Asistentes virtuales
Text: Hace un tiempo escribí este post sobre mis hábitos respecto al transporte público en el día a día. En retrospectiva, creo que resume por qué algunas funciones de Google Now o Siri aún tienen un largo camino por recorrer antes de llegar a sernos realmente útiles. Porque no somos robots, y no siempre escogemos el camino más rápido entre dos puntos, y existen preferencias como la cantidad de transbordos, de pasos, o incluso algo tan ajeno al viaje en sí y a la vez tan humano como es poder ver la ciudad y la luz durante el viaje. Sin embargo, Now sigue diciéndome la hora a la que pasa el próximo metro, día tras día. Google tiene datos suficientes sobre nosotros para saber dónde vivimos y dónde trabajamos (y probablemente que te dejen indicarlo tú en Google Maps sea simple redundancia y quizás un ejercicio de anti-creepiness). No creo que cueste mucho deducir por mis movimientos de cada día qué transporte y qué línea cojo cada mañana, y mientras aún no he decidido si me compensa la pérdida de privacidad ante la comodidad que podría ofrecerme, no puedo dejar de pensar que algo así sería un deseable próximo paso para los asistentes virtuales.
Música y videojuegos
Cuando iba al instituto, lo que solía hacer por las tardes era jugar a videojuegos y escuchar discos en loop. En aquella época uno no tenía acceso a muchos discos y lo normal era que te pasaran cintas o que pidiera algún CD por catálogo, a la Discoplay o a HitXop. Lo cierto es que ahora sigo siendo un oyente obsesivo, o quizá diría que soy costumbrista, y me gusta acomodarme en un disco durante días, o incluso semanas. Y mientras estoy con uno, no suelo escuchar apenas nada más.
El caso es que las tardes de la adolescencia son largas y daban para jugar bastante y escuchar repetidas veces los discos. Quizá por ello hay por ello algunos juegos que irremediablemente me recuerdan a ciertos discos de ciertos artistas, aunque sobre todo, hay ciertos discos que me transportan directamente a aquellas tardes y aquellos juegos, hoy en día tan desfasados como mi viejo 486. Recuerdo lo que me gustaban esos lectores de CD (2x, 4x…) que tenían un botón de play directamente en el frontal, y que cuando montaba los lectores en los ordenadores tenía que asegurarme de poner el cable que mandaba la señal de audio a la tarjeta de sonido.
Algunas asociaciones que me vienen a la cabeza:
- Different Class de Pulp, con el primero de Tomb Raider.
- Mellon Collie de Smashing Pumpkins con The Incredible Machine.
- K de Kula Shaker, con el Warcraft II (said sail?).
Ahora me es curioso pensar que en aquella época era tan normal poner el radiocasete y trastear con el ordenador. Y que la forma de escuchar música usando el PC era con CDs.
Los gastos de gestión
El otro día fui al cine. Nada remarcable. Como a casi todo el mundo, de vez en cuando me gusta ir. El caso es que el otro día me surgió la duda de si los gastos de gestión que se suelen cobrar cuando compras entradas online, los pagamos íntegramente los usuarios o si se divide el coste también con el cine/sala/productora/etc., ya que las empresas intermediarias como entradas.com también les dan servicio a ellos y no solo a los asistentes, gestionando las ventas, y además con servicios de promoción, etc.
Hoy trasladé esta pregunta abierta en twitter y tuve la suerte de que en la conversación alguien mencionó a María Fanjul, CEO de la propia entradas.com, que tan amablemente ha despejado mis dudas.

La conclusión a la que llego es que como sospechaba, en demasiadas ocasiones nos encontramos una situación injusta en que las empresas no incluyen los gastos de gestión como propios dentro de la actividad, si no que los cargan al final como extras de forma que recae como gasto aparte en el usuario. Porque queda muy bien decir que la entrada del cine vale 9,20€ como es el caso ahora, y al final meter 0,90€ extras de gastos de gestión y hacer como si nada. Lo mismo suele pasar con las entradas a los conciertos donde además los gastos de gestión suelen ser mayores aparentemente de forma proporcional al precio de la entrada. Es igual de engañoso que mostrar los precios sin I.V.A. y no advertirlo claramente ni poner cual es el precio final hasta que no se va a pagar. Peor aún, ya que los gastos de gestión abarcan muchas cosas que de ningún modo debería cubrir el usuario pagando un extra sobre el precio normal de la entrada.
