcasts.

Jason Snell

Los que amamos el medio de los podcasts no queremos que se convierta en Youtube. No queremos que haya un proveedor que aloja todos los contenidos en su plataforma, que decide qué contenidos son monetizables y cuáles no, que decide qué publicidad pone y dónde, porque un lugar como Youtube acaba marcando qué cultura se potencia. La comunidad podcaster no ha necesitado un jugador así para florecer, y hoy en día es casi una utopía, tan bonita como en su momento lo fueron los blogs (que no es que estén muertos pero… bueno ya sabéis). Cada uno se lo monta como quiere y donde quiere, y decide si quiere monetizarlo y cómo.

Así que al final, conviene recordar de nuevo que si no pagas por un servicio (que sí tiene un coste seguramente mucho mayor que esos céntimos que afirma Zicherman), tú eres el producto con el que se comercia. 

Conveniencia vs Control

Si hace tiempo uno de los lemas de Apple con el App Store era “There’s an app for that!”, indicando que para cualquier cosa que necesitaras hacer, encontrarías una app específica para hacerlo, hace tiempo que podríamos ampliar ese lema con “…and probably there’s a service too”. Y es que en la época del “X as a service” tenemos más opciones que nunca para hacer las cosas. Y si bien hoy la franja entre lo que es un servicio y lo que no lo es está en continuo debate muy unido a lo difícil que es tener una fuente regular de ingresos cuando se es desarrollador, hay más empresas que nunca tratando de solucionar nuestras vidas a golpe de servicios con una pata en el mundo digital, o las cuatro patas.

En los servicios que son puramente digitales, cuando analizo lo que quiero resolver y las opciones que tengo, siempre valoro las opciones en base a dos características principales: conveniencia y control. Generalmente podemos decir que la tendencia en los últimos años ha sido la de ceder control para ganar conveniencia. Lo cual tiene sentido en tanto en cuanto los usuarios de estos servicios conseguimos hacer algo que deseamos de forma más cómoda a cambio de no tener el control de los elementos relacionados con ese algo.

Uno de los ejemplos más clásicos es el correo electrónico. Su evolución desde principios de los 2000 es muy representativa. Y es que antes, teníamos el protocolo POP, con el cual se establecía una vía de entrega. El email llegaba al servidor, y el cliente de correo, mediante el protocolo POP, hacía la llamada al servidor y se descargaba el email. Después, éste era borrado del servidor. El usuario tenía pues el control del archivo de email y podía hacer diversas acciones sobre él. Organizarlo, archivarlo, hacer backup, o borrarlo para siempre. Todos esos cambios permanecían en local. Con la llegada del IMAP, se estableció un protocolo de sincronización con el servidor. Así, al descargarse el archivo no sólo no se borraba del servidor, si no que además, todos los cambios que se hacían en local, se sincronizaban con la nube y viceversa. Era conveniente, pero tenía una limitación muy grande, ya que el almacenamiento ofrecido por los servicios de correo IMAP era muy limitado. Obligaba mantener un fuerte control, y en muchos casos seguir archivando los emails viejos en una carpeta del disco duro. Cuando llegó Gmail, todo cambió. Su lema era “no borres nada”. Con 2 Gigabytes de la época, podías almacenar todo el correo que necesitaras y efectivamente, no preocuparte de limpiar los correos que no desearas mantener. Hay que recordar que antes de Gmail, lo normal eran unos 200 Megabytes de almacenamiento. Con Gmail se impulsó definitivamente el trasvase a la web de cosas que se hacían en local.

Gmail siempre ha sido un servicio gratuito, financiado total o parcialmente mediante el escaneo de los emails por robots que usaban los datos para mostrar publicidad relevante en cada email. Para poder mostrar esas publicidad, Google necesita que se consulte el correo en su web, por lo que el servicio fue pensado desde el principio para que usarse en un navegador. El acceso por IMAP, aunque Gmail siempre ha sido compatible en teoría, en la práctica siempre ha dado problemas por cómo funciona el correo de Google, que sustituye las carpetas por etiquetas. Esto generaba emails duplicados y ha sido solucionado mediante apaños en el software de los clientes para que traten de forma especial las cuentas de Gmail, lo que no evita que haya seguido habiendo fallos a lo largo de los años. Actualmente, la evolución del servicio con los filtros inteligentes y las categorías automáticas han marcado más aún la diferencia de funcionalidad entre la web e IMAP, que si bien se puede igualar mediante la creación de filtros especiales, es algo que sólo está al alcance de usuarios avanzados.