Para colmo, tal y como dice María, a veces estos gastos de gestión se inflan para que la empresa consiga un dinero extra, quedándose con esa parte de los gastos de gestión que se ha añadido, y luego señalando a la empresa intermediaria en caso de quejas. Esto, puntualiza María, sucede sobre todo con promotoras y eventos, y no en venta de entradas de cine. En cualquier caso, es tremendo.
Al final, todo esto es otro ejemplo de mala ética de las empresas españolas. El típico caso en el que como muchos lo hacen, todos lo consienten, y los usuarios casi no nos damos ni cuenta, o en mi caso nos damos cuenta pero no podemos saber cuál es exactamente el problema. No puedo estar más de acuerdo con lo que dice María: las entradas deberían valer lo mismo tanto en taquilla como online, y si acaso, la empresa debería cubrir con los costes del servicio y hacerlos invisibles para el usuario.
Facturación usando Numbers
Durante años, para gestionar mi actividad económica como autónomo he usado Billings de Marketcircle. Empecé buscando algo sencillo y automático para generar facturas, ya que el método popular que era tener una plantilla en PDF/InDesign/etc y modificarla nunca me pareció realmente práctico. Con el tiempo y el uso, al final acabé apreciando lo cómodo de tener todos los clientes, proyectos y facturas/pagos en un sitio. Aún así, nunca ha sido una aplicación que me encantara. Sólo para empezar a usarla tuve que encontrar la forma de modificar las plantillas incluidas porque no tenían en cuenta que nosotros necesitamos poner el CIF de las empresas a las que facturamos, y esto fue un proceso tedioso y cero intuitivo con el que peleé horas hasta dar con algo que funcionara. Después, el programa no soportaba oficialmente ningún tipo de sincronización mediante Dropbox o similares, y yo que siempre ando con varias máquinas depende de dónde me encuentre, no quería estar atado a un solo ordenador. Conseguí tener la librería en Dropbox pero acabé con problemas de numeración de las facturas. Sufrí pero fui tirando(más vale lo malo conocido) hasta que ellos mismos me hicieron salir de ese estado de resignación.
Y es que hace unos meses recibí un email de Marketcircle donde se me informaba que Billings dejaba de recibir soporte en breve y que ahora sólo existiría Billings Pro, una solución similar pero que incluía una suscripción mensual para utilizar sus servicios de sincronización. Sencillamente no lo vi. Una cosa es seguir utilizando un software por el que había pagado ya y con el que había conseguido vivir a pesar de sus problemas (o quizá el problema es mío porque busco otra cosa), el caso es que no estaba dispuesto a comenzar a pagar mes a mes, por poco dinero que fuera (entre $5 y $12 al mes por las opciones más básicas, si no me equivoco) por un software que realmente no me gusta. Así que comencé a mirar opciones, y el panorama me pareció dantesco para alguien como yo, que gusta de emplear mucho tiempo en encontrar la mejor opción: una cantidad inabarcable de alternativas, tanto en forma de aplicación como servicio web, y muy poca información sobre cada una. En la red era fácil encontrar recomendaciones sueltas hacia una u otra pero en ningún lugar encontré motivos para elegir una en particular. Así que me lancé a la piscina y pasé un tiempo probando opciones. Encontré otro software similar llamado Totals de Kedisoft y en general me gustó más que Billings, pero tuve la sensación que sería volver a lo mismo y no me pareció que los desarrolladores mantuvieran el proyecto muy activo en base a sus últimas versiones y la actividad del blog, cosa importante a la hora de casarte con un programa que vas a usar durante años. También probé dos o tres aplicaciones web y no me convencieron. Así que como en otras ocasiones, elegí hacer mi propio camino de una forma más tradicional, empleando software que ya tuviera a mano, que usara un formato más o menos universal y que supiera manejar hasta cierto punto. En este caso estaba claro, una hoja de cálculo. Al fin y al cabo, es lo que siempre se ha utilizado, ¿no?.