Además de las ventajas de usar la web por encima de un cliente de correo, y de la evidente pérdida de privacidad que implica almacenar datos personales en servidores de empresas internacionales -y que pese a que recientemente Google haya decidido parar de analizar los correos temporalmente, siempre hay que tener en cuenta las implicaciones- la pérdida de control en este caso significa que si por algún motivo Google bloquea tu cuenta, pierdes el acceso a todos tus correos. Esto en sí mismo, si bien es poco probable, puede tener mayor o menor importancia para cada persona.

El ejemplo de Gmail es muy similar al de cualquier servicio que cualquiera se plantee usar hoy en día. Siempre existe el dilema entre local vs remoto, privacidad vs acceso. A estos factores hay que sumar otros, y es que estos años, los servicios de pago por suscripción proliferan, y añadir un coste recurrente es otro factor a considerar. Otro factor asociado a la pérdida de control, es la facilidad con la que uno puede dejar de usar un servicio y pasarse a otro llevándose todos los datos. Es reconfortante saber que hay empresas que hoy son consideradas con esto, como Bear, que para mantener la compatibilidad y portabilidad de sus datos, trabaja internamente con las notas de su app en un derivado de texto plano y permite exportar las notas manteniendo la integridad del formato y los archivos adjuntos, aunque no es lo usual.

Y por supuesto, también está el factor de cómo de resistente a fallos es un sistema determinado, desde la pérdida de información personal al acceso indebido de terceros, como en los recientes hackeos de Yahoo.

No siempre nos encontramos con todas estas características enfrentadas. A veces son sólo algunas. Nos podemos encontrar con casos en que la privacidad no es un problema pero que en caso de fallo podemos perder todos los datos. En otros casos el problema es que entramos en un servicio de suscripción del que es más difícil irse cuanto más se usa (el famoso lock-in). En cualquier caso, más control suele implicar menos conveniencia, más privacidad, y más resistencia a fallos.

Otro ejemplo de este dilema es este blog que actualizo tan poco. Ha pasado por tantos sitios que me costaría recordarlos todos, pero así a bote pronto, tras abandonar Blogspot para empezar de cero hace al menos una década, pasó por Virb, Squarespace, WordPress, Tumblr, y ahora está generado en HTML estático mediante Hugo (gracias @eduo por el tip). También hay motivos ideológicos aquí, lo admito. En la era de las webs que son más recargadas que nunca, el HTML sencillo es una declaración de principios. Pero también lo es elegir Fastmail sobre Gmail.

Es indudable que el desfile de hogares que ha tenido el blog representa las luchas internas que generan estos dilemas, y un discurrir continuo entre las ventajas e inconvenientes de cada opción. En mi caso particular, siempre ando replanteándome mi vida digital en torno a el correo electrónico -que a pesar de que cada vez se usa menos, tiene un valor simbólico enorme-, la toma de notas, el almacenamiento de imágenes, y el mantenimiento de una bitácora personal. Y aunque soy consciente de que la mayoría de la gente sólo quiere que su vida sea más fácil y no comerse la cabeza, creo que ahora más que nunca es importante ser consciente de estos factores para tomar decisiones en una época donde parece más difícil que nunca hacerlo.

La pantomima de Pono

Ya se han escrito muchas cosas sobre lo (en principio) ridículo de la propuesta de Neil Young con Pono. Me pareció un buen resumen de links para leer el que hizo Marco Arment, en el cual se mencionaba también el magnifico post de Chris Montgomery al que enlaza este articulo y que, en mi opinion, es el único que hace falta para entender por que la música a 192 o a 96KHz no suena mejor, o por que los 24bits no son necesarios para el audio de consumo1. Técnico pero accesible, extenso, y cristalino en conclusiones, cualquiera a quien le interese el audio y se considere audiófilo debería leerlo.

Aunque, de lo que mas me llamo la atención fue el propio video de la campaña de Kickstarter, campaña que está arrasando y ya lleva mas de 5 millones de dólares recaudados. En él, salen todos los amigotes músicos de Neil Young, desde Beck a Foo Fighters, Costello, Mumford & Sons, a los cuales Neil se ha llevado de paseo para ponerles música en el coche usando su reproductor musical. Como estrategia genera-hype no está nada mal. Qué demonios, es una absoluta genialidad marketiniana. Ya pasó la era de ver anuncios de televisiones donde esas televisiones parecen verse mejor que la propia televisión donde estás viendo el anuncio. La aproximación de Hitchcock funciona mucho mejor. Díganselo al propio Spielberg con su Tiburón. ¡No lo enseñes! Enseña la reacción. Todos esos músicos, buenos músicos, deberían saber lo que suena bien y lo que suena mal. Excepto que no es así. Los músicos solo necesitan buen gusto para ser buenos músicos, no tienen por que tener un oído especialmente entrenado.

Por otro lado, no puedo evitar preguntarme, ¿qué música les ha puesto? ¿Con qué combinación de amplificador y altavoces?. Hubiera sido muy sencillo coger un mp3 a 192KHz, pasarlo por un equipo de coche realmente bueno y decirles que aquello que escuchan es el Santo Grial convertido vibración acústica. Es mas, seamos honestos, si llega Neil Young, te sube en su Cadillac Eldorado Biarritz de 1978 y te dice que lo que vas a escuchar tiene la mejor calidad que hayas escuchado en tu vida, el efecto placebo sube a niveles estratosféricos.

Pues bien, en una actualización reciente de la campaña del proyecto, han puesto un GIF animado de supuestas reacciones de gente escuchando música a través de Pono con unos “auriculares cualquiera” (salen un par de los de Apple). Esto se pone interesante. O sea que afirman que Pono va a sonar mejor aunque tengas unos audífonos de los que vienen con el iPhone. Ahá.

En realidad esto alimenta más mis sospechas de dónde está aquí el truco. Y es lo único que tiene sentido de todo este desastre que no hay por donde cogerlo: remasterizaciones decentes.

Personalmente suelo evitar las ediciones remasterizadas, pero no porque tenga nada en sí contra ello. Las evito porque suelen significar coger la grabación original y aplastar la dinámica de cualquier forma para ponerla al día con los estándares que tenemos ahora. Muchos llevan años diciendo que hemos perdido la batalla contra el loudness y quizá Neil Young quiera ser el paladín que nos saque del lío. Al final el panorama no es tan grave como algunos lo quieren pintar. Pero mucha música vieja puede ser mejorada una barbaridad con un buen remaster, y es que ahora las herramientas digitales que tenemos, en combinación con las analógicas, nos dan unas posibilidades mucho mayores de lo que nunca hemos tenido en audio. Pero cuidado con este detalle, si estoy en lo cierto, Pono solo va a “sonar mejor” con música vieja. De hecho, en los videos promocionales, he reconocido solo a Dylan y al propio Young. ¿Es Pono un sistema de audio para audiófilos o para puretas? Mucha de la música nueva que se ha compuesto no sigue los mismos patrones de antaño: ha sido concebida y arreglada usando elementos distintos para las partes, en vez de usar la dinámica de los instrumentos y la voz para crear cambios. Esto pasa mucho con la música electrónica y de sintes. Phoenix no va a sonar mejor con mas dinámica porque su música no utiliza apenas la dinámica para transmitir. LMFAO probablemente sonarían a rayos si utilizamos el mismo planteamiento. El resto de la música probablemente suene tan bien o tan mal como haya querido que suene su autor. Y es que en el siglo XXI, el sonido es otro elemento artístico mas con el que jugar, y si un disco parece añejo y acartonado no es que suene mal, es un feature2.

Ahora, si esto es así, ¿necesitamos realmente un nuevo reproductor? En absoluto. La música remasterizada se escucharía igual en un iPod. ¿Tiene sentido a nivel empresarial? Probablemente. Una vez entras en el ecosistema de Young, si compras la música a 96KHz no puedes escucharla en otro lado que no sea el Pono o el portátil. Si ademas te crees que suena mejor “por ser a 96KHz”, estas vendido. Así que al final, tienes mucho mas control sobre tus consumidores y el lock-ines mucho mas efectivo. Y a $18 por disco como se puede ver en Kickstarter, el negocio puede ser redondo.


  1. Es más, yo siempre grabo a 44.1KHz. En todos los años he hecho experimentos a grabar a 48KHz y a 96KHz y símplemente no hay nada ahi que merezca la pena. En cambio, sí grabo todo a 24bits desde hace mucho.
  2. Y me alegro de que sea así.