He elegido Numbers, más que nada porque es la que tengo instalada y porque es la que sé manejar. Es sencilla, intuitiva, y me gusta que además tiene opciones de maquetación, acordes con la filosofía de otros programas de iWork. Sé que Excel es mucho más potente cojo hoja de cálculo, y hay cosas que he echado de menos que quizás hubiera podido hacer en él, pero Numbers tiene una cosa que me encanta: ubicuidad, gracias a las versiones de iOS y web (aún en beta) y el almacenamiento en iCloud. Yo ya lo tenía comprado pero para alguien que se está pensando usarlo para esto otra cosa buena es que es muy barato. Otra opción, por supuesto, es Google Drive. Estoy seguro que se puede conseguir casi lo mismo y las veces que lo he usado para hojas de cálculo no he tenido ningún problema y está muy bien también, teniendo en cuenta que tampoco es rival para Excel. La ventaja de Drive es que en modo colaboración no hay nada mejor, así que si vas a llevar la facturación con más personas quizás sea la mejor opción.
Después de echarle unas horas trabajando en ello en Numbers, he llegado a una solución que me es práctica y estoy bastante contento con ella. Básicamente, es una hoja con los clientes, otra con un historial de facturas y otra que es un generador de facturas que me he ingeniado, donde introduces el número de factura del historial que quieres generar y automáticamente se genera, lista para guardar en PDF y enviar al email de contacto correspondiente. Todas las hojas están interconectadas mediante fórmulas y búsquedas internas para que no haya que estar introduciendo los mismos datos una y otra vez.
La factura queda así:

Una de las cosas que más he echado de menos es la posibilidad de generar menús en los que aparezcan como opciones disponibles los campos de alguna tabla. Eso hubiera hecho posible, por ejemplo, que a la hora de rellenar los datos de una factura en el historial, ya nos diera a elegir directamente entre los clientes y así no hubiera que escribir el nombre a mano o hacer copy/paste. O que a la hora de generar una factura, nos diera a elegir entre los números de factura que realmente tenemos ya en el historial. Pero bueno, son pequeños detalles de manejo. Lo bueno es que es una solución práctica y de bajo coste, hecha a mi medida, en un rato, en un formato bastante exportable y en un software que dudo mucho desaparezca en muchos años.
Si pensáis que os puede servir de algo lo que he hecho, podéis descargar el archivo desde aquí. Incluyo algunos datos de ejemplo y unas notas de manejo.
Es probable que vaya cambiando la versión con el tiempo, si voy necesitando más cosas o si se me ocurren mejoras. Si pensáis en algo para añadirle no dudéis en comentarme por Twitter. De momento no he querido añadir una hoja de proyectos porque para ello ya uso otras cosas como Evernote, Things, etc, y quizás es mejor limitar esto a la facturación, únicamente.
El sonido y la memoria
Hoy caminando por un caluroso Madrid en las intempestivas horas tras la comida, pensaba en que hay sonidos que pertenecen a épocas del año, y otros que parecen transformarse dependiendo de la estación que habiten. Hay sonidos que inevitablemente asociamos al verano o a la primavera, como las cigarras, ciertas especies de pájaros, el mar (los que no vivimos en la costa) y la piscina, el viento atravesando las hojas de los árboles, los aparatos de aire acondicionado… O al otoño y al invierno, como la lluvia (en un clima mediterráneo continentalizado como tenemos en Madrid), neumáticos sobre asfalto mojado, pisadas en la nieve o sobre la hojarasca, o el crepitar de la madera en la chimenea. Luego hay otros que pese a no pertenecer a ninguna estación o estaciones concretas, suenan distinto en cada una.
Cada estación tiene sus características específicas sobre cómo se transmite el sonido en el aire en base a los parámetros de presión atmosférica, temperatura y humedad que se dan en cada lugar. La presión y las temperaturas frías hacen que las partículas estén más juntas y el sonido pueda viajar más lejos, lo que beneficia sobretodo a las frecuencias altas que son las que antes desaparecen al requerir de más energía para moverse, y al ser también reflejadas y absorbidas por las superficies debido a su corta longitud de onda. La humedad contribuye también de la misma forma, y algunos fenómenos meteorológicos del invierno, como la nieve o el hielo, reflejan el sonido haciendo que éste llegue a nosotros más puro, y de algún modo más frío. En el argot sonoro, un sonido cálido es éste que tiene principalmente frecuencias medias y graves. Un sonido frío es éste el que predominan los agudos por encima de todo. Quizá por eso en sitios con veranos calurosos y secos como tantos de España, los inviernos nos traen recuerdos de sonidos distantes, de agudos definidos, que llegan a nuestros oídos en un eco difuso.