Asistentes virtuales

Hace un tiempo escribí este post sobre mis hábitos respecto al transporte público en el día a día. En retrospectiva, creo que resume por qué algunas funciones de Google Now o Siri aún tienen un largo camino por recorrer antes de llegar a sernos realmente útiles. Porque no somos robots, y no siempre escogemos el camino más rápido entre dos puntos, y existen preferencias como la cantidad de transbordos, de pasos, o incluso algo tan ajeno al viaje en sí y a la vez tan humano como es poder ver la ciudad y la luz durante el viaje. Sin embargo, Now sigue diciéndome la hora a la que pasa el próximo metro, día tras día. Google tiene datos suficientes sobre nosotros para saber dónde vivimos y dónde trabajamos (y probablemente que te dejen indicarlo tú en Google Maps sea simple redundancia y quizás un ejercicio de anti-creepiness). No creo que cueste mucho deducir por mis movimientos de cada día qué transporte y qué línea cojo cada mañana, y mientras aún no he decidido si me compensa la pérdida de privacidad ante la comodidad que podría ofrecerme, no puedo dejar de pensar que algo así sería un deseable próximo paso para los asistentes virtuales.

Los gastos de gestión

El otro día fui al cine. Nada remarcable. Como a casi todo el mundo, de vez en cuando me gusta ir. El caso es que el otro día me surgió la duda de si los gastos de gestión que se suelen cobrar cuando compras entradas online, los pagamos íntegramente los usuarios o si se divide el coste también con el cine/sala/productora/etc., ya que las empresas intermediarias como entradas.com también les dan servicio a ellos y no solo a los asistentes, gestionando las ventas, y además con servicios de promoción, etc.

Hoy trasladé esta pregunta abierta en twitter y tuve la suerte de que en la conversación alguien mencionó a María Fanjul, CEO de la propia entradas.com, que tan amablemente ha despejado mis dudas.

La conclusión a la que llego es que como sospechaba, en demasiadas ocasiones nos encontramos una situación injusta en que las empresas no incluyen los gastos de gestión como propios dentro de la actividad, si no que los cargan al final como extras de forma que recae como gasto aparte en el usuario. Porque queda muy bien decir que la entrada del cine vale 9,20€ como es el caso ahora, y al final meter 0,90€ extras de gastos de gestión y hacer como si nada. Lo mismo suele pasar con las entradas a los conciertos donde además los gastos de gestión suelen ser mayores aparentemente de forma proporcional al precio de la entrada. Es igual de engañoso que mostrar los precios sin I.V.A. y no advertirlo claramente ni poner cual es el precio final hasta que no se va a pagar. Peor aún, ya que los gastos de gestión abarcan muchas cosas que de ningún modo debería cubrir el usuario pagando un extra sobre el precio normal de la entrada.

Para colmo, tal y como dice María, a veces estos gastos de gestión se inflan para que la empresa consiga un dinero extra, quedándose con esa parte de los gastos de gestión que se ha añadido, y luego señalando a la empresa intermediaria en caso de quejas. Esto, puntualiza María, sucede sobre todo con promotoras y eventos, y no en venta de entradas de cine. En cualquier caso, es tremendo.

Al final, todo esto es otro ejemplo de mala ética de las empresas españolas. El típico caso en el que como muchos lo hacen, todos lo consienten, y los usuarios casi no nos damos ni cuenta, o en mi caso nos damos cuenta pero no podemos saber cuál es exactamente el problema. No puedo estar más de acuerdo con lo que dice María: las entradas deberían valer lo mismo tanto en taquilla como online, y si acaso, la empresa debería cubrir con los costes del servicio y hacerlos invisibles para el usuario.

Facturación usando Numbers

Durante años, para gestionar mi actividad económica como autónomo he usado Billings de Marketcircle. Empecé buscando algo sencillo y automático para generar facturas, ya que el método popular que era tener una plantilla en PDF/InDesign/etc y modificarla nunca me pareció realmente práctico. Con el tiempo y el uso, al final acabé apreciando lo cómodo de tener todos los clientes, proyectos y facturas/pagos en un sitio. Aún así, nunca ha sido una aplicación que me encantara. Sólo para empezar a usarla tuve que encontrar la forma de modificar las plantillas incluidas porque no tenían en cuenta que nosotros necesitamos poner el CIF de las empresas a las que facturamos, y esto fue un proceso tedioso y cero intuitivo con el que peleé horas hasta dar con algo que funcionara. Después, el programa no soportaba oficialmente ningún tipo de sincronización mediante Dropbox o similares, y yo que siempre ando con varias máquinas depende de dónde me encuentre, no quería estar atado a un solo ordenador. Conseguí tener la librería en Dropbox pero acabé con problemas de numeración de las facturas. Sufrí pero fui tirando(más vale lo malo conocido) hasta que ellos mismos me hicieron salir de ese estado de resignación.

Y es que hace unos meses recibí un email de Marketcircle donde se me informaba que Billings dejaba de recibir soporte en breve y que ahora sólo existiría Billings Pro, una solución similar pero que incluía una suscripción mensual para utilizar sus servicios de sincronización. Sencillamente no lo vi. Una cosa es seguir utilizando un software por el que había pagado ya y con el que había conseguido vivir a pesar de sus problemas (o quizá el problema es mío porque busco otra cosa), el caso es que no estaba dispuesto a comenzar a pagar mes a mes, por poco dinero que fuera (entre $5 y $12 al mes por las opciones más básicas, si no me equivoco) por un software que realmente no me gusta. Así que comencé a mirar opciones, y el panorama me pareció dantesco para alguien como yo, que gusta de emplear mucho tiempo en encontrar la mejor opción: una cantidad inabarcable de alternativas, tanto en forma de aplicación como servicio web, y muy poca información sobre cada una. En la red era fácil encontrar recomendaciones sueltas hacia una u otra pero en ningún lugar encontré motivos para elegir una en particular. Así que me lancé a la piscina y pasé un tiempo probando opciones. Encontré otro software similar llamado Totals de Kedisoft y en general me gustó más que Billings, pero tuve la sensación que sería volver a lo mismo y no me pareció que los desarrolladores mantuvieran el proyecto muy activo en base a sus últimas versiones y la actividad del blog, cosa importante a la hora de casarte con un programa que vas a usar durante años. También probé dos o tres aplicaciones web y no me convencieron. Así que como en otras ocasiones, elegí hacer mi propio camino de una forma más tradicional, empleando software que ya tuviera a mano, que usara un formato más o menos universal y que supiera manejar hasta cierto punto. En este caso estaba claro, una hoja de cálculo. Al fin y al cabo, es lo que siempre se ha utilizado, ¿no?.

He elegido Numbers, más que nada porque es la que tengo instalada y porque es la que sé manejar. Es sencilla, intuitiva, y me gusta que además tiene opciones de maquetación, acordes con la filosofía de otros programas de iWork. Sé que Excel es mucho más potente cojo hoja de cálculo, y hay cosas que he echado de menos que quizás hubiera podido hacer en él, pero Numbers tiene una cosa que me encanta: ubicuidad, gracias a las versiones de iOS y web (aún en beta) y el almacenamiento en iCloud. Yo ya lo tenía comprado pero para alguien que se está pensando usarlo para esto otra cosa buena es que es muy barato. Otra opción, por supuesto, es Google Drive. Estoy seguro que se puede conseguir casi lo mismo y las veces que lo he usado para hojas de cálculo no he tenido ningún problema y está muy bien también, teniendo en cuenta que tampoco es rival para Excel. La ventaja de Drive es que en modo colaboración no hay nada mejor, así que si vas a llevar la facturación con más personas quizás sea la mejor opción.

Después de echarle unas horas trabajando en ello en Numbers, he llegado a una solución que me es práctica y estoy bastante contento con ella. Básicamente, es una hoja con los clientes, otra con un historial de facturas y otra que es un generador de facturas que me he ingeniado, donde introduces el número de factura del historial que quieres generar y automáticamente se genera, lista para guardar en PDF y enviar al email de contacto correspondiente. Todas las hojas están interconectadas mediante fórmulas y búsquedas internas para que no haya que estar introduciendo los mismos datos una y otra vez.