Pero luego están los sonidos que percibimos de forma distinta por cómo vivimos en cada estación. Y es que en invierno, tendemos a estar continuamente en espacios cerrados, pero en verano, se abren puertas y ventanas y de pronto nos vemos inundados por el sonido de la vida que nos rodea, la que reside y la que transita por los alrededores de nuestras casas. Los bares dejan escapar el sonido de sus televisiones, así como las charlas de los vecinos, la música o el sexo, que reverberan por los patios interiores y en las calles de nuestras ciudades. La naturaleza del sonido de una radio que resuena a través de la ventana del edificio de enfrente y llega a nosotros recorriendo y rebotando miles de veces a través del espacio que nos separa de la fuente es única en sus características sonoras más allá del propio contenido de ese sonido, y por eso a veces son las características del sonido lo que queda asociado para siempre en nuestro cerebro a las circunstancias que nos rodeaban mientras lo escuchábamos, formando así un enlace al recuerdo. Es el sonido, no lo que suena lo que más adelante nos volverá a transportar a ese momento y a ese lugar.
El mirador de La Cornisa
Hace algo más de un año, en marzo de 2012, tomé esta foto con mi cámara, un día cualquiera que salía de Zinkia, poco antes de que comenzara el E.R.E.

Lo que se ve es la cara oeste de la Dalieda de San Francisco, ese extravagante e innecesario jardín temático junto a la Basílica de San Francisco el Grande, que pasa casi medio año sin sus características Dalias. Esa cara oeste tiene un mirador donde se puede disfrutar de uno de los mejores atardeceres de Madrid, aunque lo cierto es que tanto el mirador como el Parque de la Cornisa en general no son muy conocidos. Lo que tiene de especial esa foto es lo que no está, y es que poco antes habían quitado la valla que delimitaba la dalieda, separándola del parque, a la que está unida por un pequeño terraplén. Quitar esa valla convirtió el mirador en algo mucho más cómodo, ya que la gente se podía sentar. Parece un pequeño cambio, pero el sitio se convirtió en otra cosa muy distinta. Invitaba a quedarse, a pasar el rato. Gracias a eso, tal día como hoy hace unas semanas era muy normal encontrarse con esta escena tan agradable.

Incluso llegué a ver gente vendiendo latas de cerveza. Era oficial, el lugar se había hecho popular, y no era de extrañar. El ambiente era inmejorable. Yo solía bajar frecuentemente entre semana para despedir el día, con un libro, o escuchando algo de música. Era fantástico, pero era una anomalía. No dejaba de pensar “es tan bueno que no parece Madrid”. Y es que aunque recientemente se han hecho dos cosas que a veces me cuesta creer que existan, Madrid Río y el Matadero, los que vivimos en esta ciudad la amamos pero no por el urbanismo que profesa. Hemos visto ponerla patas arriba en los últimos 10 años para rehacer los puntos más importantes y convertirlos en zonas anodinas, incómodas, de paso. Plazas sin bancos ni árboles, lagos de cemento gris. Estoy pensando, cómo no, en Callao, Sol, Plaza de la Luna… Lo hicieron algo mejor con el antiguo bulevar de Alonso Martínez (aunque el maravilloso encanto clásico que tenía se perdió para siempre), con las zonas peatonales de Fuencarral y Arenal y con la plaza de Ópera, pero aún me cuesta entender que las zonas más representativas del centro hayan quedado como una oportunidad desperdiciada de hacer algo bonito de verdad.
La semana pasada volvieron a poner la valla en el mirador de La Dalieda. Por suerte aún se podía subir a lo alto del terraplén, así que aunque no era lo mismo, me subí por última vez a ver atardecer sentado. Hoy eso ha dejado de ser posible. Han puesto unas vallas amarillas para impedir el acceso al terraplén, y en éste están poniendo plantas para que no se pueda caminar por él en un futuro cercano cuando quiten estas vallas provisionales, y no dejo de preguntarme qué mal hacía dejarlo como estaba. A veces pienso que quizás era un poco inseguro, pero los niños se lo pasaban bomba subiendo y bajando por el terraplén y no parecía que pudieran hacerse daño realmente. Al final, lo cambian porque así es como se supone que debe de estar, aunque objetivamente sea peor. Y eso es lo que me entristece tanto de esta ciudad, que no parece estar pensada para la gente la disfrute. Siempre digo que es una ciudad anti personas.
Hoy el tiempo en Madrid era fantástico, pero el mirador presentaba un aspecto triste, ya no había prácticamente nadie. Es una pena. Y aunque he de aclarar que como muchos sabrán, estos terrenos son competencia del arzobispado, está claro que Madrid es “la suma de todos”.