Así queda la factura

Una de las cosas que más he echado de menos es la posibilidad de generar menús en los que aparezcan como opciones disponibles los campos de alguna tabla. Eso hubiera hecho posible, por ejemplo, que a la hora de rellenar los datos de una factura en el historial, ya nos diera a elegir directamente entre los clientes y así no hubiera que escribir el nombre a mano o hacer copy/paste. O que a la hora de generar una factura, nos diera a elegir entre los números de factura que realmente tenemos ya en el historial. Pero bueno, son pequeños detalles de manejo. Lo bueno es que es una solución práctica y de bajo coste, hecha a mi medida, en un rato, en un formato bastante exportable y en un software que dudo mucho desaparezca en muchos años.

Si pensáis que os puede servir de algo lo que he hecho, podéis descargar el archivo desde aquí. Incluyo algunos datos de ejemplo y unas notas de manejo.

Es probable que vaya cambiando la versión con el tiempo, si voy necesitando más cosas o si se me ocurren mejoras. Si pensáis en algo para añadirle no dudéis en comentarme por Twitter. De momento no he querido añadir una hoja de proyectos porque para ello ya uso otras cosas como Evernote, Things, etc, y quizás es mejor limitar esto a la facturación, únicamente.

El sonido y la memoria

Hoy caminando por un caluroso Madrid en las intempestivas horas tras la comida, pensaba en que hay sonidos que pertenecen a épocas del año, y otros que parecen transformarse dependiendo de la estación que habiten. Hay sonidos que inevitablemente asociamos al verano o a la primavera, como las cigarras, ciertas especies de pájaros, el mar (los que no vivimos en la costa) y la piscina, el viento atravesando las hojas de los árboles, los aparatos de aire acondicionado… O al otoño y al invierno, como la lluvia (en un clima mediterráneo continentalizado como tenemos en Madrid), neumáticos sobre asfalto mojado, pisadas en la nieve o sobre la hojarasca, o el crepitar de la madera en la chimenea. Luego hay otros que pese a no pertenecer a ninguna estación o estaciones concretas, suenan distinto en cada una.

Cada estación tiene sus características específicas sobre cómo se transmite el sonido en el aire en base a los parámetros de presión atmosférica, temperatura y humedad que se dan en cada lugar. La presión y las temperaturas frías hacen que las partículas estén más juntas y el sonido pueda viajar más lejos, lo que beneficia sobretodo a las frecuencias altas que son las que antes desaparecen al requerir de más energía para moverse, y al ser también reflejadas y absorbidas por las superficies debido a su corta longitud de onda. La humedad contribuye también de la misma forma, y algunos fenómenos meteorológicos del invierno, como la nieve o el hielo, reflejan el sonido haciendo que éste llegue a nosotros más puro, y de algún modo más frío. En el argot sonoro, un sonido cálido es éste que tiene principalmente frecuencias medias y graves. Un sonido frío es éste el que predominan los agudos por encima de todo. Quizá por eso en sitios con veranos calurosos y secos como tantos de España, los inviernos nos traen recuerdos de sonidos distantes, de agudos definidos, que llegan a nuestros oídos en un eco difuso.

Pero luego están los sonidos que percibimos de forma distinta por cómo vivimos en cada estación. Y es que en invierno, tendemos a estar continuamente en espacios cerrados, pero en verano, se abren puertas y ventanas y de pronto nos vemos inundados por el sonido de la vida que nos rodea, la que reside y la que transita por los alrededores de nuestras casas. Los bares dejan escapar el sonido de sus televisiones, así como las charlas de los vecinos, la música o el sexo, que reverberan por los patios interiores y en las calles de nuestras ciudades. La naturaleza del sonido de una radio que resuena a través de la ventana del edificio de enfrente y llega a nosotros recorriendo y rebotando miles de veces a través del espacio que nos separa de la fuente es única en sus características sonoras más allá del propio contenido de ese sonido, y por eso a veces son las características del sonido lo que queda asociado para siempre en nuestro cerebro a las circunstancias que nos rodeaban mientras lo escuchábamos, formando así un enlace al recuerdo. Es el sonido, no lo que suena lo que más adelante nos volverá a transportar a ese momento y a ese lugar.

El año que disfrutamos del mirador de La Cornisa

Hace algo más de un año, en marzo de 2012, tomé esta foto con mi cámara, un día cualquiera que salía de Zinkia, poco antes de que comenzara el E.R.E.

Lo que se ve es la cara oeste de la Dalieda de San Francisco, ese extravagante e innecesario jardín temático junto a la Basílica de San Francisco el Grande, que pasa casi medio año sin sus características Dalias. Esa cara oeste tiene un mirador donde se puede disfrutar de uno de los mejores atardeceres de Madrid, aunque lo cierto es que tanto el mirador como el Parque de la Cornisa en general no son muy conocidos. Lo que tiene de especial esa foto es lo que no está, y es que poco antes habían quitado la valla que delimitaba la dalieda, separándola del parque, a la que está unida por un pequeño terraplén. Quitar esa valla convirtió el mirador en algo mucho más cómodo, ya que la gente se podía sentar. Parece un pequeño cambio, pero el sitio se convirtió en otra cosa muy distinta. Invitaba a quedarse, a pasar el rato. Gracias a eso, tal día como hoy hace unas semanas era muy normal encontrarse con esta escena tan agradable.

Incluso llegué a ver gente vendiendo latas de cerveza. Era oficial, el lugar se había hecho popular, y no era de extrañar. El ambiente era inmejorable. Yo solía bajar frecuentemente entre semana para despedir el día, con un libro, o escuchando algo de música. Era fantástico, pero era una anomalía. No dejaba de pensar “es tan bueno que no parece Madrid”. Y es que aunque recientemente se han hecho dos cosas que a veces me cuesta creer que existan, Madrid Río y el Matadero, los que vivimos en esta ciudad la amamos pero no por el urbanismo que profesa. Hemos visto ponerla patas arriba en los últimos 10 años para rehacer los puntos más importantes y convertirlos en zonas anodinas, incómodas, de paso. Plazas sin bancos ni árboles, lagos de cemento gris. Estoy pensando, cómo no, en Callao, Sol, Plaza de la Luna… Lo hicieron algo mejor con el antiguo bulevar de Alonso Martínez (aunque el maravilloso encanto clásico que tenía se perdió para siempre), con las zonas peatonales de Fuencarral y Arenal y con la plaza de Ópera, pero aún me cuesta entender que las zonas más representativas del centro hayan quedado como una oportunidad desperdiciada de hacer algo bonito de verdad.

La semana pasada volvieron a poner la valla en el mirador de La Dalieda. Por suerte aún se podía subir a lo alto del terraplén, así que aunque no era lo mismo, me subí por última vez a ver atardecer sentado. Hoy eso ha dejado de ser posible. Han puesto unas vallas amarillas para impedir el acceso al terraplén, y en éste están poniendo plantas para que no se pueda caminar por él en un futuro cercano cuando quiten estas vallas provisionales, y no dejo de preguntarme qué mal hacía dejarlo como estaba. A veces pienso que quizás era un poco inseguro, pero los niños se lo pasaban bomba subiendo y bajando por el terraplén y no parecía que pudieran hacerse daño realmente. Al final, lo cambian porque así es como se supone que debe de estar, aunque objetivamente sea peor. Y eso es lo que me entristece tanto de esta ciudad, que no parece estar pensada para la gente la disfrute. Siempre digo que es una ciudad anti personas.

Hoy el tiempo en Madrid era fantástico, pero el mirador presentaba un aspecto triste, ya no había prácticamente nadie. Es una pena. Y aunque he de aclarar que como muchos sabrán, estos terrenos son competencia del arzobispado, está claro que Madrid es “la suma de todos”.

Adiós Jerez

El sábado dijimos adiós a Jerez. A sus calles estrechas y sus plazas como pequeños oasis. Dijimos adiós a los tabancos, a sus amontillados y olorosos, al Pedro Ximénez, al cream y a la morenita. Adiós a los cantaores que van recorriendo las terrazas enseñando dentaduras de marcadas ausencias, adiós a los palacetes abandonados, a las calles olvidadas, a las calles con olor a bodega y a pescado frito. Adiós a la ciudad que vive esperando la Semana Santa, a la Semana del Caballo que nunca llegué a vivir, al rebujito, al mosto donde probé el ajo campero, y a pagar por un plato de rabo de toro lo que pago en Madrid por una tercio de Alhambra. A las tortillas de camarones, a las papas aliñadas y a las puestas de sol en Sanlúcar con sus carreras de caballos en la playa. Adiós a la terraza del Chancillería, al Damajuana, a la misteriosa Cruz Blanca que no es como las demás, al Albalá, al Mesón El Asador, a los desayunos en El Cachón incluso cuando no les queda zumo de naranja. Adiós a buscar dónde se mete la gente un sábado por la noche, aunque creo que al final lo averiguamos. A la virgen a la que le dejan prótesis ortopédicas, a las caceroladas frente al ayuntamiento. Adiós también, a los viajes a Cádiz en coche, a la salida 666, y a todas esas playas a las que íbamos en cuanto asomaba el sol; a las tardes leyendo cualquier cosa en Sancti Petri (el viejo y el “novo”), a dudar de si bañarnos o no, y que al final sea que sí. A esperar olas que nunca llegan. Adiós a proponer siempre volver a jugar a los bolos en el centro comercial y no hacerlo nunca. Adiós a la estabilidad del tren, a los viajes que no hacen que te aumente la presión arterial. A los que vivían felices allí y a los que se querían ir, a los de fuera y a los locales.

Adiós y gracias por ser mi segunda casa durante estos dos años.

El camino más corto

A veces el camino más corto entre dos puntos no es aquel que implica menos tiempo de desplazamiento, especialmente cuando hablamos de trayectos repetitivos. Cuando me cambio de casa o de trabajo, paso muchas semanas investigando y experimentando las distintas posibilidades para llegar a mi destino rutinario. De hecho, intento tener varias opciones aceptables para poder elgir en base a mi estado de ánimo, el tiempo meteorológico, u otras circunstancias externas como la necesidad de transportar instrumentos.

Suelo acabar con tres posibilidades finales. El camino más cómodo, el más rápido, y el más activo/económico.

El camino más cómodo.

Este es para mí realmente el más corto, porque se siente más corto. Y es así porque me permite concentrarme en hacer cosas por el camino, sea leer, ponerme al día con internet, o simplemente mirar al infinito y divagar sin distracciones. A veces incluso hacer cosas como escribir esta entrada. El hecho de poder concentrarme en algo hace que pase el tiempo sin enterarme apenas, aunque a veces la duración del trayecto pueda ser de hasta un 40% más que la versión rápida. Suele ser en autobús, donde hasta ahora siempre he encontrado comodidad, cercanía con las paradas, y efectividad en la distribución de las líneas en Madrid. Además, desde hace unos años, la aplicación para móvil de la EMT te permite salir de casa con previsión y no tener que esperar más de la cuenta en la parada. El autobús me permite disfrutar más de la visión de la ciudad cada día, y de la luz natural. De algún modo, se ha convertido en mi transporte público fetiche.

El camino más rápido

Curiosamente, suele ser el que menos utilizo. Generalmente es en metro, lo que hasta ahora en mi caso ha significado andar más hacia la estación, desde la estación, y dentro de los largos túneles de transbordos. El metro siempre significa estar más alerta, es más fácil pasarse de parada que en el autobús, donde los giros y el entorno hacen más fácil ubicarse incluso sin mirar apenas por la ventana. En el metro siempre me cuesta mucho más concentrarme en hacer otras cosas y aprovechar el desplazamiento.

El camino más económico

Como no podría ser de otra forma, este siempre es en bicicleta o si es posible, andando. Mucha gente aún piensa que Madrid no es una ciudad para las bicis, y en parte tienen razón sobre todo por las cuestas y el tráfico, pero aún así con un poco de estudio del trayecto a cubrir, no sólo es posible sino muy recomendable disfrutarla usando este transporte. Te hace experimentar la ciudad de un modo completamente distinto. Durante mucho tiempo he ido al trabajo a diario en bici y es fantástico. En los meses de buen tiempo suele ser mi primera opción. La vitalidad con la que llegas a tu destino, y la mejora general del bienestar diario es remarcable. Sin embargo, suele ser la última de las posibilidades que exploro porque depende de la distancia y las zonas a cruzar puede ser más aventura y, definitivamente, hay que cogerlo con ganas si se trata de un trayecto de varios kilómetros. Como cualquier actividad física, tiene un periodo de adaptación. Además, en temporadas voy varios días a la semana con la guitarra o el bajo encima, haciendo coger la bici algo más complicado o directamente inviable.

Al final, lo que saco sobre este pequeño resumen sobre mi proceso para elegir el trayecto que utilizo todos los días es que para mí es importante poder aprovecharlo haciendo cosas, o que el trayecto en sí me reporte algo, como en el caso de la bicicleta, pero sobre todo remarcar las ventajas de tener varias opciones y evitar la monotonía.